A un año de la elección de León XIV, el Vaticano sigue sin aclarar cuál será el futuro del controvertido acuerdo firmado con China sobre el nombramiento de obispos. Mientras el cardenal Pietro Parolin continúa controlando la Secretaría de Estado y manteniendo la línea diplomática heredada del pontificado de Francisco, crecen dentro de la Iglesia las dudas sobre una política hacia Pekín que no ha frenado la persecución contra los católicos chinos.
Un silencio in crescendo
Un análisis reciente publicado por La Nuova Bussola Quotidiana vuelve a poner el foco sobre uno de los temas que aún están pendientes para el pontificado de León XIV: el futuro del acuerdo entre el Vaticano y Pekín firmado en 2018 y renovado posteriormente en 2020, 2022 y 2024.
Por ahora, León XIV mantiene un prudente silencio sobre uno de los casos más sensibles heredados de Francisco. El pacto, cuyo contenido íntegro sigue siendo secreto, establece un sistema mediante el cual el Papa nombra obispos entre candidatos previamente aceptados por el Partido Comunista Chino. Desde su firma, el acuerdo ha generado fuertes críticas dentro de amplios sectores eclesiales, especialmente entre quienes consideran que Roma ha cedido excesivamente ante un régimen que continúa controlando férreamente la vida religiosa.
La continuidad de Parolin
Uno de los elementos que más dudas alimenta sobre un posible cambio de rumbo es la permanencia del cardenal Pietro Parolin al frente de la Secretaría de Estado. Considerado el principal arquitecto del acuerdo con China, Parolin ha defendido durante años una estrategia de acercamiento diplomático basada en pequeños avances graduales.
Esa línea recuerda a la llamada Ostpolitik vaticana desarrollada durante la Guerra Fría, basada en el diálogo con regímenes comunistas para garantizar cierta supervivencia institucional de la Iglesia.
Sin embargo, críticos sostienen que esta estrategia nunca logró frenar realmente la persecución religiosa y recuerdan que fue la firmeza de san Juan Pablo II frente al comunismo —y no la diplomacia blanda— la que terminó contribuyendo decisivamente a la caída del bloque soviético.
Juan Pablo II mantuvo una postura mucho más contundente frente al régimen chino. En el año 2000 canonizó a 120 mártires asesinados en China pese a las protestas de Pekín y reforzó la autonomía de la Iglesia clandestina frente al control estatal.
Benedicto XVI y el cardenal Zen
También Benedicto XVI mantuvo una línea mucho más firme sobre la libertad de la Iglesia en China. Durante su pontificado creó cardenal al obispo de Hong Kong Joseph Zen, convertido desde entonces en uno de los principales símbolos de resistencia frente a las injerencias del Partido Comunista.
La carta enviada por Benedicto XVI a los católicos chinos en 2007 denunciaba abiertamente las presiones ejercidas por organismos estatales sobre sacerdotes y fieles para obligarlos a actuar contra su conciencia católica.
La figura del cardenal Zen ha adquirido además un fuerte valor simbólico tras su arresto y procesamiento por las autoridades chinas. Incluso hoy, el purpurado necesita autorización gubernamental para salir de Hong Kong.
La persecución continúa pese al acuerdo
Diversos obispos clandestinos continúan siendo detenidos o sometidos a vigilancia, especialmente durante festividades religiosas importantes. Organizaciones como Human Rights Watch han denunciado recientemente un aumento de la represión religiosa bajo el proceso de “sinización” impulsado por Xi Jinping.
Además, Pekín ha seguido realizando nombramientos episcopales unilaterales sin aprobación papal, incluso durante la reciente sede vacante tras la muerte de Francisco. Para muchos observadores, ese gesto fue interpretado como una demostración de fuerza del régimen comunista y como prueba de las limitaciones reales del acuerdo.
Uno de los grandes desafíos del nuevo pontificado
Mientras tanto, crecen las voces que alertan del riesgo de que la diplomacia vaticana termine sacrificando la libertad de la Iglesia clandestina china en nombre de un diálogo que Pekín parece utilizar principalmente para reforzar su control sobre el catolicismo.
El silencio de León XIV sobre esta cuestión empieza así a interpretarse no como prudencia temporal, sino como uno de los signos más relevantes —y más inquietantess— de continuidad con la política china impulsada durante los años de Francisco y Parolin.