Una palabra antigua para una cuestión moderna
Cada cierto tiempo reaparece en la Iglesia una cuestión que, aunque presentada como novedad, pertenece en realidad a la antigüedad cristiana: la de las llamadas “diaconisas”. El término parece evocar inmediatamente un ministerio femenino paralelo al diaconado sacramental de los varones, como si en los primeros siglos hubiese existido una especie de clero femenino posteriormente desaparecido. Sin embargo, cuando se desciende del debate a los documentos, y de las simplificaciones modernas a la verdad de la historia, el panorama resulta mucho más matizado, más rico y también mucho más interesante.
Porque la Iglesia antigua conoció, ciertamente, mujeres llamadas diaconisas. Pero otra cuestión muy distinta es afirmar que aquellas mujeres recibieran el sacramento del Orden en sentido propio o desempeñaran funciones equivalentes a las del diácono tal como la Iglesia lo entiende hoy. Y ahí es donde la historia, leída serenamente y sin apriorismos ideológicos, obliga a introducir muchas interrogaciones.
Presentarlo en términos feministas – no disminuir a la mujer ni relegarla a un segundo plano – es sencillamente absurdo. Basta recorrer veinte siglos de cristianismo para advertir que pocas instituciones han dignificado tanto a la mujer como la Iglesia. La Iglesia elevó a la mujer cuando el mundo pagano apenas la consideraba jurídicamente; la rodeó de veneración en la figura incomparable de la Santísima Virgen; llenó la historia de mártires, vírgenes, doctoras, fundadoras, místicas y santas cuya influencia espiritual supera la de muchos varones revestidos de autoridad. El problema, pues, no es la dignidad, sino la naturaleza de ciertas funciones eclesiales. Y la historia nos dice que las antiguas diaconisas nunca fueron “diáconos mujeres”.
La torpeza de nuestro torpe tiempo es la de proyectar sobre la Iglesia primitiva categorías modernas, lecturas ideológicas o reivindicaciones contemporáneas que terminan forzando los textos antiguos hasta hacerles decir aquello que jamás quisieron afirmar y conduciendo a un arqueologismo ayuno de teología, lo cual es, según Pío XII, una de las causas de la ruina de la liturgia y, por tanto, de la fe. Porque la historia puede ser maestra de verdad, pero también instrumento de confusión cuando se la arranca de su contexto y se la convierte en argumento apologético para justificar opciones previamente decididas.
Febe, las viudas y el silencioso servicio femenino
Desde los comienzos del cristianismo aparece con claridad la presencia activa y generosa de las mujeres en la vida de la Iglesia. Los Evangelios recuerdan con emoción a aquellas mujeres que seguían a Cristo desde Galilea y “le servían con sus bienes” (Lc 8, 3). San Pablo, por su parte, menciona continuamente nombres femeninos ligados al apostolado naciente: Prisca, María, Trifena, Trifosa, la madre de Rufo… figuras discretas pero decisivas, que sostienen materialmente las comunidades, hospedan a los misioneros, cuidan a los pobres y participan intensamente de la vida cristiana. Entre esos nombres destaca el de Febe, a quien el Apóstol presenta como “nuestra hermana, que está al servicio de la Iglesia de Cencreas” (Rm 16, 1). Debía de ser una mujer acomodada, pues el propio Pablo añade que “ha ayudado a muchos y también a mí mismo” (Rm 16, 2). Durante siglos esa expresión fue interpretada como referencia a una diaconisa. Pero el término griego diákonos poseía entonces una amplitud semántica mucho mayor que la posterior: significaba sencillamente servidor, colaborador, ayudante. El mismo Pablo lo aplica a Cristo, a sí mismo, a los predicadores del Evangelio e incluso a autoridades civiles. Nada obliga, pues, a concluir que Febe recibiera un grado sacramental.
Más aún, las mismas cartas paulinas muestran una clara preocupación por evitar que ciertas mujeres asumieran funciones doctrinales o litúrgicas propias de los ministros ordenados: Pablo insiste en que no les corresponde enseñar autoritativamente en la asamblea ni ejercer funciones de presidencia, y advierte además contra el peligro de las habladurías, de la ociosidad espiritual y de dejarse seducir por doctrinas erróneas (cf. 1 Tm 2, 12; 5, 13-15). La Iglesia naciente distinguía ya con nitidez entre el servicio eclesial —amplísimo y precioso— y el ministerio apostólico propiamente dicho.
Al mismo tiempo empiezan a aparecer grupos de viudas y de vírgenes consagradas. Constituyen una especie de estado eclesial intermedio: mujeres dedicadas a la oración, al ayuno, a la asistencia caritativa y a determinadas tareas comunitarias. San Ignacio de Antioquía las menciona con veneración bajo el nombre común de viudas; San Policarpo las llama bellamente “altar de Dios”, porque viven de las ofrendas de la comunidad y consumen su existencia en la intercesión. Es en ese contexto donde comenzará a perfilarse lentamente la figura de las diaconisas.
Las “ministras” de Bitinia y el nacimiento de una institución auxiliar
Uno de los testimonios más antiguos aparece en la célebre carta de Plinio el Joven al emperador Trajano, hacia el año 112. El gobernador de Bitinia, intentando comprender la naturaleza del cristianismo, escribe que juzgó necesario interrogar bajo tormento a dos esclavas “que eran llamadas ministras” (quae ministrae dicebantur). Probablemente se trataba de dos “diaconisas” cristianas. Sin embargo, este dato resulta muy revelador precisamente por lo que no dice. No aparecen como sacerdotisas, ni como dirigentes litúrgicas, ni como titulares de autoridad doctrinal, sino como auxiliares de la comunidad.
De hecho, las antiguas normas eclesiásticas exigen normalmente que las “diaconisas” sean mujeres maduras, viudas o vírgenes, desligadas ya de obligaciones familiares importantes. Según la Didascalia Apostolorum del siglo III, las viudas y las “diaconisas” forman grupos distintos: las primeras están especialmente dedicadas a la oración y al ayuno; las segundas colaboran en ciertos servicios prácticos dependientes del obispo. Pero el mismo texto les prohíbe expresamente predicar o bautizar, en lo cual se advierte algo fundamental: la Iglesia antigua quiso servirse ampliamente del genio femenino, pero trazando al mismo tiempo límites muy precisos respecto a las funciones litúrgicas y doctrinales reservadas al ministerio ordenado.
El pudor bautismal y el verdadero origen de las “diaconisas”
La explicación histórica de la institución es, en el fondo, bastante sencilla. En los primeros siglos, el bautismo de adultos se realizaba normalmente por inmersión y comportaba una serie de unciones corporales. El sentido del pudor hacía inconveniente que tales ritos fueran realizados directamente por clérigos varones cuando se trataba de mujeres. Surgió entonces la necesidad práctica de colaboradoras femeninas que ayudasen en la preparación de las catecúmenas y asistiesen materialmente durante el bautismo. Ahí aparece – ¡y no dejemos de usar las comillas! – la “diaconisa”. O sea, la “ayudante femenina”. Su misión era auxiliar y estaba vinculada casi exclusivamente a mujeres: preparación catequética elemental, asistencia – solo asistencia – en el bautismo femenino, visita a enfermas, custodia de espacios reservados a mujeres en las iglesias y determinadas tareas caritativas o disciplinarias que habrían resultado impropias para un varón, este sí verdaderamente diácono.
Las fuentes son claras: las Constituciones Apostólicas, por ejemplo, afirman que las “diaconisas” ayudan a los presbíteros “cuando se bautiza a mujeres, por razón del decoro y de la honestidad” (propter decorum et honestatem). A ellas correspondía la unción preliminar de las catecúmenas y la asistencia durante la ablución bautismal. En las Galias, algunos textos les atribuyen también la instrucción elemental de mujeres rudas o ignorantes acerca de cómo responder en el bautismo y cómo vivir después cristianamente. Nada se dice de presidencia litúrgica, predicación oficial o potestad sacramental. De hecho, las mismas fuentes insisten precisamente en lo contrario.
Una bendición no es una ordenación sacramental
La confusión moderna nace muchas veces del lenguaje litúrgico utilizado en Oriente. En ciertos textos antiguos las diaconisas reciben una imposición de manos y son incorporadas mediante ceremonias muy solemnes. Las Constituciones Apostólicas describen incluso una oración del obispo que pide a Dios que derrame su Espíritu sobre la elegida para hacerla digna de su servicio. Algunos ritos bizantinos posteriores al siglo VII llegaron a utilizar elementos exteriores semejantes a los del diaconado masculino, como la imposición de una estola o la entrega simbólica de un cáliz vacío, que la diaconisa colocaba después sobre el altar. Si podría parecer que se trataba de verdaderas ordenaciones sacramentales, la propia tradición antigua niega expresamente esa interpretación.
San Epifanio, uno de los grandes Padres orientales del siglo IV, afirma con absoluta claridad que tal servicio “no fue instituido para funciones sacerdotales ni para ministerio semejante” (Panarion, III, 2). La Traditio Apostolica romana distingue igualmente entre las viudas y el clero ordenado, explicando que la ordenación está reservada a quienes ejercen un servicio litúrgico propiamente sacerdotal: “La viuda no recibe imposición de manos, porque no ofrece la oblación ni desempeña función litúrgica”. La diferencia es capital.
En la antigüedad existían muchas bendiciones constitutivas: para vírgenes, abadesas, reyes, emperadores, lectores, monjes… Algunas incluían imposición de manos sin ser por ello sacramentos del Orden. La Iglesia jamás interpretó automáticamente toda cheirotonía antigua como ordenación sacramental en sentido estricto.
Las “diaconisas” eran bendecidas e instituidas para un servicio concreto; no incorporadas al sacramento del Orden sagrado. Y precisamente por eso nunca desempeñaron funciones esenciales del diaconado: proclamación oficial del Evangelio en la liturgia, predicación homilética autorizada, presidencia sacramental o ministerio litúrgico propiamente clerical. La tentación contemporánea consiste en confundir semejanza ritual con identidad sacramental. Quizá sea un exceso de fiducia…
Entre expansión oriental y sobriedad occidental
Con el paso del tiempo, algunas iglesias siríacas —sobre todo nestorianas y jacobitas— permitieron abusos o ampliaciones impropias de estas funciones. En ciertos lugares las diaconisas llegaron a leer textos sagrados en la asamblea o a distribuir excepcionalmente la comunión en monasterios femeninos. Pero precisamente esos ejemplos muestran que se trataba de prácticas locales, supletorias y discutidas, no de una conciencia universal de ministerio sacramental femenino.
Mientras algunas regiones orientales tendían a cierta exuberancia ceremonial, Occidente permaneció mucho más sobrio y prudente.
La razón era muy simple: desaparecido el bautismo masivo de adultos, la función práctica de las “diaconisas” quedaba prácticamente vacía. Muchas acabaron vinculándose a la vida religiosa. El nombre subsistió a veces como título honorífico de ciertas abadesas o de monjas encargadas de leer durante el oficio divino, pero la “institución” oficiosa en fue desapareciendo. Y este dato histórico tiene enorme importancia, porque si las “diaconisas” hubieran pertenecido verdaderamente al sacramento del Orden, la Iglesia jamás habría podido simplemente dejar extinguir aquel supuesto grado sacramental. Como no han desaparecido las órdenes menores y el subdiaconado, vivos en el Pontificale Romanum, pese a las disposiciones, tan difíciles de entender, de Pablo VI. Puede desaparecer una función disciplinar; no una estructura sacramental constitutiva de la Iglesia.
Por eso resultan particularmente elocuentes las decisiones conciliares occidentales. El concilio de Orange, en el siglo V, afirmaba tajantemente: “Las diaconisas no deben ser ordenadas” (Diaconissae omnino non ordinandae). Y el concilio de Orleans prohibió poco después mantener la institución: otra prueba histórica de que la Iglesia no consideró nunca aquellas funciones como parte del sacramento del Orden.
¿De verdad la mujer influye más clericalizándose?
Era significativo el nivel moral que la Iglesia exigía a las “diaconisas”. Las Constituciones Apostólicas prescribían: “Sea elegida una virgen pura; y, si no es virgen, al menos viuda de un solo marido”. El concilio de Calcedonia llegó a excomulgar a las que atentaran contra la castidad, y la legislación de Justiniano contemplaba incluso severísimas penas civiles contra quienes desacreditaran aquel estado. Todo ello demuestra el gran respeto que la Iglesia sentía hacia estas mujeres. Pero precisamente porque las veneraba, cuidaba también de definir cuidadosamente sus límites y naturaleza: no eran “clérigos femeninos”, sino mujeres consagradas a determinados servicios eclesiales.
Hay, además, una paradoja profundamente reveladora: mientras las diaconisas iban desapareciendo, la influencia femenina en la Iglesia aumentaba extraordinariamente. Surgen las grandes abadesas medievales, las fundadoras, las maestras espirituales, las santas reformadoras, las místicas, las doctoras de la Iglesia: mujeres que ejercieron una autoridad moral, espiritual y cultural inmensa. Santa Escolástica, Santa Clara de Asís, Santa Hildegarda, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús o Santa Teresa de Lisieux han modelado la espiritualidad cristiana mucho más profundamente que multitud de clérigos.
Quizá el problema contemporáneo consista en haber reducido el concepto de importancia eclesial al de poder clerical. La Iglesia nunca ha enseñado que la santidad dependa del acceso a funciones jerárquicas: la historia femenina del cristianismo constituye la prueba más deslumbrante de ello. Pero existe el riesgo de que ciertos planteamientos sinodalistas actuales transmitan la idea de que la mujer necesita clericalizarse para ser plenamente reconocida en la Iglesia. Y eso, lejos de ennoblecer su misión, empobrecería precisamente aquello que constituye su originalidad espiritual más fecunda.
Hoy las antiguas diaconisas no han desaparecido: han cambiado de rostro. Cada mujer, consagrada o seglar, que cuida enfermos y ancianos, enseña niños, evangeliza tierras de misión, acompaña moribundos o sostiene silenciosamente la vida de una parroquia, prolonga, de algún modo, aquel espíritu de servicio femenino de los primeros siglos.
Desde las religiosas hospitalarias y docentes hasta las contemplativas que sostienen el mundo con la oración; desde la catequista desconocida de una aldea africana hasta la cuidadora cristiana que vela de noche junto a un enfermo terminal y la madre abnegada que educa a sus hijos en la fe católica, la Iglesia sigue contemplando el mismo milagro de amor escondido. No llevan estola diaconal, pero portan sobre los hombros algo más pesado y más hermoso: la caridad cotidiana. Ahí reside la verdadera continuidad histórica de las antiguas “diaconisas”: no en una reivindicación litúrgica o clerical, sino en esa silenciosa maternidad espiritual que ha sostenido a la Iglesia desde los tiempos apostólicos hasta hoy. Por eso la cuestión de las “diaconisas” está mal planteada: porque no todo servicio eclesial necesita traducirse en categoría clerical, ni toda dignidad exige homologación funcional ni la riqueza femenina de la Iglesia se mide por su proximidad externa al altar.
En una época obsesionada por el poder y los reconocimientos visibles, convendría recordar que el cristianismo comenzó precisamente cuando una Mujer de Nazaret cambió la historia universal sin predicar, ocupar cargos o revestirse de dignidades litúrgicas. Bastó su fiat de Corredentora (Lc 1, 38).
P. S.: Un amigo, padre de familia, me escribe esto, que incorporo:
“Muy bueno. Le ha faltado un ejemplo exegético que es visual: si a los siervos (δῐᾱ́κονοι) de las bodas de Caná no se les considera diáconos, no hay ninguna base para que el mero nombre διάκονον de Febe lo signifique”.