La Iglesia no es primariamente una institución que se organiza, sino un misterio que se transmite; no una maquinaria que funciona, sino una vida que se entrega. Ecclesia de Eucharistia vivit: de lo que recibe y transmite.
El pasado 2 de mayo, fiesta de Nuestra Señora, Patrona de Baviera – Maria duce! – en la majestuosa Abadía benedictina de Ottobeuren, en Baviera, a la Hora de la Misericordia el tiempo pareció ensancharse y el cielo dejó ver, por una ventana de eternidad, la caricia esponsal de Jesucristo a su Iglesia.
Doce jóvenes de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro —tres españoles, un mexicano, un portugués, cuatro franceses, un austríaco, un alemán, un inglés — recibieron el sagrado orden del diaconado.
Todo era plenitud: la luz limpia de Baviera, los campos verdes que rodean la abadía como un manto humilde y fértil, el silencio lleno de historia de aquellos muros, la llegada de familias venidas de lejos —padres con lágrimas contenidas, madres con su mezcla de gozo orgulloso y ofrenda sacrificada, hermanos que, quizá alejados de Dios, miran con asombro y admiración —, la presencia de más de un centenar de seminaristas, alineados como una promesa viva de continuidad, y la multitud recogida de fieles llegados de mil lugares, unidos por una misma fe que no necesita traducción porque la acomuna la elegancia inmarcesible del latín, la viril e inmortal sobriedad del gregoriano, el empaque de la polifonía, el abrazo robusto de las notas del órgano rebotando en las bóvedas.
En la Misa Pontifical ad thronum –la mas solemne posible- , con sus cáligas, sus quirotecas, su triple ornamento significando la plenitud del sacerdocio, la figura entrañable y feliz del arzobispo emérito de Vaduz, monseñor Wolfang Haas, trasminaba una sacralidad serena, casi transparente, como si en ese hombre – ¡ojalá viva al menos un siglo mas! – el paso de los años no pesara, sino que, pese a la corpóreas, elevase. Su modo de celebrar, sin prisa, sin énfasis, sin protagonismo, dejaba ver algo que hoy se echa tanto de menos: la conciencia de estar tocando lo santo. No invadía ni dominaba el rito; se dejaba llevar por él: Sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo (cf. Sir 44,16).
Yo tenía la impresión —no estética, sino teologal— de que la piedra misma estaba en acto de confesión. Porque en Ottobeuren todo asciende, todo canta, todo proclama que Dios es digno de ser amado con la plenitud de la forma: Domine, dilexi decorem domus tuæ! (Ps 25, 8). En el templo, majestuoso, con una belleza que no era adorno sino epifanía, la Iglesia, madre y maestra, volvía a hacer lo que ha hecho desde los Apóstoles: engendrar ministros para el misterio.
En Ottobeuren, la belleza era el lenguaje de una teología visible. Porque el barroco, ¡y lo es tanto el bávaro!, no distrae del misterio: lo patentiza, elevando sin violentar. Ad te levavi oculos meos (Ps 122,1). Y en ese contexto, el diaconado aparecía en toda su verdad: el servicio como elevación, la humildad como forma de gloria, la obediencia como camino de esa libertad con la que aquellos doce jóvenes pronunciaron su sí: Ecce venio ut faciam voluntatem tuam (Heb 10,9).
El umbral sagrado de la Palabra
La liturgia tradicional, que no habla nunca en vano, sitúa la ordenación del diácono en un momento de una elocuencia silenciosa: después de la Epístola y antes del Evangelio. No es una rúbrica; es una teología: el diácono nace en el umbral de la Palabra.
Cuando el obispo, sentado, manda llamar a los candidatos —Accedant qui ordinandi sunt ad Diaconatum—, está abriendo una transmisión. La Iglesia los recibe, los examina, los presenta: Postulat Sancta Mater Ecclesia ut hos praesentes ad onus Diaconatus ordinetis. Entonces, hombres entre los hombres, aquellos doce jóvenes, entreverando sus ojos emoción y recogimiento, daban un paso adelante – adsum! – para ser introducidos en una región donde la vida ya no les pertenecerá del todo, donde la existencia queda expropiada suavemente por un designio más alto.
Y apenas ordenados, recibían el regalo: Accipe potestatem legendi Evangelium in Ecclesia Dei, tam pro vivis quam pro defunctis. No se les entregaba un libro, sino una Voz: la tremenda responsabilidad de ser, no dueños de la Palabra, sino servidores de ella, no domesticándola: dejándose atravesar por su filo. Non enim nosmetipsos praedicamus, sed Iesum Christum Dominum (2 Cor 4,5). Eran, desde ese instante, hombres cuya garganta ya no les pertenecía del todo: acababan de darla al Verbo.
Por eso, apenas ordenados, uno de los neodiáconos cantó el Evangelio. Cuando su voz se elevaba —joven, firme y al mismo tiempo un si es no es temblorosa— toda la Iglesia que volvía a gritar como Pablo con frescura antigua, la misma Palabra de siempre: Vae mihi si non evangelizavero! (1 Cor 9,16). Cuando el joven portugués, revestido ya de diácono, entonó el Evangelio, tuve la impresión de que toda la ceremonia encontraba su sentido en ese instante. Para eso eran ordenados: para que Cristo siga hablando y Su Palabra siga ardiendo. Para que la Iglesia siga siendo lo que es: una Voz que no es suya. Porque, Verbum Dei non est alligatum (2 Tim 2,9).
Configurados con Cristo Siervo
He aquí misterio de una identidad silenciosa: el diaconado no es una antesala psicológica del sacerdocio. Es sacramento. Tambien carácter, aunque se le apellide peregrinamente, «incoactivo». Es configuración real con Cristo en su dimensión redentora Siervo. Filius hominis non venit ministrari, sed ministrare (Mt 20,28).
Hay en esta identidad una nobleza escondida, casi secreta, pero de una fuerza inmensa. El diácono no consagra, pero está junto al Sacrificio; no absuelve, pero prepara el camino de la gracia, como los senderos agrestes que, festoneados de mieses áreas y danzarinas, no preside en plenitud, como una presencia humilde y necesaria, conducen a la audaz explosión barroca de Ottobauren.
Es el orden levítico. Ad ministerium altaris assumuntur. Como la tribu elegida para custodiar el santuario, el diácono queda situado ante el misterio con una actitud de vigilancia sacral. Qui bene ministraverint, gradum sibi bonum acquirunt (1 Tim 3,13). Sed mundi estote qui fertis vasa Domini (Is 52,11). ¿Es exhortación moral o consecuencia de un cambio ontológico? El que ha sido tocado por la mano del obispo, el que ha recibido el Espíritu en la oración consecratoria, ya no puede vivir como si no llevara en sí algo del altar. Habemus thesaurum istum in vasis fictilibus (2 Cor 4,7). Y ese tesoro, paradójicamente, brilla más cuanto más se oculta en la humildad del servicio.
Imposición de la mano: Dios toma posesión
Hay un momento en la ordenación en que todo se concentra, se recoge y densifica: la imposición de la mano del obispo super caput uniuscuiusque ordinandi… En ese silencio que no quiebra la respiración contenida de la asamblea, porque lo densifica la plegaria interior de tantas almas, Dios toma pisesion quietay pacifica, amorosa y serena, transformante. Sin espectacularidad, sin evidencia exterior, pero con eficacia absoluta. La Iglesia ha sabido siempre que ahí acontece algo que no puede producir el hombre: la comunicación del Espíritu, la configuración sacramental, el sello. Y la oración que acompaña ese gesto lo pide con palabras que atraviesan los siglos: Emitte in eos, quaesumus, Domine, Spiritum Sanctum, quo in opus ministerii fideliter exsequendum, septiformis gratiae tuae munere roborentur.
Después, la estola cruzada sobre el pecho, la dalmática, protegiendo y solemnizando. La Iglesia, sabia, primero imprime, luego muestra y reviste. Induat te Dominus vestimento salutis (cf. Is 61,10).
Vocación y misión: ¡bien por Haas!
En su homilía, breve, Mons. Wolfgang Haas dijo a los nuevos diáconos que se orientaban a una vocación eclesial y a una misión eclesiástica. Dos palabras, antídotos de peligrosos y reductivos institucionalismos. Siendo una familia respetada y querida por todos los asistentes, no habló el ordenante de Fraternidad de San Pedro, sino de una realidad harto más anchurosa, más vieja y más joven, cual es la Iglesia, en sus dos niveles: misterio – vocación eclesial- e institución – misión eclesiástica-. Vocación: lo recibido; misión: lo entregado. Porque la vocación eclesial que transforma precede a la misión eclesiástica que envía.
El diácono no se pertenece; ha sido llamado: Non vos me elegistis, sed ego elegi vos (Jn 15,16). Precisamente por eso es enviado: Sicut misit me Pater, et ego mitto vos (Jn 20,21). La Iglesia no le concede un espacio; le confía un servicio. No le otorga un rango; le entrega una tarea.
En aquellos doce jóvenes —mirados con orgullo discreto por sus familias, sostenidos por la oración de tantos, acompañados por otros cien seminaristas, intrépida promesa de Iglesia— esa misión adquiere una tonalidad particular: custodiar el fuego sagrado de la liturgia, no como quien conserva una reliquia, sino como quien mantiene vivo el lar de la luz.
Custodios del fuego sagrado
La liturgia es una herencia viva, una hoguera crepitante de la que el diácono es guardián. Ignem veni mittere in terram (Lc 12,49). Él no inventa el fuego; no lo posee ni lo transforma a su antojo: lo recibe, lo custodia y lo transmite: O Timothee, depositum custodi (1 Tim 6,20).
En una época dispersa, donde todo parece negociable y revisable, la figura del diácono es una llamada a la fidelidad concreta, humilde, perseverante; la que no hace ruido, pero sostiene el edificio, como las columnas silentes de Ottobauren. Esto fidelis usque ad mortem (Ap 2,10). Y esa fidelidad no endurece ni enfría: caldea la casa solariega, como el fuego del hogar.
La dulzura del cáliz: miel para la cruz
Hay, dentro del rito, un gesto pequeño, casi secreto, que pasa inadvertido para quien no sabe mirar, pero que contiene una de las metáforas más delicadas de toda la ordenación. Después de haber comulgado el Corpus Christi, de rodillas y en la boca, los nuevos diáconos beben de un cáliz en el que se ha mezclado vino con unas gotas de miel. Al verlos – desde mi lugar privilegiado- cumplir en la credencia tal mimosa ablución, uno tras otro, yo pensé que la Iglesia, tan madre, les daba a sumir anticipadamente el misterio entero de su vida.
El vino: la sangre, el sacrificio, la entrega, la aspereza de la cruz, la realidad de una existencia que ya no será cómoda ni autorreferencial, sino derramada. Calicem salutaris accipiam (Ps 115, 13). El cáliz del Señor: gloria y pasión, que embriaga y hiere, eleva y purifica. La miel: dulzura secreta de Cristo, suavidad de su Corazón, consolación escondida que sólo Él sabe dar a los que le pertenecen. Quam dulcia faucibus meis eloquia tua! (Ps 118,103). Es la ternura de Dios que no suprime la cruz, pero la habita; y, sin desterrar la amargura, la transfigura desde dentro.
En esa mezcla de vino y miel quise yo ver encerrado todo el programa de una vida diaconal: amargura y dulcedumbre, Calvario y Tabor, soledad y consuelo, despojo y gozo. El Corazón eucarístico de Jesús les decía, en el silencio del rito: “Beberéis mi cáliz —potestis bibere calicem quem ego bibiturus sum? (Mt 20,22)—, pero no lo beberéis solos. Yo mismo lo endulzaré desde dentro con mi presencia”.
Era una escena de inmensa ternura teológica: el diácono, que vivirá asperezas y luchas interiores, recibía una promesa divina: la cruz no será amarga: estará transida por la dulzura de Cristo; el servicio no será árido si lo empapa la caridad; la entrega no será estéril, la fecundará la gracia.
Y así, mientras purificaba el cáliz, parecía cada diácono purificar también su propia vida futura, aprendiendo ya que todo en él deberá pasar por ese misterio: dejarse vaciar, llenar y transformar; ser vaso, fuego, ofrenda.
Yo, en Ottobauren, pedí a la Patrona Bavariæ, dulcis Virgo Maria, que endulce Ella siempre todos los sinsabores que aparezcan en las vidas de aquellos doce valientes.