La primada de la Comunión Anglicana, Sarah Mullally, evitó aclarar si el sacerdocio femenino fue abordado en su reciente encuentro con el Papa León XIV, una de las diferencias doctrinales más evidentes entre la Iglesia católica y la anglicana.
Preguntada directamente en una entrevista posterior recogida por APT, Mullally respondió en términos generales, sin confirmar si el tema fue tratado. “Ante todo, soy una líder espiritual”, afirmó, subrayando que su misión es ofrecer esperanza y, en ocasiones, pronunciarse ante situaciones que considera injustas, aunque insistió en que no actúa como una figura política. “Lo que espero es ofrecer esperanza a quienes están en dificultad y, en ocasiones, hablar cuando hay injusticia, pero hacerlo de una manera claramente pastoral y espiritualmente fundamentada”, añadió.
Un lenguaje de unidad sin contenido
Mullally insistió en presentar el encuentro como un momento “significativo” dentro del camino de diálogo entre ambas Iglesias, centrado en la oración y la búsqueda de la unidad. Sin embargo, no ofreció detalles sobre cuestiones doctrinales concretas ni sobre los puntos de divergencia que siguen separando a ambas confesiones.
Esta ausencia no es menor. La cuestión del sacerdocio —y en particular la ordenación de mujeres— no es un aspecto secundario del diálogo, sino uno de sus núcleos doctrinales.
Gestos que generan la impresión contraria
Pese a ello, la visita de Mullally al Vaticano estuvo marcada por gestos de cercanía: fue recibida con honores, participó en un momento de oración con el Papa y mantuvo un encuentro descrito como “muy cálido”.
Sin embargo, ante preguntas concretas, sus respuestas se mantuvieron en el mismo registro evasivo. Evitó pronunciarse sobre el sacerdocio femenino, eludió posicionarse sobre cuestiones políticas y se limitó a destacar aspectos secundarios del encuentro, como los obsequios entregados —un libro de Newman, un icono peruano y un tarro de miel— o la invitación al Papa a visitar el Reino Unido.
El riesgo de una unidad sin claridad
El propio León XIV advirtió que sería “un escándalo” dejar de trabajar por la unidad entre los cristianos, recordando el camino recorrido en el diálogo ecuménico desde el siglo XX. El Pontífice señaló que, junto a los avances alcanzados, han aparecido “nuevos problemas” que complican el camino hacia la plena comunión entre ambas confesiones. Sin embargo, tampoco dio más detalles al respecto.
La tradición de la Iglesia añade una exigencia inseparable: la unidad solo puede sostenerse sobre la verdad.
Cuando las respuestas como las intervenciones públicas evitan precisar el contenido del diálogo, el resultado es un mensaje impreciso. La unidad se presenta como objetivo, pero sin claridad sobre los puntos que la hacen posible o imposible.
En ese contexto, la combinación de gestos visibles, ausencia de detalle doctrinal y respuestas poco concretas y evasivas por ambas partes no solo no disipa las diferencias, sino que acentua la confusión. Y esa confusión —al diluir cuestiones definidas por la Iglesia— termina generando un efecto más problemático que las propias divisiones que se pretende superar.