¡Hasta pronto Don Miguel Ponce!

Por: Mons. Alberto José González Chaves

¡Hasta pronto Don Miguel Ponce!

Ha muerto don Miguel Ponce, sacerdote de la Iglesia en Mérida-Badajoz, a los noventa años de edad. A pesar de llevarle tratando muy estrecha y filialmente desde hace cuarenta y dos años, no tengo la impresión de una ruptura, sino de un cumplimiento: más que irse, su barca ha llegado al puerto. Y no me cuesta pensar —porque él mismo me enseñó a pensar así— que ese puerto han sido los brazos de la Señora, a la que quiso tanto, de la que tanto habló y tan bien escribió; y que Ella lo ha llevado a su Hijo, que, estrechándole sobre su Corazón, le habrá dicho: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor».

Don Miguel ha sido, ante todo, una persona deliciosa en el trato: abierto, natural, profundamente humano y, al mismo tiempo, hondamente sobrenatural. Muy inteligente, de memoria prodigiosa y gran conversador, con él se podía hablar de todo: cultura, anécdotas, teología, espiritualidad, actualidad, arte… Y siempre sabía decir la palabra justa, sin apasionamientos ni parcialidades, con una serenidad que hacía bien al alma. Recuerdo su sonrisa: sincera, apacible, casi terapéutica.

Fue un gran teólogo, de los de verdad. Con una hercúlea capacidad de trabajo y una disciplina insobornable, ha escrito manuales de prácticamente todas las materias: mariología, antropología, sacramentología, eclesiología, escatología, sacerdocio… dejando una síntesis teológica rotunda, publicada en Edicep, BAC y Herder. Pero, si tuviera que señalar una pasión intelectual, diría sin dudar que fue la Virgen Santísima: fue un mariólogo enamorado. Se había doctorado con una tesis sobre el misterio de la Iglesia en santo Tomás de Aquino, pero después se zambulló en el misterio de María como una ciencia teológica viva, interdisciplinar, armónica. Fue uno de los primeros mariólogos a nivel internacional, en el equilibrio tan difícil de su tiempo. Hacía teología “a la moderna”, pero en el surco de la tradición: presentación actual, visión integral, sin rupturismos, novelerías ni pruritos de originalidad. Con rigor. Cuando de una editorial le pidieron una versión un poco más «picante» de uno de sus libros, él respondió que se habían equivocado de persona.

Cada año, durante todo septiembre, en Roma se sumergía en la biblioteca de la «Università della Santa Croce», manejando textos en diversos idiomas, para preparar después sus manuales macizos. Durante mis once años en la Ciudad Eterna nos veíamos con frecuencia en ese mes. Le encantaba comer «spaguetti alle vongole», que paseáramos por el Gianicolo o fuésemos a Giolitti a tomar un helado que luego degustábamos por la Piazza Navona y sus alrededores. Aquellos paseos eran una lección de vida, de historia, de Iglesia.

Pero si su inteligencia brillaba, su sacerdocio resplandecía aún más. Seminarista con Pío XII y ordenado sacerdote en el pontificado de Juan XXIII (hace un mes cumplió 65 años), era una página viva de la historia de la Iglesia del siglo XX. Se había formado a la sombra de la Compañía de Jesús en la insustituible Universidad Pontificia de Comillas, de donde salieron tantos grandes clérigos españoles. Recordaba con cariño a aquellos extraordinarios jesuitas —los padres Nieto, Otaño, Regatillo, Rodrigo…—, y me hablaba muchas veces de la Schola Cantorum, donde él era tenor, y de la ejecución de las misas gregorianas y de los responsorios de Victoria en la Semana Santa.

Después de haber sido superior del Seminario de San Atón en sus años jóvenes —época gloriosa bajo el episcopado de don Doroteo Fernández Fernández, cuando el Seminario pacense se mantuvo como una llama en la extensa y repentina oscuridad de España—, fue durante largos años canónigo (también dean) profesor, y capellán y confesor de las Carmelitas Descalzas de Badajoz, perteneciente entonces a la Asociación de Santa Teresa, fundada por Santa Maravillas de Jesús.

Cuando le conocí, yo tenía 13 años y él 48. Aún me parece verle cada mañana, durante la misa coral, en su confesionario de penitenciario – ¡por oposición! – de la oscura, pequeña y entrañable catedral pacense, frente a la capilla del Sagrario: fijo, constante, incansable. Comencé a confesar cada semana con el, viendo que era un hombre de la reconciliación y de la dirección espiritual. Después, siendo yo ya seminarista, empecé a tratar mucho más con él. Me atendía dando vueltas despaciosamente por el claustro de la catedral, vestido con su hábito coral de canónigo: airosa capa de vivos de raso y medio escapulario de terciopelo granate sobre el pecho. También me recibía en su casa, donde hablábamos sin prisa; al final de la conversación, cuando yo me confesaba con él, colocaba con delicadeza un cojín en el suelo para que yo me arrodillase.

En su modo de dirigir las almas no había dureza ni voluntarismo; no imponía cargas innecesarias ni exigencias extemporáneas. Había, más bien, una profunda confianza en la persona, a la que sabía estimular con finura. Entre tantas cosas, me enseñó algo que no he olvidado: que nuestro Señor nos mira “complexivamente”, en la entrega global de nuestra vida, no de manera atomizada y minuciosa.

Durante mi estancia en Roma llevamos la dirección espiritual por videoconferencia. Eran coloquios amistosos, en las que nunca faltaba la sinceridad transparente cuando tenía que decirme algo necesario para mí, con una delicadeza extraordinaria, pero también una claridad y una libertad que nacían del amor a la verdad y a la persona.

Pertenecía gozosa y convencidamente a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Y fue admirable su lealtad: no quiso abandonar esa pertenencia cuando a cambio de renunciar a ella se le propusieron (con «pulsos» episcopales) caminos de mayor relumbrón eclesiástico. Prefirió la fidelidad, la coherencia. Y, sin embargo, era sumamente respetuoso: jamás me insinuó a mí pertenecer al Opus Dei, aun amándolo tanto él. Eso no importaba: nos queríamos como hermanos sacerdotes, aunque siempre con una relación paterno-filial. Fue para mí muy importante que él viajase a mi ordenación sacerdotal en Toledo con otros varios sacerdotes de Badajoz, y que estuviera a mi derecha en mi cantamisa en las Descalzas de la capital pacense. Su referencia sacerdotal me ha sido imprescindible a lo largo de mis ya tres décadas de presbítero.

En los últimos años hemos hablado mucho, mucho, en las comidas, al menos quincenales, en mi casa. La ultima, el pasado domingo de Ramos, hace pocos días. Disfrutaba y ponderaba las viandas, con amable gratitud. Y en la sobremesa, degustando la hierbaluisa con anís estrellado y la copichuela de Pedro Ximénez con el bombón, las conversaciones teológicas eran jugosísimas. Y las confidencias mutuas, a corazón abierto. Últimamente ha sufrido mucho por la situación de la Iglesia, pero lo ha vivido con una obediencia sobrenatural impresionante y edificante para mí, mucho más joven pero, ¡ay!, menos optimista que él. Cuando hablábamos de circunstancias actuales, tan dolorosas, evocaba sus primeros años sacerdotales con Pablo VI y el confusionismo sangrante que tuvo que atravesar: la tristemente célebre Asamblea conjunta, la secularización incesante de sacerdotes, el vaciamiento de los seminarios, la ruina de tantas congregaciones religiosas, la apostasía doctrinal… En fin, las «Tres campanadas» de San Josemaría Escrivá. Me decía que, de otro modo, hoy se estaba reviviendo aquello, pero nunca me lo significaba desde la crítica amarga o el derrotismo, sino desde una fe llena de esperanza teologal. Le dolían profundamente los sacerdotes y me repetía con una convicción que todavía resuena en mí: “¡No los abandones nunca! Es lo que he procurado hacer toda mi vida. Por ayudar a uno solo vale la pena todo”. También me decía, con humildad: “Yo ya tengo mi trayectoria sacerdotal hecha, pero los curas jóvenes, con la vida por delante… cómo me duelen y preocupan, sobre todo si se cansan, si se aislan, si no rezan. Hay que cuidarlos. Están tan solos y a veces tan desnortados”…

Me animó mucho en la confección de mi libro «María, Medianera y Corredentora», y me orientó valiosamente sobre su enfoque. Hace tres semanas me enseñó, ilusionado, algunos apuntes inéditos suyos sobre la gracia y sobre la cooperación de María en la redención. Me parecieron tan interesantes, que le hice prometerme publicarlos…

Hace tres o cuatro meses le diagnosticaron un cáncer de colon. Me lo dijo con naturalidad desarmante. He tenido la gracia de acompañarle algunas veces al médico, y recuerdo su desenfado, sin el menor atisbo de tragedia: igual al ir a consulta que al recoger sus cosas en la habitación cuando le daban el alta. Ha llevado admirablemente los tratamientos de radio y quimioterapia; parecían ir muy bien, incluso no afectarle apenas, hasta que, en poco más de una semana… todo se precipitó.

Don Miguel ha sido, por encima de todo, un sacerdote enamorado de Jesucristo, fiel a la oración, a la Santa Misa y al confesonario. Sus dos grandes pasiones, María y el sacerdocio, se fundían en una sola: la Iglesia de Jesucristo, siempre joven, contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno.

Sin hacer ruido, sin imponerse, Don Miguel ha dejado una huella profunda. Muchos de los buenos, de los «patanegra», de «los últimos de Filipinas», nos van dejando solos. Nos lo dieron todo, y al marchar parecen decirnos: «Ahora os toca a vosotros seguir adelante. Ya sabéis el camino».

Descanse en paz Don Miguel Ponce, padre, maestro y amigo. O mejor: que interceda ya por nosotros. Porque hombres así no se pierden; se transforman en ayuda silenciosa, fiel, constante. Y desde el puerto Materno al que ha llegado, seguirá haciendo lo que hizo toda su vida: ayudar a los sacerdotes, uno a uno.

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