Desde el avión, antes incluso de aterrizar en Argel, León XIV dejó caer la frase que iba a estructurar todo el relato de su viaje: «San Agustín ofrece un puente muy importante para el diálogo interreligioso porque es muy amado en su tierra». La imagen era perfecta para el consumo inmediato: el primer papa agustino de la historia, regresando a la tierra del obispo de Hipona, tendiendo puentes entre el cristianismo y el islam, entre Occidente y África, entre el presente convulso y una antigüedad noble y venerable. La prensa católica progresista lo recibió con entusiasmo. Analistas internacionales hablaron de gesto estratégico, de hito histórico, de «nuevo epicentro del catolicismo». Todo muy limpio, muy fotogénico, muy en la línea de lo que se espera de un pontífice en 2026.
El único problema es Agustín.
Porque el Agustín real, el que vivió en esa tierra, el que escribió en esa tierra, el que murió en esa tierra mientras los vándalos asediaban Hipona, no era un constructor de puentes interreligiosos. Era el polemista más formidable que ha dado la historia de la Iglesia latina. Un hombre que dedicó décadas de su episcopado no al diálogo blando, sino a la refutación sistemática y sin concesiones de todo lo que consideraba error. Se enfrentó a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas y académicos escépticos. Presidió concilios, escribió incansablemente y polemizó con quien fuera necesario en defensa de la ortodoxia. No hay en su obra ni un solo texto que pueda interpretarse razonablemente como una invitación a la coexistencia teológica entre el cristianismo y el islam, entre otras razones porque el islam no existía todavía cuando Agustín murió, en el año 430.
Esto conviene subrayarlo porque hay una tendencia, cuando se trata de apropiarse retroactivamente de los grandes santos, a proyectar sobre ellos las sensibilidades del presente. Agustín se presta mal a esa operación. Philip Schaff, uno de los historiadores más rigurosos del dogma cristiano, escribió que Agustín «es el Doctor de la Iglesia por excelencia», cuya actividad se extendió sobre la eclesiología, la teología sacramental y la doctrina de la gracia con una precisión que nadie antes ni inmediatamente después alcanzó. Ese Doctor no dejó espacio para la ambigüedad sobre la verdad revelada. La buscó durante años, con angustia auténtica, y cuando la encontró la defendió con todos los instrumentos disponibles: la razón, la escritura, la autoridad conciliar, y cuando fue necesario, la coerción imperial.
Este último punto merece detenimiento porque incomoda. En la Carta 93, escrita en el año 408, Agustín confiesa abiertamente que cambió de opinión sobre el método a emplear con los donatistas, pasando de la persuasión intelectual a la aprobación de las leyes coercitivas del Estado, precisamente porque «la ineficacia del diálogo» le había convencido de que hacía falta otra cosa. Su argumento era que el miedo había hecho reflexionar a muchos donatistas y los había vuelto «dóciles». El mismo hombre al que León XIV convierte en símbolo del diálogo interreligioso fue el principal artífice doctrinal de lo que los historiadores llaman la primera teorización cristiana de la coerción religiosa legítima. No se le puede reprochar con anacronismo: era el siglo V, el contexto era un cisma violento, los circumceliones donatistas habían atacado y mutilado a varios obispos católicos. Pero tampoco se le puede citar como patrón del encuentro amable entre fe diversas sin falsificar su figura.
La paradoja es más profunda cuando se examina qué hacía Agustín exactamente en Hipona. Al escepticismo se enfrentó como filósofo, al maniqueísmo y al pelagianismo como teólogo, y al donatismo como obispo. Tres frentes distintos, tres formas distintas de combatir el error. En todos los casos, la actitud de fondo era la misma: la verdad existe, es cognoscible, y el que la posee tiene la obligación de defenderla. El relativismo teológico, la coexistencia pacífica entre verdades contradictorias, la idea de que toda búsqueda espiritual conduce al mismo lugar, le habría parecido a Agustín no un gesto de apertura sino una traición a Cristo. Las *Confesiones* son la autobiografía de alguien que no encontró la paz en el eclecticismo, sino en la rendición incondicional a una verdad específica e irreductible. «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»: no en una verdad entre otras, sino en ti.
El donatismo, la herejía que ocupó los mejores años del episcopado agustiniano, fue el último episodio en las controversias de Montano y Novato que habían agitado a la Iglesia desde el siglo segundo, y su núcleo era la pregunta sobre la santidad de la Iglesia y la validez de los sacramentos administrados por ministros indignos. Agustín respondió construyendo una eclesiología completa y coherente: la Iglesia visible contiene trigo y cizaña, la gracia no depende de la pureza del ministro sino de Cristo, la unidad es un bien irreunciable que justifica medidas drásticas contra el cisma. Eso no es un puente. Es una muralla doctrinal levantada con precisión de arquitecto. Que esa muralla sea hoy patrimonio de toda la Iglesia, que haya inspirado a los Padres del Vaticano II y a los grandes teólogos medievales, es exactamente la razón por la que Agustín importa. No porque sea un interlocutor cómodo, sino porque es un pensador riguroso.
Agustín distinguía 88 herejías en su tratado *Herejías*, y las cuatro con las que tuvo que lidiar principalmente fueron el maniqueísmo, el donatismo, el pelagianismo y el arrianismo. Cada una de esas batallas le costó años de escritura, controversia pública y desgaste personal. Cada una terminó con una victoria doctrinal que fijó para siempre los límites de lo que la Iglesia puede creer. El pelagianismo, que sostenía que el hombre puede alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos sin necesidad de la gracia, fue condenado por el concilio de obispos africanos en el año 418 y por el papa Zósimo, gracias en buena medida a la tenacidad de Agustín. No fue un proceso de escucha mutua ni de enriquecimiento recíproco: fue una condena.
Nada de esto quiere decir que León XIV haga mal en peregrinar a Hipona. La visita tiene sentido espiritual genuino: un agustino que vuelve a la tierra de su padre fundacional, que reza sobre las ruinas donde ese padre predicó, que reconoce la deuda de su vida entera con ese pensamiento. Eso es legítimo y tiene dignidad propia. El problema no es el viaje. El problema es la operación discursiva que convierte a Agustín en el patrón del diálogo interreligioso con el islam, cuando el único islam que Agustín habría conocido era el que llegó décadas después de su muerte, y cuando toda su vida intelectual giró alrededor de la afirmación de que hay una verdad, una Iglesia, un bautismo, una gracia, y que todo lo que se aparte de ello merece refutación, no cortesía diplomática.
Los analistas han señalado que la basílica de San Agustín en Annaba atrae cada año a miles de visitantes, incluidos musulmanes que sienten una devoción propia hacia el santo. Ese dato es real y es hermoso. Agustín pertenece de algún modo a esa tierra de manera que trasciende las fronteras confesionales, y el hecho de que haya musulmanes que lo veneren dice algo sobre la calidad de su figura humana. Pero la veneración popular de un santo no es lo mismo que su teología. Se puede admirar a Agustín sin leer a Agustín. Se puede ir en peregrinación a sus ruinas sin asumir lo que él defendió. León XIV puede hacer ambas cosas al mismo tiempo, y probablemente lo hace. La pregunta es si la Iglesia que él dirige puede permitirse seguir citando a Agustín como símbolo de apertura sin explicar qué es lo que Agustín realmente pensaba que había que abrir, y ante qué había que permanecer cerrado.
Hay en las *Confesiones* una frase que define mejor que cualquier otra lo que Agustín era y lo que buscaba: *»Señor, tú nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».* No en el diálogo. No en el encuentro. No en la búsqueda indefinida. En el descanso que solo viene del encuentro con Cristo. Ese corazón inquieto que encontró la paz no en la pluralidad de caminos sino en uno solo es el mismo corazón que luego pasó décadas diciéndole a los demás que se equivocaban, con toda la caridad del mundo, pero diciéndoselo.
León XIV tiene razón en una cosa: Agustín es muy amado en su tierra. Lo que no es seguro es que ese amor implique acuerdo con lo que Agustín enseñó.