Audacter: dos caballeros valientes

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Audacter: dos caballeros valientes
El Calvario ha quedado solo. Las voces que blasfemaban se han silenciado, enronquecidas. El Maestro ha muerto. Su Madre, Juan, Magdalena, otro puñado de mujerucas, lloran, exhaustos. Y entonces surgen dos figuras que el Evangelio no presenta como héroes ruidosos, sino como hombres de valentía serena y eficacia puntual, discreta, sin aspavientos. José de Arimatea y Nicodemo no pertenecen al grupo de los Doce; no han seguido públicamente al Señor, pero han creído. Y ahora, cuando el mundo huye o se burla, ellos actúan.
Con un valor nacido del amor, José de Arimatea, noble consejero, que también esperaba el Reino de Dios, entrando donde Pilato, pidió el cuerpo de Jesús, audacter, palabra latina que contiene toda una teología del coraje cristiano. No es temeridad, sino valentía que brota de la amistad cuando ya no hay nada que perder. José se expone: se identifica y se compromete, porque pedir el cuerpo de un ajusticiado por sedición era declararse, poniéndose del lado del condenado, arriesgando el honor y la posición.
Y Nicodemo, aquel que iba de noche a hablar con Jesús, sabe ahora también comparecer a la luz de los hechos. Con su fidelidad madurada en la sombra aparece llevando la friolera de cien libras de mezcla de mirra y áloe. Regia desmesura: cien libras; peso de amorosa reparación. La noche de Nicodemo se ha vuelto aurora: su fe, que comenzó temblorosa y pávida, ha madurado en una entrega sin reservas.
Dos varones y tres servicios domésticos y urgentes, tres delicadezas llenas de ternura viril: escalera, sudario y sepulcro. Para desclavar el Cuerpo, había que subir y sostener el peso muerto del Amor crucificado, con reverencia y cuidado tembloroso. Luego lo envuelven en lienzos con los aromas, según era costumbre entre los judíos enterrar. Con manos decididas y suaves tocan el Cuerpo sagrado, lo perfuman, lo honran, en gesto casi litúrgico. Y después, Arimatea lo pone en su sepulcro nuevo, que había excavado en la roca. José no da lo que le sobra,  sino lo mejor: renuncia a lo que había preparado para sí, para que su Señor repose.
Y he aquí entonces, la Señora, la Virgen Madre, consolada por pechos valientes. Al recibir a su Hijo muerto, junto a Ella estos dos hombres actúan como caballeros del dolor. ¿Qué Le dicen? El Evangelio calla sus palabras pero releva su obrar: sostienen a María con su servicio, la confortan con su presencia y Le ofrecen lo que tienen. Cuando tantos han huido, estos fundadores de la Orden del Santo Sepulcro, José de Arimatea y Nicodemo, son, en cierto modo, los primeros caballeros cristianos, no de espada o penachos, sino de fidelidad y decisión. Son valientes cuando nadie da la cara, generosos cuando todo parece perdido. Delicados, discretos, firmes, decisivos, son hombres de alma mariana: su servicio se ordena a María, a consolar a la Señora del Mayor Dolor. Sin discursos, enseñan una forma de cristianismo viril, elegante, caballeroso.
Cuando llega, en la vida de la Iglesia y en la de cada uno, esa noche en que Cristo parece derrotado, olvidado, silenciado, más que discursos se necesitan gestos de hombres como ellos: hombres que, audacter, den un paso al frente; que, aunque cueste, pidan el Cuerpo de Cristo, y lo cuiden, y lo honren, acompañados por Su Madre.

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