Un cuadro sencillo para una gran obra
En 1875, Bartolo Longo buscaba un icono de la Virgen del Rosario que presidiera el pequeño oratorio que había comenzado a levantar. Un amigo sacerdote, el canónigo de Nápoles Alberto Radente, le ofreció un cuadro abandonado y deteriorado que había sido depositado en un convento dominico. La pintura, modesta y de autor desconocido, mostraba a la Virgen del Rosario entregando el rosario a Santo Domingo y a Santa Catalina de Siena.
A pesar de su mal estado —el lienzo estaba roto, ennegrecido por el humo y con los rostros casi irreconocibles—, Bartolo aceptó la imagen con devoción. El 13 de noviembre de 1875, el icono fue llevado en carreta al Valle de Pompeya. Durante el trayecto, los campesinos lo recibían con curiosidad y escepticismo: “¿Ese es el cuadro que hará milagros?”, preguntaban. Bartolo respondía con fe: “La Virgen lo quiere así”.
El cuadro fue restaurado en 1879 por el pintor napolitano Federico Maldarelli, quien respetó su fisonomía original, sin eliminar su carácter antiguo y sencillo. En los años siguientes, aquel icono se convertiría en foco de innumerables conversiones, gracias a los prodigios espirituales y materiales que comenzaron a atribuirse a su intercesión.
El milagro que fundó un santuario
El 8 de mayo de 1876, durante una novena de oración al Rosario organizada por Bartolo Longo, se produjo el primer milagro atribuido a la Virgen de Pompeya: la curación repentina de una joven enferma terminal, Fortunatina Agrelli. La noticia se propagó por toda Italia, atrayendo peregrinos al humilde oratorio del Valle. Pronto, los fieles comenzaron a hablar del lugar como de “la nueva Pompeya”, símbolo de la resurrección de la fe sobre las ruinas del paganismo antiguo.
La devoción creció tan rápidamente que en 1883 se inició la construcción del actual Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya, gracias a donaciones de fieles de todo el mundo. El proyecto fue impulsado por Bartolo y su esposa, la condesa Marianna De Fusco, quienes consagraron su vida y fortuna a esta obra mariana. En 1891 el santuario fue consagrado y en 1901 recibió el reconocimiento pontificio, siendo elevado por el Papa León XIII —autor de la encíclica Supremi Apostolatus Officio sobre el Rosario— al rango de basílica pontificia.
Desde entonces, Pompeya se convirtió en uno de los centros de peregrinación más importantes de Italia, un lugar donde la oración del Rosario se renueva continuamente como fuente de gracia.
El mensaje espiritual del icono
El lienzo de la Virgen del Rosario de Pompeya es, teológicamente, una catequesis visual sobre la mediación de María en el misterio de la salvación. En la escena, la Virgen entrega el rosario a Santo Domingo y a Santa Catalina, símbolos de la Iglesia militante y de la vida contemplativa. En el centro está el Niño Jesús, que bendice el mundo con una mano mientras sostiene el rosario con la otra: es Cristo quien otorga la gracia, pero lo hace por medio de su Madre.
Cada cuenta del Rosario es, en este sentido, un hilo que une la oración de la Iglesia con el corazón de Dios. Por eso el Santuario de Pompeya se ha convertido en un lugar donde se reza no solo por los vivos, sino también por las almas del purgatorio, en cumplimiento de la misión reparadora que el propio Bartolo Longo recibió: propagar la devoción a la Virgen y rezar por los pecadores.
La fiesta principal del santuario se celebra el 8 de mayo, con la solemne “Suplica a la Virgen del Rosario”, oración compuesta por Bartolo Longo y aprobada por el Papa Pío X. Cada año, miles de fieles se congregan para recitarla al unísono, pidiendo la intercesión de la Madre de Dios para toda la humanidad.
De las ruinas del paganismo a la gloria del Rosario
El icono de la Virgen del Rosario de Pompeya encarna el poder del Rosario como instrumento de restauración espiritual. Si en el siglo XVI la Virgen en Lepanto dio la victoria a la cristiandad sobre la amenaza musulmana, en el siglo XIX el Rosario devolvió la fe a una Europa debilitada por el secularismo y la indiferencia. San Bartolo Longo, antiguo enemigo de la Iglesia, se convirtió así en un nuevo apóstol del Rosario, demostrando que no hay ruina tan profunda que no pueda ser reconstruida por la gracia.