San Justino Orona Madrigal, el pastor que no huyó

San Justino Orona Madrigal, el pastor que no huyó

El obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Ramón Castro Castro, ha presentado una nueva catequesis de la serie “Testigos del Reino”, centrada en la figura de San Justino Orona Madrigal, el párroco mártir que prefirió quedarse con su pueblo hasta la muerte durante la persecución religiosa de 1928. Bajo el título “Testigos del reino, llamados a la fidelidad sin condiciones. San Justino Orona Madrigal, el pastor que no huyó”, el prelado recupera la memoria del sacerdote jalisciense para interpelar a los católicos de hoy sobre la permanencia junto a quienes Dios les ha confiado.

La reflexión parte de la imagen evangélica del Buen Pastor: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, en cambio, cuando ve venir al lobo, huye porque las ovejas no le importan”. Hay quien se queda y quien huye. Hoy, afirma Castro Castro, contemplamos a un sacerdote que se quedó.

Justino Orona Madrigal nació el 14 de abril de 1877 en Atoyac, Jalisco, en extrema pobreza. Su familia lo necesitaba para trabajar, pero la llamada de Dios fue más fuerte. A los 16 años ingresó al seminario y fue ordenado en 1904. Durante 24 años de ministerio no se guardó nada. Fundó una congregación religiosa para niñas huérfanas y pobres. Escribía: “Los que siguen el camino del dolor con fidelidad pueden subir al cielo con seguridad”. Conocía el dolor y le había encontrado sentido.

Cuando la persecución arreció, muchos le rogaban que huyera. Él respondía siempre con calma: “Yo entre los míos vivo o muero”. No era temeridad, sino la definición misma del pastor. Para Justino, su ministerio no se entendía sin su pueblo. Quedarse era su manera de amar.

La madrugada del 1 de julio de 1928, refugiado con su vicario, el padre Atilano Cruz Alvarado, en el rancho Las Cruces, cerca de Cuquío, pasó su última noche planeando cómo seguir llegando a los enfermos. Pensaba en los demás hasta la víspera de morir. Cuando llegaron los soldados, él mismo abrió la puerta y, antes de que dijeran palabra, gritó: “¡Viva Cristo Rey!”. Fue acribillado. Su última palabra fue una aclamación a Cristo. El pastor dio la vida por sus ovejas y, como los profetas, no abandonó a su pueblo. Su permanencia fue ya un anuncio y una denuncia, contundente en la verdad y desarmada en el modo.

Aquí está, señala el obispo, la luz para hoy. El Papa León XIV, en su primera encíclica Magnifica Humanitas, nos pide cuidar las relaciones humanas en un tiempo que las vuelve líquidas y descartables. ¿Dónde es tan fácil bloquear, abandonar, pasar de largo? “Yo entre los míos vivo o muero” significa, traducido a nuestra hora, no soltar a los que Dios me confió: mi familia, mi comunidad, el pobre de al lado. Cuando quedarse cuesta, eso es ya una forma de la paz desarmada del Evangelio.

La pregunta de hoy es muy concreta: ¿Sé quiénes son los míos y estoy dispuesto a quedarme con ellos, a servirles, a amarles hasta el final? Porque la fidelidad no es un sentimiento que va y viene; es una decisión que se renueva cada mañana.

La serie “Testigos del Reino”, iniciada a mediados de julio de 2026, se inserta en el horizonte del centenario de la institución de la solemnidad de Cristo Rey por Pío XI y actualiza el llamado a ser testigos de Cristo en tiempos de fidelidades frágiles. Castro Castro, con su doble responsabilidad como pastor diocesano y presidente de los obispos mexicanos, ofrece en esta catequesis no solo un recuerdo histórico, sino una interpelación directa a la vida cotidiana de los fieles en un país marcado por la violencia, la polarización y la tentación de abandonar a los más vulnerables.

La catequesis completa está disponible en:

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