Al concluir su 120 Asamblea Plenaria, celebrada del 13 al 17 de abril de 2026, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) dirigió al Pueblo de Dios un mensaje en el que, una vez más, se presenta como Iglesia del Resucitado. Los obispos invitan a “recibir la paz del Resucitado, que renueva nuestros corazones y nos impulsa a caminar en esperanza”. En un tono esperanzador y pascual, renuevan su compromiso de dialogar con las nuevas realidades del país, fortalecer una cultura vocacional sinodal y contribuir a la construcción de la paz y la fraternidad. Reconocen explícitamente que “la vocación que Dios ha sembrado en cada corazón” no es patrimonio exclusivo de los consagrados, sino un llamado universal que alcanza a laicos, jóvenes y toda persona bautizada para transformar la sociedad desde el amor y el bien común.
En medio de un contexto marcado por “contextos de guerra, corazones endurecidos y pueblos amenazados”, los pastores insisten en que “callar ante la inseguridad es traicionar el Evangelio” y advierten que “normalizar la violencia corrompe la esperanza”. Reiteran, como en mensajes anteriores, la preocupación por la violencia que lacera el tejido social y convocan a la sociedad entera a trabajar por la reconciliación y la paz. En la Pascual no es un gesto menor recordar que la paz no se construye “con armas ni con discursos vacíos” y apelar al mandamiento del amor como camino para sanar heridas.
Sin embargo, precisamente por la gravedad de nuestra situación, este mensaje deja un sabor a insuficiencia. Una vez más, el Episcopado enuncia una problemática que la sociedad ya conoce de sobra —la inseguridad, la violencia, la corrupción del tejido social— sin explicitar las consecuencias espirituales concretas que enfrenta un pueblo sumido en esta crisis.
Se trata de un riesgo real: Que los mensajes episcopales se conviertan en repeticiones predecibles, en una pastoral de prensa que denuncia sin profundizar, que alerta sin exigir. México no enfrenta una mera “problemática social”; enfrenta una herida profunda que se hunde hasta tocar órganos vitales, ha destruido vidas, familias y comunidades enteras. Las consecuencias no son solo materiales, también lo son espirituales. La normalización de la muerte, la idolatría del poder y del dinero, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, corroen la esperanza y, sobre todo, cierran el corazón a la gracia redentora.
Ante esta realidad, se requiere mayor contundencia. No basta con enunciar preocupaciones; es necesario asumir que la situación de México exige reparaciones igualmente graves por los daños provocados al cuerpo social. La Iglesia, que en su tradición ha promovido las sanciones “medicinales” para la corrección fraterna y la salvación de las almas, cuenta con precedentes claros de firmeza profética. En su momento lo hicieron los obispos de Cuernavaca Luis Reynoso y Sergio Méndez Arceo al aplicar la pena de excomunión a torturadores y secuestradores, reconociendo que ciertas conductas rompen de manera grave la comunión eclesial y exigen una respuesta clara de la autoridad pastoral.
No se trata de convertir la Iglesia en un actor político, sino de ejercer su misión profética, advertir con claridad a los hacedores del mal —delincuentes, sicarios, políticos corruptos, partidos políticos nepotistas y autoritarios—que sus conductas tienen consecuencias espirituales gravísimas. Tales acciones ya les impiden, mientras persistan sin arrepentimiento, los beneficios de la salvación y la redención. La excomunión no es un castigo vindicativo, sino una medicina amarga pero necesaria para despertar conciencias endurecidas.
Reconocemos la preocupación sincera de los obispos. Su voz es importante para millones de mexicanos que sufren la violencia, pero precisamente por ese acompañamiento, se requiere expresar con firmeza lo que tenemos encima, construir la paz es denunciar y sancionar, consolar y reparar. La Iglesia del Resucitado no puede conformarse con repetir diagnósticos, debe anunciar con claridad que el mal tiene nombre, rostro y consecuencias eternas. Solo así su mensaje no será mera esperanza piadosa, sino levadura que transforme realmente la realidad mexicana hacia la verdadera reconciliación. Enunciar lo que padecemos ya lo sabemos; requerimos sanar, por más amarga que sea la medicina.