El Semanario de Guadalajara.- Cuando se ha terminado la primera fase del Mundial de Futbol, es obligatorio hacer una evaluación de lo que deja un evento como éste en las masas que ‘mueren’ por su equipo.
Millones de personas, distintas en idioma, clase y cultura, laten al ritmo de un balón. Lo que ocurre ahí no es solo deporte, es un fenómeno de psicología de masas donde se revelan lo mejor y lo peor de nosotros como colectivo.
Hay que destacar algunos aspectos positivos de este certamen:
Identidad y cohesión social. El Mundial funciona como un ritual que suspende las diferencias cotidianas. Vestir la misma camiseta crea lo que Emile Durkheim llamaría efervescencia colectiva: un estado donde el individuo se siente parte de algo mayor. Familias divididas por política se abrazan por un gol. En 1998, por ejemplo, Francia usó su victoria para integrar simbólicamente a una nación fracturada por el racismo; el famoso “black-” mostró que la identidad nacional puede reconstruirse desde la cancha.
Catarsis y alegría compartida. Sigmund Freud habló de la catarsis como liberación de tensiones. El Mundial permite gritar, llorar y saltar sin juicio. Para países en crisis, esos 90 minutos son tregua emocional. Uruguay 1950 o Marruecos 2022 mostraron, o por lo menos así lo sintieron, que el futbol da dignidad y esperanza a pueblos enteros.
Solidaridad global: La masa mundialista también se organiza y visibiliza causas. Campañas contra el racismo, la homofobia o la guerra usan el escaparate del Mundial porque saben que ahí la humanidad está mirando.
Pero hay también aspectos negativos que no debemos pasar:
Pérdida de individualidad y violencia. Cuando la masa se siente anónima, se diluye la responsabilidad personal. Gustave Le Bon, psicólogo, hablaba de las masas que “por el solo hecho de formar parte de una multitud, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización”.
La muerte de un colombiano en Guadalajara es una terrible muestra. El rival deja de ser humano y se vuelve símbolo a destruir.
Nacionalismo exacerbado. Sin razonar, se entrega la vida contra la vida de los que son de otro país.
Manipulación y alienación. Los gobiernos usan el Mundial como “pan y circo”. Entre más show haya, la población piensa menos, solo quiere diviertirse.
Argentina 1978, bajo dictadura militar, es el caso más citado; mientras se torturaba a 30 metros del estadio Monumental, la masa cantaba goles. O se utiliza el evento para ganar electores. Los ciudadanos creen que su gobierno les regaló un Mundial. La fiesta anestesia la crítica social.
Consumismo y fanatismo. La masa mundialista también es masa consumidora, y mucho. Se endeuda por viajar, compra lo que la publicidad le dicta y eleva a jugadores a semidioses. Esto, la FIFA lo sabe muy bien, ha sido la ganona del fanatismo de muchos aficionados, dentro y fuera del estadio.
El Mundial desnuda una verdad incómoda: somos seres profundamente tribales. La masa puede ser el abrazo satisfactorio (se sienten “amigos” en el estadio) o el linchamiento más cruel.
Como dijo Ortega y Gasset: “El hombre-masa es el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es y se aplaude a sí mismo”.