Con la esperanza puesta en la Resurrección del Señor, la Conferencia del Episcopado Mexicano comunicó el 6 de agosto de 2026 el fallecimiento de Carlos Garfias Merlos, arzobispo emérito de Morelia. El anuncio llegó precisamente en la fiesta de la Transfiguración del Señor e invitó a todos los fieles a elevar oraciones por el eterno descanso del prelado extendiendo sus condolencias a familiares, amigos, presbiterio y fieles de la arquidiócesis de Morelia: «Dale Señor, el descanso eterno. Y brille para él, la luz perpetua». Su muerte cierra una trayectoria de más de cincuenta años de sacerdocio y casi tres décadas de episcopado marcada por una vocación intensa, una formación profunda y, sobre todo, por una desinteresada y artesanal construcción de la paz en algunas de las regiones más golpeadas por la violencia en México.
Nacido el 1 de enero de 1951 en Tuxpan, Michoacán, arquidiócesis de Morelia, Carlos Garfias Merlos arraigó allí el sueño de su vocación sacerdotal desde la juventud. Cursó Humanidades, Filosofía y Teología en el Seminario de Morelia y, al mismo tiempo, realizó estudios en el Instituto de Capacitación del Magisterio de Morelia, obteniendo el título de Maestro de Primaria. Posteriormente se especializó con la maestría y el doctorado en psicoterapia y espiritualidad en la Universidad Intercontinental de la Ciudad de México.
Esta doble formación, teológica y humanística, espiritual y psicológica, no fue un simple complemento académico, sino el cimiento de una manera de ejercer el sacerdocio centrada en la escucha profunda, el acompañamiento integral y la cercanía personal. La psicoterapia y la espiritualidad le permitieron entender al ser humano en su totalidad, de modo que su pastoral nunca se limitó a lo litúrgico o doctrinal, sino que se abrió a las heridas emocionales, a las crisis de sentido y a las necesidades afectivas de las personas.
Ordenado sacerdote el 23 de noviembre de 1975 en la catedral de Morelia, aspiraba originalmente a recibir la ordenación en la fiesta de San Juan Evangelista, el 27 de diciembre, fecha que finalmente eligió para celebrar su primera misa a pesar de la ordenación grupal de sus compañeros en el contexto de las reformas posconciliares. San Juan, el discípulo amado, el amigo íntimo de Jesús, se convirtió en el modelo de su identidad sacerdotal. A lo largo de los años subrayaría que ser sacerdote era, ante todo, aprender a ser amigo, a estar pendiente de la necesidad del otro y a buscar la manera de ayudarlo.
Los primeros veinte años de su sacerdocio estuvieron dedicados casi por completo a la formación de futuros sacerdotes y al acompañamiento de familias. Fue formador en el Seminario menor de Morelia de 1975 a 1985. A partir de 1985 y hasta 1995 dirigió el Curso Introductorio del Seminario mayor en Erongarícuaro, Michoacán, experiencia que ayudó a estructurar e iniciar.
Su mayor preocupación fue la cercanía con cada uno de sus alumnos, no se trataba solo de transmitir contenidos, sino de acompañar procesos personales, discernir vocaciones y sembrar en los jóvenes seminaristas una espiritualidad de servicio y de escucha. Al mismo tiempo, durante una década fue rector del Templo de las Tres Aves Marías en Morelia, donde implementó programas de formación y acompañamiento a matrimonios y jóvenes. Sirvió como asesor regional de Encuentros Matrimoniales de 1989 a 1992, encargado de la Pastoral Familiar diocesana de 1993 a 1994, coordinador del Consejo Presbiteral Arquidiocesano, profesor de Pastoral y Sacramentos en el Seminario, presidente de la Comisión del Clero de Morelia de 1993 a 1996 y delegado episcopal para la formación permanente del presbiterio de 1995 a 1996.
En todas estas responsabilidades se revelaba una vocación sacerdotal profundamente relacional, el sacerdote como formador, como hermano mayor, como quien camina junto a las familias y a los futuros pastores. Su personalidad, marcada por el buen humor, la capacidad de diálogo y una energía que no se apagaba fácilmente, hacía que la gente se sintiera escuchada y valorada.
El 24 de junio de 1996, san Juan Pablo II lo nombró obispo de Ciudad Altamirano; recibió la ordenación episcopal el 25 de julio del mismo año. El 8 de julio de 2003 el mismo pontífice lo trasladó a la diócesis de Ciudad Nezahualcóyotl, de la cual tomó posesión el 2 de agosto de 2003. El 7 de junio de 2010, Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Acapulco. Finalmente, el 5 de noviembre de 2016, Francisco lo nombró arzobispo de Morelia, tomando posesión de la arquidiócesis el 17 de enero de 2017.
Su lema episcopal resumió toda su vida y dio continuidad a su vocación sacerdotal: «Cristo es nuestra Paz». Ya desde su ordenación había elegido como tema el versículo de Isaías: «Dichosos los pies del mensajero que anuncia la paz». El episcopado no fue para él una ruptura con el sacerdocio, sino su prolongación en territorios más complejos y heridos.
Desde Ciudad Altamirano hasta Morelia, pasando por Nezahualcóyotl y Acapulco, Garfias Merlos entendió que la paz no se decreta ni se impone: se construye de manera artesanal, paso a paso, con los materiales humanos disponibles, en medio de la violencia estructural, el narcotráfico y la fractura del tejido social. Él mismo se definía como «obispo, artesano y constructor de paz». No buscaba soluciones mágicas ni grandes acuerdos mediáticos, sino procesos concretos nacidos de la misma vocación de acompañamiento que había cultivado en el seminario y en las parroquias. En cada diócesis impulsó centros de escucha para víctimas de la violencia, espacios seguros donde se ofrecía atención espiritual, psicológica y, cuando era posible, jurídica. Promovió las Casas del Artesano, centros de atención y rehabilitación para personas con adicciones, entendiendo que la paz también pasa por la recuperación de la dignidad de quienes han caído en círculos de autodestrucción. Impulsó comités municipales de paz y reconciliación, integrados por autoridades civiles, líderes religiosos de distintas confesiones y miembros de la sociedad civil.
En Morelia presidió el Consejo Michoacano para la Construcción de la Paz y la Reconciliación, organismo cuya instalación simbólica se remonta a septiembre de 2019 y del que fue figura central. Bajo su liderazgo se multiplicaron los centros de escucha (más de treinta en distintos momentos de su ministerio), se instalaron comités municipales en Morelia y otras localidades, se impulsaron programas de cultura de paz, talleres de perdón y reconciliación, y campañas de reconstrucción del tejido social.
Insistía una y otra vez en que la paz comienza en la familia, el barrio, la escuela y el trabajo cotidiano, y que nadie puede delegar esa tarea. Su disposición al diálogo llegó incluso a proponer, de manera abierta y controvertida, la posibilidad de conversaciones con actores de la delincuencia organizada, inspirado en experiencias de la Iglesia colombiana. No se trataba de pactos de impunidad, sino de abrir caminos de conversión y reducción de violencia, siempre desde la atención prioritaria a las víctimas.
Esa postura le valió críticas internas y externas, pero nunca se retractó: «El diálogo es el camino de la conversión de los delincuentes», mencionó tras el abatimiento del “Mencho”. Su visión de la paz era integral: educación, economía solidaria, cuidado de la casa común, atención a adicciones y, sobre todo, la reconstrucción de la confianza. Todo ello fluía de su identidad sacerdotal: el sacerdote como mensajero de paz, como amigo que escucha y acompaña, como artesano que trabaja con paciencia los materiales humanos rotos.
El 23 de noviembre de 2024, en la catedral de Morelia, Garfias Merlos abrió el Año Jubilar por sus cincuenta años de vida sacerdotal. En esa celebración, concelebrada con el obispo emérito de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, leyó el decreto del año jubilar (del 23 de noviembre de 2024 al 23 de noviembre de 2025) y ofreció una homilía de profunda gratitud. Recordó que él y sus compañeros de generación habían sido ordenados en un año jubilar anterior y pidió a los presentes unirse en la acción de gracias y en la renovación de la respuesta vocacional: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Habló con franqueza de sus momentos al borde de la muerte: el contagio de covid-19 que lo puso en gravedad después de celebrar sus veinticinco años de episcopado, y otra crisis de salud apenas dos meses antes de aquella misa. «He vivido momentos casi de estar al punto de la muerte y, gracias a Dios, he recuperado la salud… por la providencia de Dios y su gracia, de una manera milagrosa».
A pesar de las limitaciones físicas, afirmaba sentirse con mucha energía mental, emocional y espiritual. El jubileo no fue solo conmemoración, fue renovación de un sí sacerdotal dado medio siglo atrás, un sí que había sido probado en la enfermedad y que se mantenía firme.
Meses después, el 27 de diciembre de 2025, regresó a su pueblo natal de Tuxpan para celebrar los cincuenta años de sacerdocio en la parroquia de Santiago Apóstol, el mismo lugar donde había arraigado su sueño vocacional y donde había celebrado su primera misa. Allí reiteró las dos características definitorias de su sacerdocio, la amistad modelada en San Juan Evangelista y la vocación de promotor y constructor de paz. Poco después se presentó el libro «Carlos Garfias Merlos: Obispo, Artesano y Constructor de Paz», gestado durante años y publicado en el contexto de su cincuenta aniversario sacerdotal. La obra recoge su experiencia personal y su convicción de que la paz es un trabajo artesanal que invita a cada lector a convertirse, a su manera, en constructor de reconciliación.
A lo largo de su episcopado, Mons. Garfias Merlos enfrentó difamaciones, desencuentros con sectores de la clase política y tensiones incluso dentro de la propia Iglesia. Su apertura al diálogo con grupos delictivos generó rechazo entre algunos obispos, católicos y políticos. Circulaciones mediáticas sobre supuestos beneficios recibidos de administraciones estatales anteriores fueron respondidas por él con claridad: «No tengo nada que ocultar; las acusaciones que hacen que las demuestren». Nunca negó amistades políticas de distinto signo, pero rechazó cualquier interpretación que las convirtiera en complicidad. Frente a esas tormentas, su respuesta fue siempre la misma, transparencia y disponibilidad. Durante años sostuvo ruedas de prensa dominicales, casi siempre después de la misa en la catedral de Morelia. Allí respondía a periodistas, explicaba iniciativas, reconocía límites y reiteraba el llamado a no delegar la construcción de la paz. Ese contacto permanente con la feligresía y con la sociedad mexicana, a través de medios, redes y presencia pública, lo convirtió en una voz reconocible, a veces incómoda, pero siempre accesible. Prefería el riesgo de la palabra pública al silencio defensivo. Esa misma disponibilidad mediática era, en el fondo, una expresión de su vocación sacerdotal, el sacerdote no se esconde, sino que se hace presente, escucha y responde.
El Episcopado Mexicano pierde a un líder indiscutible que no se limitó a denunciar la violencia, sino que fundó un proceso concreto de construcción de paz que hoy es referente en México. Los centros de escucha, los comités municipales, las Casas del Artesano, los talleres de reconciliación y la insistencia en el diálogo circular entre autoridades, sociedad civil, iglesias y hasta actores conflictivos constituyen un patrimonio pastoral y social que trasciende su persona. Su lema episcopal y su autodefinición como artesano de la paz resumen una vida coherente, la paz no es un concepto abstracto, sino un trabajo diario, paciente, a veces incomprendido, pero siempre necesario. Y ese trabajo nació de una vocación sacerdotal profundamente arraigada en la amistad, en la escucha, en la formación de otros y en el anuncio del Evangelio como mensaje de paz.
En la fiesta de la Transfiguración, cuando la Iglesia contempla la gloria que se anuncia en medio de la cruz, la noticia de su partida invitó a elevar la mirada hacia la esperanza de la Resurrección. La arquidiócesis de Morelia, el presbiterio, las comunidades que acompañó en Guerrero, el Estado de México y Michoacán, y todos aquellos que se sumaron a sus iniciativas de paz, guardan el testimonio de un pastor que creyó que Cristo es nuestra Paz y que esa paz se construye, artesanalmente, con las manos de muchos. Un sacerdote que, desde Tuxpan hasta las catedrales de las diócesis que pastoreó, respondió una y otra vez: «Aquí estoy para hacer tu voluntad».
Descanse en paz, Carlos Garfias Merlos.