La marcha por la paz en Culiacán reunió a decenas de miles de ciudadanos y contó con la activa participación de la Iglesia católica y del obispo José Jesús Herrera Quiñones quien presidió la celebración de la eucaristía y dirigió un mensaje contra la violencia. El recorrido partió del templo de La Lomita y concluyó en la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario, en el centro de la ciudad
El domingo 13 de septiembre de 2026, Culiacán se convirtió en escenario de una de las movilizaciones más significativas de los últimos años: la marcha por la paz, que reunió a decenas de miles de ciudadanos en un recorrido desde el templo de La Lomita hasta la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario. Lo que distinguió a esta marcha fue la convocatoria de la diócesis de Culiacán, encabezada por el obispo José de Jesús Herrera Quiñónez. La Iglesia católica, a través de circulares y mensajes pastorales, llamó directamente a los fieles a sumarse, suspendió las misas dominicales matutinas y convirtió la movilización en un acto de fe y de ciudadanía.
En la Circular No. 16/2026, dirigida a sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos, el obispo Herrera Quiñónez pidió asistir vestidos de blanco y participar en la marcha “Culiacán, Ponte de Pie”. El gesto de suspender las misas dominicales fue considerado inédito y reveló la intención de la diócesis de colocar la paz como prioridad pastoral y social invitando a la comunidad a caminar unida en un acto que trascendía lo religioso para convertirse en un reclamo ciudadano. La Iglesia, en este sentido, no se limitó a acompañar, fue protagonista en la convocatoria y en la conducción del evento.
La jornada inició con una misa en un altar improvisado en La Lomita. Allí, el obispo Herrera Quiñónez pronunció un mensaje que marcó el tono de la movilización: “Queremos vivir en paz, queremos calles seguras, queremos familias tranquilas”. Sus palabras, cargadas de fuerza pastoral, fueron también un reclamo político. Insistió en que el dolor no debía convertirse en odio, sino en motivo de fraternidad y solidaridad, y exigió instituciones que protejan la vida y devuelvan confianza a la sociedad, requiriendo de instituciones fuertes y responsables, guardando el respeto y dignidad de las personas evitando cualquier forma de corrupción. El mensaje resonó entre los asistentes como un llamado a la reconciliación, pero también como una denuncia de la incapacidad de las autoridades para garantizar seguridad y justicia y a los grupos criminales: «¡Deténganse!… Todavía es posible cambiar de camino», señaló el obispo.
El recorrido de la marcha partió desde La Lomita, descendió por la avenida Álvaro Obregón y atravesó las principales calles del centro de Culiacán hasta llegar a la Catedral. A lo largo del trayecto, los participantes portaban pancartas con consignas como “No queremos miedo, queremos paz” y “Sinaloa ponte de pie”, mientras se liberaban globos blancos como símbolo de esperanza. La vestimenta blanca de los asistentes reforzó el carácter solemne y esperanzador de la movilización. El tránsito desde un espacio de devoción hasta el corazón cívico de la ciudad reflejó la intención de articular fe y ciudadanía en un mismo clamor.
La participación fue masiva. Se estima que entre 30,000 y 50,000 personas acudieron a la convocatoria, cifra que muestra el hartazgo social frente a la violencia que ha dejado más de 3,000 muertos y casi 2,900 desaparecidos en los últimos dos años, producto de la pugna interna en el Cártel de Sinaloa. La marcha reunió a familias, empresarios, colectivos de búsqueda y organizaciones civiles, en una expresión transversal de unidad. La presencia de Coparmex Sinaloa y del Consejo Intercamaral reforzó el carácter ciudadano de la movilización, pero fue la Iglesia la que dio legitimidad moral y capacidad de convocatoria.
Los reclamos fueron directos. Se exigió seguridad, justicia y fortalecimiento institucional. Los colectivos de búsqueda, integrados principalmente por madres que buscan a sus hijos desaparecidos, alzaron la voz con consignas como “Cuando una madre llora, lloramos todas”, visibilizando el dolor humano detrás de las cifras. Se criticó la gestión de la gobernadora interina Graciela Domínguez Nava y del gobierno municipal, señalando la falta de respuestas efectivas frente a la crisis. La marcha se convirtió en un foro de denuncia y en un espacio de presión política, capaz de colocar la agenda de la paz en el centro del debate público.
El obispo Herrera Quiñónez insistió en que la paz no puede reducirse a la ausencia de violencia, sino que debe construirse con justicia y fraternidad. Su mensaje trascendió lo religioso y se convirtió en discurso social y político, interpelando tanto a creyentes como a no creyentes. En él se condensó la exigencia de un pueblo que se niega a vivir bajo el miedo. La Iglesia, al asumir un papel protagónico, reforzó la legitimidad del movimiento y le otorgó un carácter moral que trasciende lo coyuntural.
Medios locales y nacionales destacaron la magnitud de la movilización y el papel de la diócesis en la convocatoria. La marcha no solo fue un acto de protesta, sino también un ejercicio de presión política y social. El recorrido desde La Lomita hasta la Catedral simbolizó un tránsito colectivo hacia la esperanza, en medio de un contexto marcado por la violencia cuando, ese mismo fin de semana, 10 personas fueron asesinadas en el choque que ha enfrentado a las dos principales facciones del crimen organizado cuya etapa más violenta viene desde el 9 de septiembre de 2024.
La marcha por la paz en Culiacán fue un acontecimiento que mostró la capacidad de la sociedad sinaloense para organizarse y reclamar condiciones de seguridad y dignidad. La convocatoria oficial de la diócesis de Culiacán, encabezada por el obispo Herrera Quiñónez, convirtió la movilización en un acto de fe, reconciliación y exigencia política. La participación masiva, los reclamos contundentes y el mensaje pastoral consolidaron la marcha como un hito en la lucha por la paz en Sinaloa. Más allá de la coyuntura, lo que quedó claro es que la sociedad no está dispuesta a resignarse al miedo, y que la paz, entendida como justicia y fraternidad, es una exigencia irrenunciable.