En un mensaje difundido con motivo del Día del Maestro, la Conferencia del Episcopado Mexicano ha reiterado el valor fundamental de las maestras y los maestros en la construcción de un país solidario, libre, formado y pacífico.
El documento, fechado el 14 de mayo de 2026 en la Ciudad de México y firmado por el obispo Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia, junto con el obispo auxiliar Héctor M. Pérez Villarreal y el arzobispo emérito de León y responsable de la Dimensión de Pastoral Educativa y de la Cultura, Alfonso Cortés Contreras, resalta la labor insustituible de quienes día a día moldean el futuro de México desde las aulas.
La fecha del 15 de mayo, en que se celebra esta efeméride nacional desde hace más de un siglo, tiene un origen histórico preciso. El presidente Venustiano Carranza aprobó la iniciativa y expidió el decreto correspondiente. Algunas fuentes precisan que el documento se firmó el 23 de noviembre de 1917, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 3 de diciembre de 1917.
El decreto es breve y consta de dos artículos principales, el primero declara día del Maestro el 15 de mayo, debiendo suspenderse en esa fecha las labores escolares; el segundo establece que en ese día los padres o tutores enviarán a los niños a saludar a sus maestros como muestra de gratitud. Esta disposición coincidió con el aniversario de la Toma de Querétaro en 1867, acontecimiento que consolidó la República mexicana. Además, el 15 de mayo de 1950 el Papa Pío XII proclamó a san Juan Bautista de La Salle como patrono especial de los educadores de la infancia y la juventud, otorgando a esta conmemoración un profundo sentido espiritual que subraya la nobleza de la vocación docente.
El texto saluda con gratitud y cercanía a las maestras y maestros de todo el país. “Su presencia en cada aula de nuestro país es un acto insustituible de compromiso y esperanza”, afirma. Con paciencia, entrega y amor, dedican su vida a formar a las nuevas generaciones, comparándolos con un artesano que moldea su pieza o un campesino que labra su tierra. Su vocación, subraya el mensaje, es una misión de esperanza para la nación.
La Conferencia del Episcopado Mexicano cita las palabras del papa León XIV en el Jubileo del Mundo Educativo, quien reconoció que los educadores contribuyen a encarnar el rostro de Cristo para millones de alumnos. Gracias a su diversidad de carismas, metodologías y experiencias, garantizan una formación adecuada que coloca en el centro el bien de la persona, tanto en el saber humanístico como en el científico.
El mensaje destaca la capacidad de adaptación de los docentes ante los desafíos del presente. En medio de un cambio cultural que fragmenta al ser humano, lo envuelve en incertidumbre con abundante información pero escasa formación, y lo introduce en un mundo global, digital y vertiginoso, su tarea sigue siendo vital. No se limitan a transmitir conocimientos: tocan el corazón de las personas, despiertan su interioridad, las acompañan en la búsqueda de la verdad y las ayudan a descubrir su dignidad y su vocación humana.
La Conferencia reconoce también las dificultades que enfrentan. Menciona la excesiva burocracia y los contextos políticos y magisteriales que, en lugar de fortalecer su vocación y proporcionarles lo necesario para cumplir su noble misión, a menudo priorizan intereses ajenos al bien de la infancia y la adolescencia mexicanas o a su propio desempeño profesional. Ante ello, exhorta a los educadores a no perder de vista la cuestión humana fundamental: una mirada atenta a cada alumno, un corazón abierto a sus necesidades y un constante encuentro marcado por la entrega, la generosidad y la audacia pedagógica.
“Los educadores están llamados a una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: su testimonio vale tanto como su lección”, recuerda la cita papal incluida en el documento. Los obispos invitan a los padres de familia, directivos, autoridades y estudiantes a concretar alianzas y un pacto educativo que supere incomprensiones e intereses particulares. Este pacto, afirman, debe diseñar “nuevos mapas de esperanza” para reconstruir el tejido social, formar ciudadanos responsables y promover una cultura de paz.
A todas las maestras y maestros de México, el Episcopado les dice que son “artesanos de la humanidad” y los protagonistas que encarnan y dan sentido a los esfuerzos educativos de la sociedad. “Gracias por sostener la esperanza de nuestro pueblo desde cada salón de clases, desde cada comunidad y desde cada esfuerzo silencioso por formar un país más humano y fraterno”, concluye el mensaje. Extiende una felicitación con solidaridad y cercanía, y pide a Jesucristo, Señor y Maestro, el don de la gratuidad y la generosidad para formar a las generaciones venideras. Invoca también la intercesión de María Santísima de Guadalupe.
Este reconocimiento cobra especial relevancia al considerar la escala de la tarea educativa en México. Según datos del Sistema Interactivo de Consulta Educativa de la Secretaría de Educación Pública para el ciclo escolar 2024-2025, el país cuenta con 2 millones 61 mil 23 maestras y maestros en los niveles de educación básica, media superior y superior. Esta cifra atiende a una matrícula nacional superior a los 32 millones de estudiantes. Las mujeres representan alrededor del 64 por ciento del personal docente, lo que confirma que la educación en México tiene un marcado rostro femenino, especialmente en los primeros niveles donde su presencia supera el 69 por ciento.
Estas estadísticas no solo ilustran la magnitud del esfuerzo colectivo, sino también la importancia estratégica de valorar y apoyar a quienes ejercen la docencia. En un contexto de cambios acelerados y desafíos sociales, el mensaje episcopal invita a toda la sociedad a reconocer que la labor del maestro trasciende el aula: es un pilar para reconstruir el tejido social y forjar un México más justo y humano. La vocación docente, que el Episcopado describe con precisión, se convierte así en un puente entre el pasado revolucionario que quiso educar para la libertad y el presente que exige formar ciudadanos capaces de enfrentar un mundo complejo sin perder la dimensión humana.
El decreto de Carranza surgió en un momento de reconstrucción nacional tras la Revolución, cuando el país buscaba consolidar sus instituciones a través de la educación. Aquella decisión de suspender clases y promover un gesto de gratitud familiar reflejaba la convicción de que los maestros eran agentes esenciales de transformación social. Más de un siglo después, el mensaje de los obispos actualiza ese mismo reconocimiento, pero lo enriquece con una perspectiva espiritual y humanista: los docentes no solo transmiten saberes, sino que moldean corazones y construyen esperanza en medio de la fragmentación contemporánea.
Las maestras y maestros mexicanos, con su testimonio cotidiano, encarnan ese ideal de servicio que trasciende cualquier contrato o norma burocrática. Su entrega silenciosa en comunidades urbanas y rurales, en escuelas públicas y privadas, sostiene la esperanza de un país que todavía sueña con ser más equitativo y fraterno. El llamado de los obispos no es solo un reconocimiento; es una invitación urgente a toda la sociedad —padres, autoridades, estudiantes— a construir ese pacto educativo que el documento propone con claridad y urgencia.
Con su testimonio y dedicación diaria, las maestras y maestros siguen siendo, como afirma el documento, insustituibles en la construcción de un futuro mejor. El llamado de la Conferencia del Episcopado Mexicano resuena como un recordatorio oportuno: educar es, ante todo, una obra de esperanza compartida.
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