En tiempos de secularismo y relativismo, se insiste con frecuencia en que la santidad atraviesa una crisis profunda o que, sencillamente, resulta imposible para las personas de hoy. Se la presenta como una reliquia de épocas pretéritas, un ideal inalcanzable reservado a minorías extraordinarias o una forma de alienación incompatible con la autonomía y el egoísmo.
Este factor implica el secularismo que tiende a confinar lo religioso al ámbito privado, mientras el relativismo diluye la posibilidad misma de una verdad objetiva sobre el bien y el sentido de la vida. En ese horizonte, los modelos sociales dominantes exaltan la autorrealización individual entendida como maximización de deseos inmediatos, la acumulación de experiencias efímeras y el éxito medido en términos de visibilidad, consumo o poder.
La concentración del egoísmo genera sociedades fatigadas, ansiosas y fragmentadas. El consumo rápido y pasajero, promovido por una economía de la atención y de lo desechable, promete satisfacción inmediata y entrega; en cambio, lo que realmente genera, es vacío recurrente. Las crisis de estos modelos en la familia, en el trabajo, la confianza institucional, incluso en la salud mental, son síntomas de una antropología que niega la vocación más profunda del ser humano.
Estos modelos no solo agotan a las personas, también buscan desacreditar la santidad porque según tiende a la insuficiencia. Al presentarla como anticuada o imposible, evitan confrontar la medida verdadera de la existencia humana, que no se agota en el placer fugaz ni en el yo aislado. En lugar de ofrecer un horizonte de plenitud, proponen ciclos de novedad y descarte que dejan intacta la sed de sentido.
La santidad, lejos de ser un obstáculo a la realización, es la respuesta más radical a esa necesidad. Frente a este panorama, la enseñanza de Benedicto XVI, expresada en su audiencia general del 13 de abril de 2011, ofrece un contrapunto luminoso y exigente a la vez. El Papa emérito recordó que la santidad no es privilegio de unos pocos elegidos, sino la medida misma de la vida cristiana y la vocación universal de todos los bautizados.
No consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios y en hacer propias sus actitudes, sus pensamientos y sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado en que, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra existencia según la suya.
El secreto, por tanto, no radica principalmente en el esfuerzo humano ni en la acumulación de méritos. Es Dios quien nos hace santos. Es la acción del Espíritu Santo la que nos anima desde dentro, es la vida misma de Cristo resucitado la que se nos comunica y nos transforma.
Parece algo etéreo y difícil, pero esta transformación tiene su raíz en la gracia bautismal que nos inserta en el Misterio pascual. La santidad es, en definitiva, la caridad plenamente vivida. Benedicto XVI simplificó con realismo pastoral lo esencial: no dejar pasar un domingo sin el encuentro con el Resucitado en la Eucaristía, luz para toda la semana; no comenzar ni terminar un día sin al menos un breve contacto con Dios y seguir, en las decisiones concretas, las “señales” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído “en clave” de Cristo, que no son otra cosa que formas de la caridad.
Esta sencillez y grandeza desmontan el prejuicio de que la santidad sea anticuada o imposible. Precisamente porque no exige gestos espectaculares, sino la apertura cotidiana a la acción del Espíritu, resulta accesible a toda persona, en cualquier estado de vida y en medio de las fragilidades más ordinarias. Los modelos sociales que la desdibujan como irrealizable lo hacen porque temen, en el fondo, una medida que no se agota en el egoísmo ni en lo pasajero.
Ese es el sentido en estas fechas que abren cada noviembre. Abrirse a la acción del Espíritu Santo que transforma nuestra vida, para ser parte del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor.
Como bien lo planteaba el Papa Benedicto XVI, no tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios, no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores, será él quien nos transforme según su amor. Lo que se encuentra en crisis no es la santidad, sino los pretendidos modelos de realización humana que la sociedad contemporánea propone, esos que reducen a cada ser humano al ámbito de lo cosificable y desechable.