Cardenal arzobispo de Guadalajara representará al Papa León XIV en beatificación de mártir guatemalteco

José Francisco Robles Ortega se une a los cardenales mexicanos privilegiados por un nombramiento de representación papal: Ernesto Corripio Ahumada y Javier Lozano Barragán

Cardenal arzobispo de Guadalajara representará al Papa León XIV en beatificación de mártir guatemalteco

León XIV ha designado al cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo metropolitano de Guadalajara, enviado pontificio para presidir la beatificación de fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio, sacerdote profeso de la Orden de los Hermanos Menores asesinado en Guatemala el 7 de noviembre de 1983. La celebración está fijada para el sábado 7 de noviembre de 2026 en la Finca Florencia, departamento de Sacatepéquez, inmediaciones de Antigua Guatemala, donde el futuro beato fue párroco y guardián. La fecha coincide, día por día, con el cuadragésimo tercer aniversario del martirio.

Esta designación, difundida por la postulación de la causa y recogida este 6 de octubre, coloca a Robles Ortega en una línea poco frecuente de purpurados mexicanos llamados a actuar en nombre del romano pontífice fuera de sus diócesis. En el rito de beatificación, el enviado especial lee la carta apostólica, preside la eucaristía y proclama al nuevo beato con la autoridad que el Papa le delega. En agosto, fray Edwin Alvarado, vicepostulador de la causa, lo visitó en Guadalajara para presentarle el trabajo de la beatificación y el ritual. Robles Ortega respondió que será la primera vez que realiza un oficio de esta naturaleza, dijo que el nombramiento es un honor y aprobó el esquema litúrgico que se le entregó.

Esto merece una pausada lectura. Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara desde el 7 de diciembre de 2011, ha presidido la Conferencia del Episcopado Mexicano, tiene una sólida trayectoria eclesiástica, entre otras cosas, haber tenido una destacada participación en el pasado cónclave. No le faltan oficios. Le faltaba, hasta ahora, ser la voz del Papa en un altar de martirio.

El nombramiento lo une a otros cardenales mexicanos que han llevado la representación pontificia, pero el contraste es el dato. Históricamente, esas misiones recayeron con frecuencia en el arzobispo primado de México o en purpurados de curia, no en el titular de Guadalajara. Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo primado de México y cardenal desde el 30 de junio de 1979, fue representante especial de Juan Pablo II en las exequias de Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía.

El funeral se celebró el Domingo de Ramos, 30 de marzo, en la plaza frente a la catedral salvadoreña. Y la historia constató cómo lo que debió ser una celebración en paz, terminó en tragedia. Al momento de pronunciar la homilía que recordó la enseñanza de Romero, la violencia no puede matar la verdad ni la justicia, y dijo que no se puede amar odiando ni defender la vida matando, se escuchó una explosión y disparos que interrumpieron la misa. La multitud, calculada en decenas o cientos de miles, se precipitó; decenas de personas murieron en la estampida y el féretro tuvo que ser enterrado con precipitación dentro del templo. Un comunicado posterior de los obispos salvadoreños dio con la precisión de los hechos que el régimen quiso deformar con mentiras, “la confusión fue total. Los concelebrantes tuvieron que suspender la misa y buscaron refugio en el interior de la catedral, donde también se concentraron unas cinco mil personas. El catafalco que contenía el féretro con los restos de Monseñor Romero fue introducido a duras penas en el templo. La misa no pudo reanudarse y más tarde sus restos fueron inhumados en una cripta de la nave principal, tal como estaba previsto. Fuera, en la plaza fue volcada la mesa que contenía el vino y las hostias que debían ser consagradas en la misa, que se esparcieron por el suelo. Las flores del túmulo quedaron también esparcidas por la plaza. Numerosas personas -sobre todo ancianos, mujeres y niños- quedaron heridas de gravedad o sin vida en el suelo y en las escaleras de la catedral, en las mismas escaleras en las que, hace menos de un año, cayeron a manos de la Fuerzas de Seguridad 23 estudiantes que se habían encerrado en la catedral”, expresaron a la comunidad internacional y al pueblo del El Salvador.

Cuatro años más tarde, el 25 de enero de 1984, Juan Pablo II nombró de nuevo a Corripio missus extraordinarius para el Congreso Mariano Nacional de Bolivia, celebrado en La Paz del 29 de enero al 5 de febrero, con motivo de los cuatrocientos años de la entronización de la Virgen de Copacabana. La carta pontificia lo enviaba precisamente por custodiar, en la arquidiócesis de México, el santuario de Guadalupe.

Otro precedente es el del cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud. A finales de enero de 2004, Juan Pablo II lo nombró enviado especial a la XII Jornada Mundial del Enfermo, celebrada en Lourdes del 9 al 11 de febrero de aquel año, en el 150 aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción. El 11 de febrero fue acogido solemnemente como enviado y presidió la concelebración de clausura. En diciembre de 2004 el mismo Papa lo designó enviado a la XIII Jornada, en Yaundé, Camerún, del 9 al 11 de febrero de 2005. Allí presidió la eucaristía con unción de los enfermos en el santuario mariano de Mvolyé, ante el presidente de la República, en una jornada marcada por el mensaje papal sobre el SIDA en África.

Corripio representaba al Papa como primado y custodio de Guadalupe, en un funeral de mártir y en un congreso mariano sudamericano. Lozano lo representaba como jefe de un dicasterio romano, en Lourdes y en Camerún. Robles Ortega lo representará como arzobispo de Guadalajara, en la beatificación de un franciscano centroamericano. La sede que elige León XIV no es la Primada de México, es la del occidente, la misma que ha recibido en agosto al vicepostulador.

¿Quién es el futuro beato? Augusto Rafael Ramírez Monasterio nació en Guatemala el 5 de noviembre de 1937, en una familia numerosa y ferviente. Fue bautizado el 19 de diciembre de ese año y confirmado el 8 de abril de 1945. Hizo la primaria en su país y la secundaria en el Colegio Seráfico de los frailes menores de Diriamba, Nicaragua. El 25 de diciembre de 1958 comenzó el noviciado en Jumilla, España; el 26 de diciembre de 1959 emitió la profesión temporal. Completó filosofía y teología en la península y recibió el orden sacerdotal el 18 de junio de 1967. Pertenecía a la Custodia del Santísimo Nombre de Jesús en Guatemala, dependiente entonces de la Provincia de Cartagena, lo que explica la formación española. De regreso a Centroamérica fue formador en Diriamba hasta 1972. Volvió a España para estudios universitarios en Salamanca, donde permaneció hasta 1977. En 1978 asumió el guardianato y el curato de San Francisco el Grande, en Antigua Guatemala.

La Orden de Frailes Menores resume así aquel ministerio, “predicó con vida ejemplar, dio testimonio del Evangelio y de la fuerza liberadora de la fe, promovió la verdad y la justicia, fue solidario con los pobres y los oprimidos, y animó a los fieles a seguir a Cristo”. Se mantuvo al margen de la política, pero el pretexto para eliminarlo llegó en el confesionario. En junio de 1983 acogió a un campesino implicado en la guerrilla que buscaba acogerse a una amnistía del gobierno. Ese era Fidel Coroy, maya kaqchikel, catequista, vinculado al Comité de Unidad Campesina y al Ejército Guerrillero de los Pobres.

El 2 de junio fray Augusto fue detenido y retenido unas doce horas en la base militar de Chimaltenango. Lo torturaron para arrancarle lo oído en confesión. Lo obligaron a firmar que había sido bien tratado. Lo soltaron. Siguieron las amenazas, el seguimiento policial y la sugerencia, que rechazó, de abandonar el país.

El 7 de noviembre de 1983 lo secuestraron por segunda vez. Durante el traslado en un vehículo de la policía especial, en las afueras de la capital  e intentó escapar. Lo alcanzaron y lo mataron a tiros. El cuerpo, torturado y acribillado, fue reconocido al día siguiente en la morgue por un familiar. Informes médico-legales de la causa hablan de nueve impactos y de muerte por choque hipovolémico. Era el decimotercer sacerdote asesinado en Guatemala desde 1978. La Orden subraya que el ensañamiento tuvo por objeto arrancarle el secreto de confesión y la acusación de simpatizar con la izquierda. Murió, en la fórmula del decreto, por odio a la fe.

La causa, impulsada por la Provincia franciscana de Nuestra Señora de Guadalupe en Centroamérica, se abrió en 2008 en la curia de la Ciudad de Guatemala. El 22 de enero de 2026, León XIV autorizó, en audiencia al cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el decreto de martirio. Al tratarse de martirio, no se exige milagro. El 7 de noviembre de 2026 coincidirá con el aniversario de la muerte.

Robles Ortega irá a proclamar beato a un sacerdote que murió por callar lo que la Iglesia manda callar, en una guerra civil,1960-1996, que enfrentó a fuerzas de seguridad, guerrilla, disidencia y poblaciones pobres y que costó la vida a numerosos presbíteros. Que el Papa envíe para esa proclamación al arzobispo de Guadalajara, y no al primado de México ni a un prefecto de dicasterio, es el dato que distingue esta representación que se une a las de los otros dos grandes cardenales mexicanos, Corripio Ahumada en San Salvador y La Paz y de las de Lozano Barragán, quien fue obispo de Zacatecas y auxiliar de la arquidiócesis de México consagrado, nada más ni nada menos, por el mismo arzobispo Ernesto Corripio Ahumada y el arzobispo emérito, Miguel Darío Miranda, en las Jornadas mundiales de los enfermos en Lourdes y Yaundé. Y esto, en el protocolo eclesiástico y de la Iglesia en México dice mucho, especialmente cuando de los cardenales mexicanos en activo, Robles Ortega tiene un peso especial en la configuración de la geografía de la Iglesia en México. Solo basta con observar los últimos nombramientos episcopales.

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