
Excelente artículo del arzobispo Aguer:
La recuperación de la Misa
Los medios de comunicación y, especialmente, las redes, señalan que en varios países de Europa, especialmente entre los jóvenes, se vive con fervor la «Misa de siempre», que va acompañada de numerosas procesiones y peregrinaciones. Han llamado la atención las multitudes juveniles que reeditaron la tradicional peregrinación París – Chartres; con un promedio de edad de 22 años. Es una recuperación de la tradición católica; que había sido asfixiada en esos países por el liberalismo, el progresismo y el ateísmo.
La «Misa de siempre» puede ser llamada así porque proviene de los siglos VII y VIII, y ha tenido vigencia secular hasta por lo menos el Concilio de Trento, que la revisó y reeditó, para que llegara a nuestros días. Le es esencial su identificación con el Sacrificio de la Cruz, instaurado como Sacramento del Sacrificio en la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles. Este Sacramento es el misterio de la Pasión y la Resurrección, consagrado por el Espíritu Santo. La Misa se dirige a la Gloria de Dios Trino, a quien ofrece el Sacrificio de Jesús. En la Iglesia Católica se ofrece como ofrenda del pan y del vino, que por las palabras inalterables de la Consagración se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús; alimento de inmortalidad para los fieles.
La Misa identifica al catolicismo desde el Concilio de Trento al Vaticano II. Durante el pontificado de Pablo VI (Giovanni Batista Montini), que sucedió al breve de Juan XXIII, quien convocó al Concilio Ecuménico, se inventó una nueva misa. Pudo haberse introducido alguna que otra modificación a la «Misa de siempre»; como se hizo durante su vigencia multisecular. Pero no; el Vaticano II pretendió retocarlo todo, y de su espíritu debió brotar una nueva misa. Siempre válida, por cierto; pero no carente de ambigüedades que quedaban a mano de los celebrantes.
El autor de la nueva misa fue monseñor Annibale Bugnini; reconocido como masón según documentos innegables, aunque secretos según el talante de la masonería. En ella, el sacerdote, de pie, se dirige al pueblo; las lecturas bíblicas se multiplican, y con el tiempo se autorizaron varias Plegarias Eucarísticas, que recrean el único Canon de la «Misa de siempre». Pareciera que en la misa de Pablo VI y Bugnini, el sacerdote que ofrece el rito debiera empeñarse en dirigirse a Dios, y procurar que los fieles no se confundan.
Los fines de la misa son varios, pero el latréutico -la adoración y alabanza de Dios- es el principal; sin duda, la plegaria y la comunión enriquecen al pueblo de Dios. Esta misa es la que yo celebro, en la cual he sido ordenado hace casi 54 años; lo hago con la mayor devoción que puedo. Pero recuerdo que en mi infancia, como monaguillo, asistí regularmente a la «Misa de siempre»; rito que nunca fue invalidado y que acompañó a la de Pablo VI hasta hoy, que como decía al comienzo, es redescubierta con entusiasmo por la juventud.
Peregrinaciones como la de París – Chartres; y las de Rawson – Luján (Argentina), Oviedo – Covadonga (España), Roma – Subiaco (Italia), y otras que van naciendo aquí y allá, nos hablan de algo innegable: la ortodoxia y la Tradición gozan de buena salud, y son garantía de futuro. Debieran tomar nota, por ejemplo, algún obispo que ingresó en patineta a misa, o algunos curas que se disfrazan de payasos, al momento de celebrar. Semejantes atropellos solo pueden llamar al efecto estampida. Como bien enseña la Iglesia, «nadie, aunque sea sacerdote, puede quitar o añadir nada» a lo que está establecido en los libros litúrgicos. No se trata de creatividad, sino de fidelidad.
+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, lunes 1° de junio de 2026.
San Justino, mártir. –