
«Con el sudor de tu frente».
Según el relato bíblico del Génesis, el trabajo es una de las consecuencias del pecado original, una verdadera maldición que pesará sobre el hombre a lo largo de la historia. Desde esta perspectiva, la felicidad del ser humano consiste en la contemplación, en el ocio sagrado.
La historia registra, a lo largo de los siglos, cómo en las diversas civilizaciones el trabajo fue exigido a modo de un castigo, impuesto por los vencedores, en las guerras, a los vencidos. En suma, el trabajo es un castigo.
Con la Encarnación del Hijo Eterno de Dios -la segunda Persona de la Santísima Trinidad-, la perspectiva es invertida. Cuando se produjo el nacimiento de Jesús, existían civilizaciones edificadas con el trabajo, como realización de hormigas que ponían en trabajar todo el empeño, como fin de su existencia. La maldición genesíaca se cumplía y en ese ejercicio debía hallarse la felicidad.
Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nació en el hogar artesano de San José, y él mismo fue considerado un trabajador, un artesano. «¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55), se preguntaba la gente admirada por los milagros de Jesús. Valga a esta altura una aclaración: la carpintería no se limitaba, entonces, al trabajo sobre la madera, sino que incluía el hierro y otros materiales necesarios para los instrumentos del campo.
El trabajo ha sido redimido por la Encarnación; por eso, desde el comienzo del cristianismo encuentra un lugar de privilegio en la Iglesia: es lo normal para un cristiano sostenerse y mantener a su familia, mediante el trabajo. De allí la expresión de San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, y en su Segunda Carta a los Tesalonicenses: «El que no quiera trabajar, que no coma» (2 Tes 3, 10).
En la Doctrina Social de la Iglesia el trabajo ocupa un lugar central, y toda su preocupación ha de ser que no falte; y que sea respetado y retribuido con justicia. Históricamente, hasta en los monasterios, donde los hombres se reunían para vivir en la contemplación y en la adoración de Dios, este anticipo de la vida eterna se sostenía mediante el trabajo. El trabajo, humanamente concebido, no debe impedir el legítimo ocio y el cultivo de la vida intelectual.
En la Argentina de hoy, la destrucción del Estado es replicada por el menoscabo de las empresas, y es la causa de la desocupación. La fantasía del neoliberalismo libertario, que está en el poder, desconoce la realidad de la familia; en la que tanto el hombre como la mujer trabajan. El varón las más de las veces, en diversas ocupaciones y la mujer en la casa; pero la mujer soltera y la viuda conocen el rigor del trabajo aún en la fábrica, el taller, y otros ámbitos. En una sociedad bien ordenada el ocio y el trabajo tienen un valor complementario. «El sudor de la frente» y el esfuerzo intelectual constituyen el todo de la ocupación del hombre en el mundo.
+ Héctor Aguer.
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, martes 9 de junio de 2026.
San Efrén, diácono y doctor de la Iglesia. –
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