El 5 de noviembre de 1956, el papa Pío XII publicó la encíclica Datis nuperrime, en la que condenó la violenta represión de la revolución húngara y la intervención militar soviética que había comenzado el día anterior. Setenta años después, aquel documento permanece como uno de los pronunciamientos más significativos de la Santa Sede frente a la represión comunista en Europa del Este.
La encíclica fue promulgada cuando las tropas soviéticas habían vuelto a ocupar Budapest y otras localidades húngaras para aplastar el levantamiento iniciado el 23 de octubre de 1956.
La esperanza de libertad que terminó bajo los tanques soviéticos
Durante los primeros días de la revolución, miles de húngaros se movilizaron contra el régimen comunista y reclamaron cambios políticos, independencia nacional y el fin de la dominación soviética.
Los acontecimientos despertaron esperanzas en distintos países europeos y también en la Santa Sede.
El 1 de noviembre, Pío XII había publicado la encíclica Laetamur admodum, en la que expresaba su satisfacción por las noticias de una posible mejora de la situación en Hungría y Polonia.
Sin embargo, apenas tres días después, las fuerzas soviéticas lanzaron una nueva intervención militar de gran escala contra Hungría.
La represión dejó miles de víctimas y puso fin a la experiencia revolucionaria.
«Un pueblo ensangrentado ha sido reducido nuevamente a la esclavitud»
Ante estos acontecimientos, Pío XII publicó el 5 de noviembre la encíclica Datis nuperrime.
El Pontífice denunció que la sangre de los ciudadanos volvía a correr por las ciudades y pueblos húngaros y lamentó que las instituciones nacionales recientemente restauradas hubieran sido destruidas por la fuerza.
También condenó la imposición de una nueva servidumbre mediante las armas extranjeras.
Pío XII sostuvo que la legítima libertad de los pueblos no podía extinguirse mediante el derramamiento de sangre y recordó que una paz auténtica debía estar fundada en la justicia, la libertad y la caridad.
La condena pontificia se produjo en un momento en que las autoridades soviéticas trataban de restablecer por la fuerza el control sobre Hungría.
El cardenal Mindszenty y la persecución de la Iglesia
La revolución húngara estuvo estrechamente relacionada con la situación de la Iglesia católica en el país.
Uno de los símbolos de la resistencia al régimen comunista era el cardenal József Mindszenty, arzobispo de Esztergom y primado de Hungría, que había sido detenido en 1948 y condenado en 1949 tras un proceso promovido por las autoridades comunistas.
Durante los días de la revolución fue liberado de su cautiverio.
Sin embargo, cuando las tropas soviéticas recuperaron el control de Budapest, Mindszenty tuvo que refugiarse en la embajada de Estados Unidos.
Allí permaneció durante quince años, hasta su salida del país en 1971.
Su historia se convirtió en uno de los testimonios más conocidos de resistencia eclesial frente a la persecución comunista en Europa oriental.
La denuncia pontificia de la represión
En Datis nuperrime, Pío XII recordó el relato bíblico de Caín y Abel para denunciar el derramamiento de sangre inocente y pedir el fin de la violencia.
El Papa también invitó a los católicos a orar por las víctimas y por el restablecimiento de una paz fundada en la justicia.
La encíclica constituye hoy un documento histórico de especial interés para comprender la posición de la Santa Sede ante la represión soviética de 1956 y la defensa de la libertad de los pueblos sometidos a regímenes comunistas.