La Abadía benedictina de Montserrat: experimentos litúrgicos, modernismo y catalanismo

La Abadía benedictina de Montserrat: experimentos litúrgicos, modernismo y catalanismo
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Por: Una católica (ex)perpleja

La abadía benedictina masculina de Santa María de Montserrat ha celebrado en 2025 el milenario de su fundación por parte de Oliba, abad de Ripoll y de Cuixà y obispo de Vic.

Mil años de vida monástica. Una bendición por la que dar muchas gracias a Dios.

La abadía de Montserrat, y la espectacular montaña en que se asienta (con su forma aserrada, que le da nombre), es un referente para la Iglesia Católica en Cataluña. No en vano, la Virgen de Montserrat, junto con San Jorge, es la patrona de Cataluña. Uno de sus “hitos”, ya en el siglo XX, ha sido convertirse en símbolo de la cultura catalana y bastión de su lengua, al mismo tiempo que, y esto nos interesa más aquí, se movía en el vanguardismo litúrgico.

Es muy interesante que, mucho antes del Concilio Vaticano II, Montserrat se unió a los nuevos vientos del movimiento litúrgico: del 5 al 10 de julio de 1915, tuvo lugar en Montserrat el I Congreso Litúrgico.

Es importante una breve reflexión sobre el movimiento litúrgico, sus orígenes y deriva, para poder encuadrar bien lo que implicó en Montserrat. 

El profesor Roberto de Mattei considera que San Pío X había trazado las líneas de un programa de auténtica renovación litúrgica, que se inspiraba en el surco abierto por el P. Guéranguer (1805 – 1875), abad de Solesmes, restaurador de la vida monástica en Francia tras la Revolución Francesa, que había entendido la renovación de la vida monástica como un retorno a la liturgia romana tradicional.

Joseph Ratzinger y Peter Kwasniewski, entre otros, han destacado cómo, en los inicios del movimiento litúrgico, los impulsores deseaban por encima de todo la participación inteligente y activa de los fieles en la liturgia tradicional de la Iglesia —no en ningún otro tipo de liturgia. Sin embargo, algunos de los teólogos, sacerdotes y monjes implicados en el movimiento tenían ya desde el principio ideas innovadoras o problemáticas. En este contexto habría que comprender la celebración del I Congreso Litúrgico de 1915 celebrado en Montserrat, que se vivía, sobre todo, a partir de un texto del papa Pío X, “Tra le sollecitudini” (1903), dedicado a la música sacra. Allí, en torno al nuncio Francesco Ragonesi se reunieron todos los obispos de las diócesis en Cataluña y más de 2000 congresistas para asistir a conferencias y homilías en las que se debatió cómo mejorar la liturgia de la misa. Se buscaba fomentar la participación activa del pueblo y la renovación litúrgica. Trigo y cizaña, porque, entre sus resultados, figuran la renovación del arte sacro, la publicación de textos eucológicos en lenguas vernáculas y el asentamiento de las bases doctrinales que más tarde cristalizarían en la constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II.

Porque la cizaña se encontraba también entre los promotores del Movimiento Litúrgico desde el principio, como hemos indicado, entre algunos de los de los teólogos, sacerdotes y monjes que tenían ya ideas innovadoras o problemáticas: para algunos, el nuevo movimiento litúrgico tenía una inspiración sustancialmente anti-romana y se movía con independencia de las indicaciones de la Santa Sede e incluso abiertamente en contra. El profesor Roberto de Mattei explica cómo el liturgismo postmodernista tuvo su principal intérprete en el P. Lambert Beauduin (1873 – 1960), benedictino belga de Mont-César, cuya intervención en el Congrès National des Oeuvres Catholiques de Malinas, el 23 de septiembre de 1909, se considera el comienzo del nuevo movimiento: “El congreso supuso una oportunidad para agrupar buenas voluntades, establecer un programa de acción, concretar un plan de campaña, en suma, crear un movimiento litúrgico” (en palabras del propio P. Beauduin). Durante el noviciado, Beauduin había comprendido su idea de “renovación litúrgica” en la frase “il faudrait démocratiser la liturgie”. Para realizarlo desarrolló la noción de “participación activa de los fieles”, frase que Pío X incluiría al final del tercer parágrafo de su Motu Proprio Tra le sollecitudini. Cuando, en 1913, Maurice Festugière, benedictino de Maresdsous, publicó su estudio La liturgie catholique, en el que atacaba a fondo la espiritualidad ignaciana, el P. Beauduin definió la obra como “la inauguración de la base científica del movimiento litúrgico”, de la cual fue un defensor apasionado. “Una lucha profunda de ideas se preparó en el ámbito de la piedad y el ascetismo”, escribía el P. Beauduin. Un año después, el propio Beauduin publicó el opúsculo La piété de l´Église: príncipes et faits, considerado por muchos como el texto programático del naciente movimiento litúrgico. Entre los admiradores del P. Beauduin en Italia estuvo el oratoniano de Brescia Giulio Bevilacqua, de Brescia, al que el joven Giovanni Batista Montini debía su formación litúrgica.

En Alemania, se considera como punto de partida del “movimiento litúrgico” la celebración de la “Misa comunitaria” que tuvo lugar el 6 de agosto de 1921, en la cripta de la abadía alemana de Maria Laach. Al movimiento litúrgico de Maria Laach van unidos personajes como su monje Odo Casel y Romano Guardini, quien, en los primeros años de su actividad, estuvo en contacto decisivo con la abadía. Por impulso de ambos, en 1918 nacieron las tres colecciones de publicaciones del movimiento litúrgico. El P. Pius Parsch, canónigo agustino de la abadía de Klosterneuburg, próximo a Viena, comenzó a celebrar a inicios de los años 1920 una Misa de cara al pueblo y a traducir al alemán los textos litúrgicos. Su obra principal fue retomada por el jesuita Joseph Jungmann, expresando la idea de una “liturgia popular” que horizontalizaba la relación vertical con Dios. Los participantes de las primeras “Misas litúrgicas” de Klosterneuburg provenían del movimiento bíblico que, en Alemania, como en Bélgica, confluía con el litúrgico. El nuncio Eugenio Pacelli no escondía sus críticas hacia el nuevo liturgismo; también en los años 1930, las actividades en la abadía de Maria Laach serían objetivo de severas críticas por parte del cardinal Secretario de Estado Pacelli.

Los reformadores tendían a eliminar la diferencia sustancial entre el sacerdocio sacramental de los presbíteros y el sacerdocio común de los laicos, de modo que atribuían a la comunidad de los fieles una verdadera y propia naturaleza sacerdotal; insinuaban la idea de una “concelebración” del sacerdote con el pueblo; sostenían que se debía “participar” activamente en la Misa dialogando con el sacerdote, con la exclusión de cualquier otra forma legítima de asistencia al Sacrificio, como la meditación, el Rosario u otras oraciones privadas; propugnaban la reducción del altar a mesa; consideraban la comunión extra Missam, las visitas al Santísimo Sacramento, la adoración perpetua, como formas extra-litúrgicas de piedad; manifestaban escasa consideración por las devociones al Sagrado Corazón y a la Virgen, a los santos y, en general, por la espiritualidad y la moral tradicional. Se trataba, en una palabra, de una “reinterpretación” de la doctrina y de la estructura de la Iglesia con el fin de adaptarlas al espíritu moderno. 

El profesor Kwasniewski considera que “algunos de los mejores teólogos vieron venir la destrucción y lamentaron aquel día”. El profesor considera que, en su fase terminal, similar a la de un cáncer, el movimiento litúrgico se había convertido en una teología modernista de segunda categoría, incrustada en una espiritualidad prosaica y terrenal y carente de imaginación, junto con una tremenda ingenuidad en materia de sociología y culto, además de una buena dosis de pura deshonestidad en su ressourcement desequilibrado, su erudición partidista, sus agendas estrechas y una forma peculiarmente moderna de arcaísmo que no buscaba restaurar la mentalidad y la espiritualidad que correspondían a los elementos externos que supuestamente recuperaban del cristianismo primitivo.

En Montserrat ocurrieron muchos acontecimientos en los años que van de 1915 y la celebración del I Congreso Litúrgico hasta el inicio del Concilio Vaticano II. Se implantó en España la II República, anticatólica, en 1931. Los monjes continuaron en el cenobio, y en 1932, uno de ellos, Dom Adalbert Franquesa, fue ordenado sacerdote y en 1933 fue enviado al monasterio de Beuron a ampliar su formación. Posteriormente, fue enviado a la abadía alemana de Maria Laach para completar su formación litúrgica. 

En aquellos tiempos, en la iglesia del monasterio no existía un coro bajo de los monjes, sino solamente el coro alto, donde la comunidad rezaba el Oficio Divino. Un primer cambio consistió en la colocación, en 1934, de un coro monástico bajo, alrededor del altar, con 75 asientos. 

Por las fechas y lugares, podemos también deducir que Dom Adalbert Franquesa entró entonces en contacto con la deriva heterodoxa y rompedora del movimiento litúrgico. Años después, entabló una profunda amistad con Annibale Bugnini, cuyas cartas, conservadas en la Biblioteca de la Abadía de Montserat, han sido estudiadas por Yves Chiron en la biografía de éste último (recientemente publicada por la editorial Homo Legens en español). 

En 1936 estalló la guerra civil española, y la comunidad benedictina se vio obligada a abandonar el monasterio hasta 1939. A su vuelta, el P. Bernabé Dalmau, autor de una breve obra titulada “La reforma litúrgica en Montserrat”, considera que el reinicio de la vida monástica en Montserrat hizo posible “un renacimiento del impulso litúrgico que se había ido preparando desde el I Congreso de 1915”. Por el camino, la comunidad había perdido nada menos que 23 monjes durante la Guerra Civil, que alcanzaron la palma del martirio a manos del terror rojo.

A nivel político, como destacaba el portal Germinans Germinabit en el artículo “Un mito del catalanismo”, existió una relación cordial con el Generalísimo que el relato oficial trata de esconder. Es totalmente comprensible, aunque pese a los progresistas de hoy, que los monjes miraran con preocupación cómo se desarrollaban los acontecimientos durante la II República y que, por tanto, recibieran con esperanza el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, y que los religiosos que sobrevivieron, como tantos otros, vieran en Franco a un salvador de la Iglesia del exterminio que se proponía la república, puesto que además les devolvió el monasterio.

A nivel litúrgico, ya desde la recuperación del monasterio una vez acabada la guerra, el nuevo coro bajo construido en 1934 fue ocupado siempre para la celebración de las vísperas y la misa conventual.  

En el contexto europeo global, en 1947 había aparecido la encíclica Mediator Dei de Pío XII sobre la Sagrada Liturgia, que buscaba corregir las desviaciones del movimiento litúrgico. Sin embargo, el Papa, influido por su confesor, el jesuita Agostino Bea, admitió que el movimiento bíblico llevase adelante una obra de reforma litúrgica, ya iniciada antes de Mediator Dei con la nueva versión latina de los salmos realizada a partir del hebreo e iniciada en el Instituto Bíblico en 1941.

En 1948 fue nombrada por el papa una Comisión secreta para la reforma litúrgica, que tenía por secretario al joven sacerdote Annibale Bugnini. En 12 años (1948 – 1960), la comisión trabajó en el más absoluto secreto. Se renovaron prácticamente todos los libros litúrgicos, en particular el Oficio Divino y la Semana Santa. 

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, el Centro de Pastoral Litúrgica de París, dirigido por el canónigo Aimé-Georges Martimort, y el Instituto Litúrgico de Tréveris, dirigido por Mons. Johannes Wagner, se pusieron en contacto con la abadía de Mont-César. En 1951 los dos centros organizaron, en la abadía de María Laach, una reunión reservada, en la que, sin la presencia de ningún representante de la jerarquía romana, se trató por primera vez el problema de una reforma radical de la Misa. Jungmann, guía del movimiento litúrgico alemán, propuso cambios estructurales del mismo canon de la consagración. 

Todo lo anterior viene a mostrar que cuando se llegó al Concilio Vaticano II ya se había experimentado mucho con la liturgia y se habían introducido ideas de reforma radical que materializarían a partir de 1964, una vez promulgada la Constitución Litúrgica Sacrosanctum Concilium. De hecho, la razón de su rápida aprobación por parte de los Padres conciliares, en comparación con otros textos propuestos, fue que ya contenía, en germen, muchos de los cambios más radicales que pretendían introducirse después. Y que explican las experimentaciones y abusos de todo tipo llevados a cabo durante el mismo Concilio Vaticano II.  

Montserrat, mientras tanto, seguía introduciendo innovaciones, en contacto con los protagonistas centro-europeos del movimiento litúrgico y los avances del Concilio: el P. Dalmau afirma que, “el sentido pastoral de que el altar de cara al pueblo favorecía la participación de los fieles” ya era bastante corriente en Montserrat antes de la guerra civil, como puede verse en las capillas particulares de familias en las cuales el monasterio tenía cierto ascendente en pueblos de la geografía catalana. Recuperada la abadía en 1939, todos los altares se hicieron de cara al pueblo, y en los años 1950 ya se proyectó la remodelación del presbiterio. El actual altar mayor fue consagrado el 23 de abril de 1959. La remodelación permitía ampliar el número de asientos del coro (pasando de 75 a 100). 

Al mismo tiempo, se estaba trabajando en las comunidades monásticas en la unión de los hermanos legos, que hasta entonces no eran de coro, con los monjes propiamente de coro (los que rezaban el Oficio Divino). En Montserrat, construido el altar, los monjes legos participaron habitualmente en la liturgia, incluso ocupando también el primer banco de los fieles en aquella época de comunidad numerosa. También fue el momento de sustituir los dos ambones simétricos para distinguir el del evangelio del de la epístola. El primero fue construido alzado y aprovechando la escultura que representa el águila, símbolo del evangelista Juan, y situándolo junto a un candelabro fijo para el cirio pascual. En el extremo opuesto se situaba de manera oblicua el ambón de la epístola. 

La construcción del altar mayor comportó polémica, pero desde Montserrat la justificaron argumentando que ningún libro litúrgico prohibía el altar de cara al pueblo, que el ceremonial de los obispos prevé incensar rodeando el altar (por tanto, se contempla que éste pueda estar separado de la pared) y recurriendo al ejemplo de las basílicas romanas que lo tienen así. Este ejemplo, sin embargo, comporta una falacia, porque la colocación del altar se debía a la orientación de estos edificios, en los que el sacerdote debía quedar situado mirando “hacia el pueblo” porque en realidad estaba celebrando hacia el oriente. Pero el arqueologismo postconciliar ha construido aquí una leyenda de que ya en la antigüedad se celebraba cara al pueblo y el Concilio no hizo más que recuperar esa antigua tradición. La realidad es bien distinta: el introductor de la Misa cara al pueblo fue Lutero.

 

Llegados los años 1960, la relación entre Montserrat y Franco cambió de manera radical. El abad Escarré, entonces, pasó de ser un partidario del régimen franquista a convertirse en uno de sus críticos más vehementes. Decidió abrazar el catalanismo y la posición crítica de algunos sectores eclesiásticos y llegó a afirmar en el periódico francés Le Monde en 1963 que “el régimen español se llama cristiano, pero no obedece los principios de base del cristianismo”. A partir de ahí se produjo no sólo distanciamiento sino enfrentamiento entre el abad y el jefe del Estado. Escarré (que se exilió y falleció en 1968) y su sucesor, Cassià Maria Just, acogieron en el monasterio todo tipo de encuentros para promocionar el catalanismo político y erosionar el régimen franquista. 

En su réplica a las memorias del Cardenal Tarancón, Blas Piñar explica de manera muy clara cómo se produjo este giro antifranquista, que no fue sólo de Montserrat sino de toda la jerarquía de la Iglesia en España, por instrucción directa de Pablo VI, y cómo el episcopado español se acercó a la izquierda ideológica y política. De ello, tendremos ocasión de tratar otro día, si Dios quiere. Es importante hoy, empero, que retengamos esta dinámica, de todos conocida, de la Iglesia en España, para entender estos cambios acaecidos en la abadía de Montserrat.

Se plantearon además cambios en la vida monástica en el cenobio en la misma década, que culminaron con el traslado forzoso de los disidentes de la abadía al Priorato de Cuixà, que puso de manifiesto la división que se vivía en Montserrat, coincidiendo con el exilio del Abad Escarré. Ocho monjes fueron trasladados a Cuixà en 1965, que se convirtió en lugar de encuentro para opositores al régimen y para quienes defendían una aplicación más radical de las reformas iniciadas por el Concilio Vaticano II.

Durante el Concilio, el P. Adalbert Franquesa, de cuya formación litúrgica internacional desde los años 1930 hemos hablado ya, formó parte del equipo internacional que trabajó en la renovación de la liturgia, en la preparación de la Constitución “Sacrosanctum Concilium”. Y fue elegido representante del episcopado español para asesorar a los obispos sobre la liturgia. Dom Franquesa apostó decididamente por la concelebración, explica Yves Chiron en la biografía de Annibale Bugnini. En el monasterio de Mont-César, en Lovaina, el P. Franquesa y el teólogo Karl Rahner realizaron sendas conferencias sobre la concelebración.

Una vez finalizado el Concilio Vaticano II, el P. Franquesa ocupó un lugar destacado en el Consilium, formado en 1964, presidido por el cardenal Lercaro y cuyo secretario era el mismo Bugnini.

El P. Franquesa fue elegido miembro de la Sociedad Catalana de Estudios Litúrgicos, filial del Institut d´Estudis Catalans, y años más tarde fue el primer superior de la pequeña comunidad montserratina que se instaló en el Instituto Ecuménico de Tantur, en Tierra Santa. Porque Pablo VI pensó en los monjes de Montserrat para que en dicho Instituto hubiese una presencia monástica. El papa mismo recibió en audiencia a los monjes que irían a Tantur, acompañados por el abad Cassià Maria Just y el abad Gabriel Brasó. 

Yves Chiron ha estudiado las cartas inéditas dirigidas por Bugnini a Dom Franquesa que se conservan en la biblioteca de la abadía y que, a su parecer, aportan datos interesantes sobre los años conciliares y los posteriores en lo referente a la reforma litúrgica. Entre ellas, Chiron destaca cómo el Consilium, en que Dom Franquesa se hallaba presente, elaboró dos nuevos ritos para la concelebración y la comunión bajo las dos especies. El grupo de estudio XVI fue el encargado de esta labor. El relator fue Dom Vagaggini y el secretario, otro benedictino, Franquesa. Se elaboraron varios borradores sucesivos y, siguiendo una práctica – afirma Chiron – que se repetiría con otros textos, el Consilim autorizó al mismo tiempo “experimentos” cada vez más numerosos antes de que se adoptara el rito definitivo. A partir de diferentes fuentes se puede reconstruir la cronología de esta elaboración, que duró desde noviembre de 1963 a marzo de 1965. El 26 de junio de 1964 el papa autorizó celebraciones del nuevo rito de la concelebración en seis abadías benedictinas: San Anselmo en Roma, Montserrat, En-Calcat, Maredsous, Maria Laach y Collegeville, así como en el convento dominico de Saulchoir, en París.

Las abadías benedictinas que habían sido elegidas para “experimentar” la concelebración lo fueron porque contaban con uno de sus monjes entre los consultores o expertos del Consilium. Fueron ellos quienes presidieron u organizaron las concelebraciones experimentales en su abadía. Así, dom Adalbert Franquesa, que había sido secretario del grupo que elaboró el esquema sobre la concelebración, dirigió las de la abadía de Montserrat. En julio de 1964, el P. Bugnini le escribía: “¿Cómo van las experimenta?”, y añadía: “Me alegraría que Montserrat preparara un bonito álbum para la Santa Sede” . De hecho, las abadías y el convento dominicano donde se celebraron estas concelebraciones experimentales – cada uno de ellos llevó a cabo varias – debían enviar un informe al Consilium y, si era posible, tomar fotografías de las ceremonias. Éstas se mostrarían al papa.

La escritora italiana Cristina Campo había enviado al papa una petición en febrero de 1966, junto con otras 37 firmas procedentes de diversas partes del mundo, que pedía a Pablo VI que la liturgia latina-gregoriana, tal y como se ha celebrado durante quince siglos en las comunidades monásticas, permaneciera intacta y completa, al menos en aquellas iglesias conventuales que no tuvieran funciones estrictamente parroquiales; y para que en esta liturgia, incluida la misa, no hubiera partes en lengua vernácula ni música distinta del canto gregoriano; que en las iglesias conventuales no se utilicen amplificadores ni otros instrumentos mecánicos que distorsionasen irremediablemente la naturaleza del canto llano y el carácter del lugar. “Ello permitiría – decía la carta – a una amplia parte de los fieles, y a los no católicos que lo deseen, seguir participando o asistiendo a la liturgia y al canto tradicionales, sin restar importancia a otras formas litúrgicas adoptadas recientemente en las iglesias parroquiales de todo el mundo”.

Pero los monjes de Montserrat, como muchas otras comunidades monásticas, estaban muy lejos del sentir de Cristina Campo y los demás laicos que batallaron por el mantenimiento de la Misa tradicional en latín. La apuesta por la lengua vernácula catalana fue muy decidida, como símbolo del nacionalismo catalán que representaba el cenobio. La apuesta por el catalán en la liturgia era una de las tres decisiones fundamentales que adoptó la comunidad montserratina tras el Concilio, junto con el repertorio musical propio y, más recientemente, la retransmisión de los oficios principales por internet, según afirma el P. Bernabé Dalmau. 

Existe una diferencia muy significativa tanto en la disposición del coro de los monjes y el presbiterio como en el “estilo” de la liturgia monástica entre los monasterios de Montserrat, benedictino, y Poblet, cisterciense. Ambos, regidos por la Regla de San Benito. Tal vez pueda ser interesante tratar sobre la liturgia en Santa María de Poblet en otra ocasión.

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