Absueltos entre los hierros: el clero de Toledo estuvo en primera línea

Absueltos entre los hierros: el clero de Toledo estuvo en primera línea

Antes que las ambulancias y antes que los equipos de rescate, en las vías de Urda (Toledo) llegó el perdón sacramental de Dios. Fernando Fernández de Bobadilla, párroco de Los Yébenes, fue de los primeros que alcanzó el lugar del choque entre el Iryo y el AVE accidentados en este miércoles negro. Lo primero que hizo fue impartir la absolución colectiva a cuantos yacían entre los hierros. Con al menos 68 fallecidos, el peor accidente de la alta velocidad española ha dejado también una lección de fe sencilla y rotunda.

La absolución, lo primero

El sacerdote hizo lo que le correspondía en el momento en que más falta hacía. Ante decenas de heridos y moribundos repartidos por los vagones y el terraplén, oír confesiones una por una o dar la unción a cada enfermo grave era imposible. Él mismo lo explicó a ABC: «He dado una absolución colectiva. En estos casos, es lo que recomienda el Vaticano».

Tenía razón. El canon 961 del Código de Derecho Canónico permite esta forma extraordinaria del sacramento cuando amenaza un peligro de muerte inminente y no hay tiempo para escuchar a cada penitente. La absolución alcanzó así a todos los que aún podían recibirla, también a quienes yacían inmóviles sin que nadie supiera todavía si seguían con vida. La Iglesia pide al penitente arrepentimiento y, si sobrevive, el propósito de confesar después sus pecados graves. Es una excepción pensada exactamente para tragedias así.

Solo entonces se puso a ayudar a los sanitarios. Sostenía bolsas de suero mientras clasificaban a los heridos con pulseras de colores, negra para los muertos, roja para los muy graves y amarilla para los leves. Contó a la radio que los difuntos que iban sacando eran «una multitud». Ni siquiera recuerda cuándo llegaron los primeros equipos médicos, porque en aquellas horas dejó de medir el tiempo.

«Padre, estoy vivo»

El párroco de Urda, José Miguel Fernández, supo de la tragedia por una llamada del arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, y fue de inmediato a la vía. Estuvo entre los primeros en llegar y ayudó a sacar pasajeros de los trenes. Uno de ellos, todavía aturdido, se le echó encima con una frase que el sacerdote lleva grabada desde entonces: «¡Padre, estoy vivo! ¡Deme un abrazo!». El hombre atribuía su salvación a Dios.

Después vinieron el pabellón de Urda, donde se atendía a los heridos leves, y el del colegio, donde esperaban las familias llegadas de Madrid. Allí una mujer le agarró la mano y no se la soltó en horas, preguntando por su nuera. El sacerdote siguió a su lado hasta que el hijo llamó para confirmarle la muerte.

Su balance de la jornada es sencillo y elocuente. Iba vestido de sacerdote y nadie rechazó su presencia, ni junto a los trenes ni en los pabellones. Muchos le daban las gracias y le hablaban espontáneamente de su fe en Dios. «Dios siempre ayuda», resume.

José Manuel, sacerdote de Consuegra, también acudió. Ayudó en la atención a las víctimas mientras se sacaban cuerpos y heridos de entre los hierros.

El arzobispo, sobre el terreno

Francisco Cerro dejó la sede de Toledo y se fue a Urda y Los Yébenes con los heridos y las familias. Describió la escena como dantesca y explicó que lo que la Iglesia podía ofrecer en esas horas era escucha y compañía. La archidiócesis abrió las parroquias de Urda, Los Yébenes y Consuegra y puso a Cáritas al servicio de los afectados.

Toledo dobla a muerto

Este jueves, a las doce del mediodía, las campanas de todas las iglesias de la archidiócesis de Toledo tocarán a difunto. Es el toque lento y grave con el que los pueblos de Castilla han anunciado siempre la muerte de un vecino. Esta vez sonará a la vez en cientos de campanarios, desde la catedral primada hasta la última parroquia. Lo ha pedido el arzobispo, que convoca a los fieles a rezar el Ángelus en ese mismo momento por el eterno descanso de los fallecidos. Pide también encomendar a los heridos y a sus familias, y a cuantos los atienden en hospitales y pabellones.

La convocatoria cierra una respuesta que la diócesis dio desde el primer minuto y con sus propios sacerdotes. El vicario de La Mancha, el arcipreste y los párrocos de Urda, Los Yébenes y Consuegra estuvieron en la vía o en los pabellones desde primera hora, junto a muchos otros curas y fieles. Las parroquias abrieron sus puertas a los afectados y Cáritas Diocesana se puso a disposición de las familias. En la basílica del Santísimo Cristo de Urda, la misa de mediodía del miércoles ya se ofreció por las víctimas, y lo mismo las de la tarde.

Este jueves, a las seis de la tarde, la parroquia de Urda expondrá el Santísimo para pedir por el eterno descanso de las víctimas y la recuperación de los heridos. El párroco espera que acuda el pueblo entero, que guarda una devoción secular al Santísimo Cristo de Urda y recibe peregrinos de media España. Es la forma que tiene una diócesis de sostener el dolor de un pueblo. Primero estuvo el sacramento en la vía, y ahora llegan la oración y el luto compartido en todos los templos.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando