León XIV en el 40.º aniversario de Asís: «No hay ninguna guerra santa, solo la paz es santa»

León XIV en el 40.º aniversario de Asís: «No hay ninguna guerra santa, solo la paz es santa»

El papa León XIV ha enviado este martes 27 de octubre un videomensaje a los participantes en el encuentro internacional «Paz desarmada y desarmante», celebrado en Asís con motivo del 40.º aniversario de la histórica Jornada de Oración por la Paz convocada por san Juan Pablo II en 1986. El Pontífice, que no ha podido acudir personalmente por recomendación médica tras su reciente operación pulmonar, ha llamado a recuperar el diálogo y la oración frente a los conflictos armados. «No hay ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!», ha afirmado.

Como se anunció el pasado viernes 23 de octubre, los médicos desaconsejaron por precaución el desplazamiento en helicóptero previsto para llevar al Papa hasta Asís, debido al poco tiempo transcurrido desde la intervención quirúrgica del 13 de octubre. La decisión se adoptó pese a que una radiografía de control había confirmado su buena evolución postoperatoria.

En su mensaje, León XIV ha lamentado no poder participar en el encuentro: «Habría deseado estar con vosotros, junto a la tumba de san Francisco, en este importante aniversario». El Papa ha agradecido la labor del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso y de la Comunidad de Sant’Egidio, al tiempo que ha advertido de la «preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional».

Cuarenta años del encuentro de Asís

El videomensaje fue enviado a los participantes en el encuentro celebrado del 25 al 27 de octubre en la ciudad de san Francisco, donde representantes de distintas religiones se reunieron para conmemorar la jornada convocada por Juan Pablo II el 27 de octubre de 1986.

León XIV expresó su deseo de haber podido participar personalmente en el aniversario y saludó a los patriarcas, dirigentes religiosos, familias franciscanas y representantes de la Comunidad de Sant’Egidio presentes en Asís.

El Papa recordó que Juan Pablo II quiso poner de manifiesto la relación entre una auténtica actitud religiosa y el compromiso por la paz. También agradeció la continuidad de los encuentros de oración y diálogo desarrollados durante las últimas cuatro décadas.

Al referirse a la situación internacional, el Pontífice citó su encíclica Magnifica humanitas para señalar que la globalización no ha garantizado la estabilidad que algunos esperaban tras el final de la Guerra Fría.

«Se ha confiado casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la globalización no ha generado automáticamente unidad y paz», recordó.

La oración frente a la violencia

León XIV defendió el valor de la oración frente a quienes consideran que carece de eficacia ante los conflictos internacionales.

«La oración puede parecer débil frente a las potencias del mundo, pero es la fuerza humilde de los creyentes», afirmó.

El Pontífice pidió rezar para que Dios toque el corazón de quienes promueven la guerra y el terrorismo, y recordó que «nunca se reza en vano».

Asimismo, presentó el ejemplo de san Francisco de Asís, cuyo octavo centenario de la muerte se conmemora este año, como una invitación a cultivar el diálogo con Dios, con los demás y con toda la creación.

El mensaje concluyó con una invocación por la paz en todos los países y con la bienaventuranza evangélica: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Videomensaje del Santo Padre León XIV a los participantes en el encuentro internacional «Paz desarmada y desarmante»

Queridos hermanos y hermanas:

Se encuentran en Asís cuarenta años después de la Jornada de Oración por la Paz del 27 de octubre de 1986. Ese evento fue una iniciativa de san Juan Pablo II que destacó, en tal circunstancia, el vínculo intrínseco que une una auténtica actitud religiosa con la viva sensibilidad por la paz.

Dirijo mi saludo más cordial a los Patriarcas y a los Líderes religiosos, muchos de los cuales, a lo largo de los años, participaron activamente en las diversas jornadas de oración y de diálogo que se sucedieron. Saludo con afecto a Mons. Felice Accrocca, Pastor de la Iglesia en Asís, a las familias franciscanas y a cuantos están allí reunidos. Hubiera querido estar con ustedes, junto a la tumba de san Francisco, en este importante aniversario, para ver sus rostros y dar juntos un hermoso testimonio: ¡vivir como hermanos y hermanas ya es posible!

Agradezco al Dicasterio para el Diálogo Interreligioso y a la Comunidad de Sant’Egidio por haber continuado con esfuerzo esta senda trazada por mis Predecesores. Me consuela el largo y fiel camino realizado durante estos años, que ha sido muy fructífero. El Papa Francisco, respecto a esa inolvidable Jornada de octubre de 1986, dijo: «No debía y no podía permanecer un acontecimiento aislado. Vosotros habéis continuado ese camino y habéis acrecentado el impulso». [1]

Juan Pablo II, después de aquel primer encuentro histórico, invitó a “seguir viviendo el espíritu de Asís”. [2] Era, entonces, el tiempo de la “guerra fría”, un escenario muy diferente del actual. Después de 1989, no pocos sostuvieron que la globalización habría asegurado al mundo una paz estable. Lamentablemente, como escribí en Magnifica humanitas, «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la globalización no ha generado automáticamente unidad y paz, sino que ha suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas» ( n. 201).

En este contexto, tiene lugar «una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional» (ibíd., 190). Traicionando así la memoria del siglo XX y la inútil matanza de millones de vidas humanas, una vez más —como se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica— «la acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios, para asegurar la paz entre las naciones» (N. 2315). Precisamente en estos tiempos de cultura del poder, es necesario fomentar el espíritu de Asís, que es el rechazo a la legitimación religiosa de la guerra, un espíritu de mediación y diálogo, una experiencia contemplativa y una acción creativa por un futuro de paz. Sí, porque la paz debe volver a ser el ideal común de los pueblos, la estrella que guía todas nuestras decisiones, el criterio que desenmascara la injusticia, el horizonte común de todas las personas.

¡Debemos reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca puede librarse en nombre de Dios! Para nosotros, los creyentes, «luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma» (Magnifica humanitas, 223). No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!

Por eso, el camino iniciado en Asís en la búsqueda común de la paz es, ante todo, el camino de la oración. La oración puede parecer débil frente a los poderes del mundo, pero es la fuerza humilde de los creyentes. Nos dirigimos a Dios, dador de paz: que llegue al corazón de quienes desean la guerra y el terrorismo. Y no lo olvidemos: ¡nunca se reza en vano!

La oración es una escuela de diálogo con Dios, con las personas y con todas las criaturas. Pensemos en san Francisco, de quien hemos celebrado el octavo centenario de su muerte. El mundo necesita diálogo. El camino de Asís compromete a los líderes religiosos a fomentar un clima de diálogo entre los fieles y en la sociedad, para que el lenguaje de la arrogancia sea sustituido por el de la paz, la negociación y la comprensión. Esto podrá «alejar gradualmente a la humanidad de la espiral de la violencia» (ibíd., 221).

Hermanos y hermanas, ¡que nuestras oraciones obtengan de Dios la paz tan deseada para todos los países del mundo! Que Él haga de nosotros instrumentos desarmados de su paz. «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

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[1] Francisco, Discurso a los participantes en el Encuentro Internacional por la Paz, 30 septiembre 2013.

[2] Cf. S. Juan Pablo II, Discurso a un grupo de representantes de las religiones no cristianas, 29 octubre 1986.

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