«Venite ad me»: un kerigma al que le falta el pecado

«Venite ad me»: un kerigma al que le falta el pecado

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha publicado Venite ad me, unas consideraciones sobre la transmisión de la fe en lo que, por herencia de Francisco, ya se ha dado en llamar el cambio de época. El texto arranca con una confesión curiosa. Advierte al lector de que no tendrá la precisión de lenguaje que suele caracterizar al dicasterio, y en sus páginas finales reconoce que la materia corresponde, en rigor, al Dicasterio para la Evangelización. La Doctrina de la Fe se aventura así en un terreno ajeno después de haber dejado en la puerta la exactitud, que es precisamente su oficio.

Sería injusto negar al documento sus méritos. El diagnóstico sociológico, armado con aportaciones de episcopados de los cinco continentes, es amplio y en buena medida correcto. Hay una defensa luminosa del bautismo de los niños, un elogio sincero de la piedad popular y de las cofradías españolas, y una petición valiente de estudiar por qué el catolicismo se ha desplomado justamente allí donde parecía más arraigado. El problema aparece cuando el dicasterio abandona la sociología y empieza a hablar de teología con voz propia, porque entonces el texto se vuelve vaporoso en los lugares donde más firmeza haría falta.

Un kerigma sin pecado

El documento recuerda con san Pablo que, si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana. Pasa por alto, sin embargo, que tres versículos antes, en esa misma carta a los Corintios, el apóstol consigna la fórmula más antigua del anuncio cristiano que ha llegado hasta nosotros: «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras». La síntesis que el texto propone como núcleo de la predicación habla de un Cristo que te ama y que dio su vida para salvarte, sin aclarar en ningún momento de qué.

Esa omisión cobra sentido cuando se lee el primer capítulo, donde la Pasión aparece como el desenlace casi inevitable de un conflicto entre la predicación de Jesús y unos poderes religiosos y políticos entregados a la discriminación. El razonamiento culmina en una frase rotunda, según la cual «ninguna ley ni autoridad humana o religiosa podrá jamás declarar a nadie indigno» del amor de Dios. En todo el documento, la palabra sacrificio aparece una sola vez, y lo hace en boca de Benedicto XVI. Resulta llamativo en un texto que dice escribirse con la mirada puesta en el Jubileo de la Redención de 2033, y que acaba presentando una cruz más parecida al precio de la tolerancia que a la ofrenda expiatoria de la que hablan la carta a los Romanos y el concilio de Trento.

Un amor que no admite un no

La tesis que recorre el documento de principio a fin es la de un amor divino universal y perpetuo, un sí de Dios al hombre que jamás podrá convertirse en un no. Visto desde Dios, que quiere que todos se salven, nada hay que objetar. Lo inquietante es el silencio sobre la otra orilla del misterio. A lo largo de todo el texto no se encuentra una sola mención del juicio, del infierno o de la posibilidad real de que una libertad humana rechace definitivamente la gracia, verdades que el Catecismo enseña con claridad y que Benedicto XVI, en Spe salvi, supo presentar como motivo de esperanza, porque solo un Dios justo toma en serio el mal que han padecido las víctimas.

El documento acude a Hans Urs von Balthasar para hablar de la belleza, pero olvida su Teodramática, la obra en la que el teólogo suizo mostró que la historia de la salvación es un drama verdadero entre la libertad infinita de Dios y la libertad finita del hombre. Un amor que no puede ser rechazado presupone una libertad que no cuenta, y es difícil que una libertad que no cuenta llegue alguna vez a amar.

La doctrina como equipaje prescindible

Uno de los pasajes más delicados toma el principio de la jerarquía de verdades, que el Vaticano II formuló con un propósito muy preciso, el del diálogo ecuménico entre teólogos, y lo traslada sin más a la catequesis. De ahí extrae la recomendación de no dispersarse en los muchos ámbitos de la doctrina cuando se trata con jóvenes, con catecúmenos adultos o con quienes regresan a la Iglesia. La misma Congregación para la Doctrina de la Fe había advertido en 1973, en Mysterium Ecclesiae, que esa jerarquía indica el vínculo de cada verdad con el fundamento de la fe, pero que todas se creen con la misma fe divina y ninguna puede silenciarse por secundaria.

El contraste resulta todavía más elocuente porque el propio documento reconoce que muchos de los nuevos bautizados en Francia regresan a la indiferencia poco tiempo después. Ante una fe que no echa raíces, la receta que se propone es un equipaje doctrinal más ligero. La Iglesia de los primeros siglos, que convirtió un imperio, hacía exactamente lo contrario, y entregaba a sus catecúmenos el Credo completo, artículo por artículo, en una ceremonia solemne que los obligaba a aprenderlo de memoria.

La experiencia como criterio

El documento insiste en que la fe no se transmite en primer lugar como un conjunto de contenidos doctrinales y pide un anuncio capaz de provocar una experiencia que toque el corazón. En el mismo movimiento previene contra los lenguajes escolásticos, dogmáticos o moralistas. Es cierto que en otros pasajes el texto declara inseparables el acto de fe y su contenido, y que llega a elogiar una apologética renovada, pero las propuestas concretas descansan casi por entero en la experiencia.

El Vaticano I fundó la fe en la autoridad de Dios que se revela, y san Pío X advirtió en Pascendi contra la tentación de convertir la experiencia religiosa en su fuente y su medida. Newman, que se hizo católico precisamente por fidelidad al dogma, escribió que el principio dogmático había sido desde su adolescencia el fundamento de su religión, y que una religión reducida a sentimiento le parecía un sueño y una burla. Tiene algo de melancólico que el heredero del Santo Oficio, la institución que durante siglos custodió las definiciones dogmáticas, emplee hoy esa misma palabra como reproche.

Una liturgia sin sacrificio

Las páginas dedicadas a la liturgia figuran entre las más hermosas del documento. Invocan el viejo principio de que la ley de la oración es la ley de la fe y rescatan un relato espléndido de Romano Guardini, que en Monreale vio al pueblo siciliano participar en la misa con la sola mirada. A pesar de esa belleza, el texto habla de gestos, de símbolos y de misterio pascual sin llegar a nombrar nunca la m
Misa como sacrificio ni la presencia real de Cristo en la Eucaristía. La afirmación más nítida de esa presencia no la pronuncia el dicasterio, sino una mujer anónima en uno de los testimonios del capítulo final.

El documento registra además, con cierto asombro, que muchos jóvenes conversos buscan lo antiguo y las tradiciones, y pide que en cada diócesis se den a conocer las diversas sensibilidades litúrgicas de la Iglesia, aunque siempre dentro de las normas vigentes. Esa cláusula final deja el asunto donde estaba, y convierte en mera constatación lo que podría haber sido una respuesta a tantos católicos preocupados por la Misa.

La llama entera

El texto se despide con la imagen del cirio pascual en la Vigilia, cuya llama pasa de vela en vela hasta iluminar el templo entero. Es una imagen bellísima y exacta, y precisamente por eso conviene recordar lo que enseña, que la llama se transmite entera o no se transmite. Un diagnóstico sociológico certero acompañado de una síntesis doctrinal desvaída produce justo lo que el propio documento lamenta, conversiones fervorosas que se apagan al primer viento.

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