León XIV a los educadores católicos: «Haced experimentar a los jóvenes la belleza del encuentro con Cristo»

León XIV a los educadores católicos: «Haced experimentar a los jóvenes la belleza del encuentro con Cristo»

El papa León XIV recibió este jueves 22 de octubre en el Aula Pablo VI a los participantes en el Congreso Internacional sobre Pastoral Escolar y Universitaria, que se celebra en Roma los días 22 y 23 de octubre. Durante su intervención, el Pontífice advirtió sobre las dificultades que afrontan numerosos jóvenes, marcados por la soledad, la incertidumbre ante el futuro y una cultura del rendimiento que los somete a comparaciones constantes.

El Santo Padre pidió que las escuelas y universidades católicas sean lugares de acogida, donde los estudiantes se sientan acompañados y puedan descubrir la verdad mediante el encuentro entre la fe y la razón. También insistió en la necesidad de educar el corazón, cultivar la confianza y proteger a los jóvenes de una mentalidad que considera inútil el pensamiento humano. «Una meritocracia mal entendida termina por no respetar a las personas», afirmó.

Discurso de León XIV a los participantes en el Congreso sobre Pastoral Escolar y Universitaria

Comencemos con la señal de la cruz con la que todos hemos sido bautizados.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La paz esté con vosotros.

Eminencia,

Excelencias,

queridos hermanos y hermanas:

Con alegría os saludo al comienzo de este Congreso sobre pastoral escolar y universitaria. Agradezco al prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación, a los secretarios y a los funcionarios, así como a quienes tendrán la tarea de promover la reflexión y la profundización; y acojo con alegría a todos vosotros, que habéis venido de tantas partes del mundo. Os felicito por el trabajo que realizáis en las instituciones educativas y académicas en favor del anuncio del Evangelio y de la dignidad de la persona.

Es fundamental que la pastoral escolar y universitaria sepa responder al deseo que cada uno lleva dentro y recorrer juntos un camino humano y cristiano. Los destinatarios de vuestro ministerio se distinguen por el entusiasmo, la generosidad y el espíritu de servicio tan propios de los jóvenes. Sin embargo, ¡cuántos estudiantes viven también situaciones de malestar existencial! Familias heridas, soledades digitales, sentimientos de insuficiencia o de temor ante un futuro que parece incierto. Muchos recorren los pasillos de nuestros colegios y universidades y quizá se sienten anónimos. ¡Qué importante es que las escuelas y universidades católicas sean, ante todo, «casa», un lugar familiar donde se espera a cada uno! El primer anuncio pasa muchas veces por un estilo de acogida: alguien que te mira a los ojos, que recuerda tu nombre, que nota tu ausencia, que se alegra de tu regreso.

En un ambiente acogedor, el estudiante puede manifestar su deseo profundo de comprender, de dar sentido a la realidad. Aquí se encuentra la vocación propia de las escuelas y universidades: la búsqueda común de la verdad. Os animo, por tanto, a estimular la inteligencia de los jóvenes, a valorar sus preguntas. Que vuestra pasión —especialmente la de quienes trabajáis en instituciones católicas— sea hacer experimentar a los jóvenes la belleza del encuentro con Cristo, la fecundidad de la sinergia entre fe y razón, entre el saber de la fe y los diversos ámbitos del conocimiento.

La pastoral escolar y universitaria está llamada a acompañar la lenta germinación del pensamiento, a enseñar a discernir y a buscar con perseverancia. Los procesos educativos «necesitan tiempos de maduración, de confrontación con la realidad más allá de las apariencias y de un camino paciente». Debemos «proteger a nuestros jóvenes […] de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más necesario es» (Carta encíclica Magnifica humanitas, n. 140).

No pocos jóvenes, hoy, están como paralizados por el miedo a equivocarse, a no estar a la altura, a ser malinterpretados, a no responder a las expectativas. Vivimos en una cultura del rendimiento que compara y clasifica continuamente, a veces de manera despiadada. Una meritocracia mal entendida termina por no respetar a las personas. Por eso, muchos acaban renunciando incluso antes de intentarlo.

Ayudad a los jóvenes que encontráis a ser protagonistas de una nueva manera de habitar el mundo, constructores de fraternidad, de una sociedad más justa. El valor nace de un pacto de confianza: de la experiencia de alguien que cree en ti antes de que tú creas en ti mismo. Jesús no eligió a los Doce porque fueran valientes; los llamó y, con su confianza, los hizo capaces. A nuestros jóvenes debemos poder repetirles las palabras que los discípulos dirigieron al ciego Bartimeo: «¡Ánimo, levántate, que te llama!» (Mc 10,49).

Bajo la coraza que tantos adolescentes se construyen para no sufrir se esconde el deseo de amar y ser amados. Una pastoral escolar y universitaria será tanto más fecunda cuanto más se centre en la educación del corazón. Educar el corazón en la compasión, en la gratitud, en la capacidad de dejarse conmover por el dolor de los demás; educarlo en la alabanza y en el deseo de Dios. El servicio a los pobres, el voluntariado y el cuidado de la creación no son actividades accesorias, sino lugares donde el corazón aprende a ensancharse. No lo olvidemos: caridad y oración son inseparables.

Queridos hermanos y hermanas, falsos maestros y mensajes engañosos prometen responder rápidamente a las preguntas de los jóvenes. Vosotros, en cambio, habéis elegido hacer algo más grande: caminar con ellos a lo largo del camino, hasta que descubran los dones que Dios ya ha depositado en ellos. Como el Resucitado con los discípulos de Emaús, que se acerca, camina con ellos, escucha, explica, hace arder su corazón y, finalmente, se deja reconocer al partir el pan (cf. Lc 24,13-35).

Que su Espíritu Santo ilumine y sostenga siempre vuestro servicio. Que María Santísima, Sede de la Sabiduría, os acompañe, junto con mi bendición. Gracias.

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