Por Miguel Escrivá
Desde que el pasado domingo, al término del Ángelus, León XIV anunció que los médicos le habían encontrado un nódulo circunscrito en el pulmón, la Sala de Prensa de la Santa Sede ha mantenido un flujo constante de comunicados sobre su estado. Por ellos se sabe que el Papa ingresó en el Policlínico Gemelli a última hora de la mañana del martes 13 de octubre, que el equipo de cirugía torácica dirigido por el profesor Stefano Margaritora le extirpó mediante técnica videoasistida el lóbulo inferior del pulmón derecho, que el estudio de la pieza confirmó un adenocarcinoma y que, en las horas siguientes, el Pontífice ya caminaba por la habitación, había recuperado su alimentación habitual y comenzaba los ejercicios de fisioterapia. Sus audiencias quedan suspendidas hasta el 20 de octubre, y el viaje a Hispanoamérica, previsto entre el 6 y el 17 de noviembre, sigue por ahora en el calendario a pesar de que en Roma se da por imposible.
La información médica que se ha ofrecido es precisa y responde al interés natural de los fieles por la salud de su pastor. Pero entre tanto dato clínico falta, en cambio, cualquier referencia a la atención espiritual del enfermo, una ausencia que tampoco es nueva y que dibuja una clara línea de continuidad entre los partes del pontificado anterior y los del actual.
Un lenguaje heredado
Las sucesivas hospitalizaciones de Francisco, desde la operación de colon de 2021 hasta los treinta y ocho días de neumonía bilateral de 2025, fijaron un vocabulario que hoy resulta familiar a cualquier lector de prensa religiosa: el Santo Padre ha descansado bien, ha pasado una noche tranquila, se ha levantado y ha desayunado, ha leído los periódicos. Nunca constó públicamente si Francisco recibió la Unción de los enfermos y las referencias a su atención sacramental fueron escasas.
La práctica de la Santa Sede no siempre fue esta. Cuando Juan Pablo II agonizaba en abril de 2005, la Sala de Prensa dirigida por Joaquín Navarro-Valls informó de que había recibido la Unción de los enfermos, y su secretario, Stanisław Dziwisz, relató años más tarde que ya se la había administrado en 1981, en el propio Gemelli, antes de que lo operaran tras el atentado de la plaza de San Pedro. Ninguna de esas noticias menoscabó la intimidad del Pontífice ni alimentó alarmas injustificadas; formaban parte del relato completo de un cristiano enfermo.
La dimensión pedagógica
La enfermedad de un papa ha sido siempre, además de un asunto médico, una ocasión de enseñanza. Juan Pablo II convirtió sus últimos años en una larga catequesis sobre el sentido cristiano del sufrimiento, la misma que había expuesto por escrito en la carta apostólica Salvifici doloris. El Concilio, por su parte, quiso que la antigua extremaunción pasara a llamarse Unción de los enfermos precisamente para desterrar la idea, todavía muy extendida en muchas familias, de que se trata de un rito reservado a los moribundos que conviene retrasar hasta el último instante para no asustar al paciente.
Los comunicados sobre la salud del Papa llegan a millones de personas en todo el mundo y se leen con una atención que pocos documentos magisteriales consiguen. Una sola línea que indicara que el Santo Padre se confesó, recibió la Unción antes de la operación y que comulga a diario en su habitación tendría un alcance catequético difícil de igualar, porque mostraría con la autoridad del ejemplo cuál es el orden de prioridades de un católico ante la enfermedad grave. Su omisión, sostenida durante años, transmite también un mensaje, aunque nadie lo pretenda: que la vida sacramental pertenece a un ámbito reservado, que no merece figurar junto a los datos que de verdad interesan sobre desayunos y dieta.
Desde esta tribuna no ponemos en duda que León XIV esté recibiendo la atención espiritual que le corresponde, seguro que sí. Pedimos únicamente, con todo respeto, que los responsables de la Sala de Prensa vuelvan a la práctica de 2005 e incluyan en sus partes, junto al estado de la herida y la calidad del sueño, la noticia de los sacramentos recibidos, de modo que los fieles que siguen hora a hora la convalecencia del Papa sepan también cómo lo acompaña la Iglesia en la enfermedad.