El 11 de octubre de 1962, más de dos mil obispos procedentes de todo el mundo entraron solemnemente en la basílica de San Pedro para participar en la apertura del Concilio Vaticano II. La fecha elegida por san Juan XXIII tenía un significado que iba más allá de las necesidades de organización de una asamblea de semejantes dimensiones: aquel día la Iglesia celebraba entonces la fiesta de la Maternidad divina de la Santísima Virgen María.
Al cumplirse 64 años de aquella inauguración, los documentos del propio Pontífice permiten reconstruir las razones de una elección que vinculaba el nuevo concilio con uno de los grandes acontecimientos doctrinales de la Antigüedad cristiana: el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, donde la Iglesia defendió solemnemente la legitimidad de llamar a María Theotokos, Madre de Dios.
Juan XXIII quiso que el Vaticano II comenzara bajo la protección de la Virgen y con el misterio de Jesucristo como referencia fundamental. Así lo explicó el propio Papa al fijar oficialmente la fecha de apertura, y así lo recordaría décadas después Benedicto XVI, que había participado personalmente en aquella asamblea como joven teólogo.
Una fecha escogida deliberadamente
La convocatoria del Vaticano II había sido anunciada por Juan XXIII en enero de 1959. Tras varios años de preparación, el Papa promulgó el 25 de diciembre de 1961 la constitución apostólica Humanae salutis, mediante la cual convocó formalmente el concilio para el año siguiente.
Quedaba por determinar el día de su inauguración. La decisión llegó el 2 de febrero de 1962, cuando Juan XXIII firmó el motu proprio Consilium, estableciendo que la apertura solemne tendría lugar el 11 de octubre.
El texto no deja dudas sobre la intención del Pontífice. Juan XXIII explicó que había escogido aquella fecha especialmente por su relación con el recuerdo del gran Concilio de Éfeso, al que reconocía una importancia excepcional en la historia de la Iglesia.
La referencia era profundamente significativa. En 431, los Padres reunidos en Éfeso habían defendido la unidad de la Persona de Cristo y confirmado la maternidad divina de María frente a las controversias provocadas por Nestorio. Quince siglos después, Pío XI había instituido una fiesta litúrgica dedicada a la Maternidad divina de la Virgen, fijándola el 11 de octubre.
Juan XXIII escogió precisamente esa celebración para inaugurar el nuevo concilio.
El recuerdo del Concilio de Éfeso
La maternidad divina de María ocupa un lugar central en la doctrina católica porque expresa una verdad esencial sobre Jesucristo. La Virgen no es madre de la divinidad considerada en sí misma, sino de la Persona del Hijo eterno de Dios, que asumió una verdadera naturaleza humana en su seno.
Al proclamar a María Theotokos, la Iglesia confesaba que el Niño nacido en Belén es verdaderamente Dios hecho hombre. El título mariano protegía así la unidad de Cristo y recordaba que la Encarnación no puede comprenderse como la unión externa de dos personas distintas.
La relación entre Éfeso y el Vaticano II fue explicada posteriormente por Benedicto XVI. En una meditación pronunciada el 11 de octubre de 2010, recordó que Juan XXIII había querido confiar el concilio a las manos maternales de la Virgen. Añadió que el título Theotokos resume una enseñanza fundamental sobre Cristo, María y la Redención.
Dos años después, al cumplirse el cincuentenario de la apertura conciliar, Benedicto XVI volvió sobre el mismo recuerdo. Explicó que Juan XXIII había escogido aquella fecha para encomendar la asamblea a la bondad maternal de María y situar firmemente sus trabajos en el misterio de Jesucristo.
La apertura en la basílica de San Pedro
El 11 de octubre de 1962, los Padres conciliares entraron en la basílica vaticana en una solemne procesión. La presencia de obispos procedentes de numerosos países ofrecía una imagen visible de la universalidad de la Iglesia, reunida en torno al sucesor de Pedro.
Juan XXIII inauguró el concilio con el discurso Gaudet Mater Ecclesia, cuyo comienzo expresaba la alegría de la Iglesia ante la apertura de la asamblea. El Pontífice atribuyó aquella jornada a un don singular de la Providencia y recordó expresamente que el concilio comenzaba bajo la protección de la Santísima Virgen, cuya maternidad divina se celebraba litúrgicamente aquel mismo día.
En su discurso inaugural, el Papa afirmó que el principal interés del concilio era custodiar y enseñar de manera cada vez más eficaz el depósito sagrado de la doctrina cristiana. Al mismo tiempo, planteó la necesidad de exponer esa doctrina de un modo adecuado a las circunstancias de la época, distinguiendo entre la sustancia de la fe y las formas empleadas para presentarla.
La referencia a la maternidad divina de María situaba así la apertura conciliar en continuidad con las grandes definiciones doctrinales de la Iglesia antigua. El concilio que comenzaba en Roma no nacía al margen de aquella historia, sino dentro de la misma Iglesia que había confesado la divinidad de Cristo en Nicea y defendido su unidad personal en Éfeso.
Una jornada que marcó la historia contemporánea de la Iglesia
El Vaticano II se desarrolló entre 1962 y 1965, a lo largo de cuatro períodos de sesiones. Juan XXIII presidió su inauguración y, tras su muerte en junio de 1963, Pablo VI asumió la responsabilidad de continuarlo y llevarlo a término.
Sus constituciones, decretos y declaraciones abordaron cuestiones fundamentales de la vida de la Iglesia, desde la liturgia y la Revelación divina hasta la naturaleza de la Iglesia, el episcopado, la actividad misionera y las relaciones con el mundo contemporáneo.
La recepción e interpretación de sus documentos ha dado lugar durante las décadas posteriores a amplios debates teológicos y pastorales. Benedicto XVI insistió especialmente en la necesidad de comprender el concilio dentro de la continuidad de la Iglesia, rechazando una lectura que lo presentase como una ruptura con su tradición doctrinal.
Pero más allá de las discusiones posteriores, la elección del 11 de octubre permite recuperar una intención explícita de Juan XXIII que a menudo queda oscurecida en los relatos sobre aquella época: el Papa quiso abrir el concilio en una fiesta mariana estrechamente vinculada a la confesión de la verdadera identidad de Jesucristo.
Sesenta y cuatro años después, los documentos originales conservan con claridad ese propósito. Juan XXIII escogió el día de la Maternidad divina para poner la asamblea bajo la protección de la Virgen y recordar, desde su inauguración, que la misión de la Iglesia encuentra su fundamento en el misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.