San Francisco de Borja: el duque que renunció a la gloria del mundo para servir a Dios

San Francisco de Borja: el duque que renunció a la gloria del mundo para servir a Dios

El 10 de octubre, fecha en la que el calendario romano tradicional recuerda a san Francisco de Borja, la Iglesia contempla la vida de un hombre que conoció desde dentro el poder, la riqueza y los honores de la Europa imperial antes de renunciar a ellos para seguir a Cristo en la Compañía de Jesús. Duque de Gandía, virrey de Cataluña y hombre de confianza de Carlos V, terminó siendo sacerdote y tercer superior general de los jesuitas. Su trayectoria constituye uno de los testimonios más elocuentes del siglo XVI sobre la fragilidad de la gloria humana y el valor de los bienes eternos.

Francisco nació en 1510 en el seno de una de las familias más poderosas de España. Por su linaje estaba emparentado con el papa Alejandro VI y con Fernando el Católico, y desde muy joven recibió una educación destinada a prepararlo para la vida cortesana. Su matrimonio con Leonor de Castro, dama de la emperatriz Isabel de Portugal, consolidó su posición en el entorno de Carlos V. Todo parecía indicar que su futuro estaría ligado a los asuntos de Estado y a la administración de los dominios imperiales.

La muerte de una emperatriz y la fragilidad de la gloria

Un episodio ocurrido en 1539 ha quedado especialmente unido a la memoria de san Francisco de Borja. Tras la muerte de la emperatriz Isabel, el noble participó en el traslado de sus restos a Granada. La tradición biográfica recuerda la profunda impresión que le produjo contemplar la corrupción de un cuerpo que poco antes había sido admirado por su belleza y dignidad.

Aquel encuentro con la realidad de la muerte contribuyó a una transformación interior que venía madurando en su alma. Francisco comenzó a comprender con mayor claridad la distancia entre los honores que el mundo puede conceder y la eternidad para la que el hombre ha sido creado. La célebre resolución que la tradición le atribuye, de no servir más a un señor que pudiera morir, resume el sentido espiritual de aquella experiencia, aunque conviene entenderla como expresión de su conversión y no como una transcripción documental de sus palabras.

Su vida no cambió de manera inmediata. Continuó cumpliendo importantes responsabilidades públicas y fue nombrado virrey de Cataluña, donde ejerció tareas de gobierno y administración. En 1543 heredó el ducado de Gandía. Pero en medio de aquellas obligaciones fue creciendo su dedicación a la oración, la penitencia y las obras de caridad.

De la corte imperial a la Compañía de Jesús

La muerte de su esposa en 1546 abrió una nueva etapa. Francisco tenía ocho hijos y debía atender las obligaciones familiares propias de su estado, pero había madurado la decisión de entregar el resto de su vida a Dios. Después de disponer lo necesario para sus hijos y resolver los asuntos de su casa, ingresó en la Compañía de Jesús, fundada pocos años antes por san Ignacio de Loyola.

El contraste entre su antigua posición y la nueva vida religiosa era extraordinario. Quien había sido tratado como uno de los grandes señores de España aceptaba ahora la obediencia propia de un religioso y se preparaba para ejercer el sacerdocio. Su renuncia no nació del desprecio hacia las responsabilidades que había desempeñado, sino del convencimiento de que Dios lo llamaba a una entrega más completa.

La biografía publicada por la Compañía de Jesús recuerda que Borja había conocido personalmente a algunos de los primeros jesuitas y que su experiencia administrativa resultó posteriormente muy valiosa para la joven orden. San Ignacio lo nombró comisario general para España y Portugal en 1554, confiándole responsabilidades que contribuyeron al crecimiento de la Compañía.

Un duque convertido en superior general

En 1565, Francisco de Borja fue elegido tercer superior general de los jesuitas, después de san Ignacio de Loyola y Diego Laínez. Durante los siete años siguientes dirigió una orden que se encontraba en plena expansión y que desempeñaría un papel decisivo en la renovación católica posterior al Concilio de Trento.

Su gobierno favoreció la consolidación de la formación religiosa, la organización interna de la Compañía y el desarrollo de sus colegios y misiones. Los conocimientos que había adquirido en la corte y en la administración civil quedaron puestos al servicio de una tarea muy distinta de aquella para la que había sido preparado en su juventud.

La vida de Borja muestra que la santidad no exige necesariamente haber vivido siempre lejos de los asuntos temporales. Durante años fue esposo, padre, gobernante y noble, y en esas circunstancias comenzó a responder a la gracia de Dios. Su posterior entrada en la vida religiosa fue la culminación de una conversión que había ido transformando sus prioridades.

En 1571, san Pío V le encomendó una misión diplomática relacionada con los esfuerzos por reunir a las potencias cristianas frente al peligro otomano. Su salud se deterioró durante aquel viaje y murió en Roma el 30 de septiembre de 1572. Fue canonizado por Clemente X en 1670.

La gloria que no pasa

La Iglesia conserva en san Francisco de Borja el ejemplo de un hombre que aprendió a juzgar los bienes de este mundo a la luz de la eternidad. Había conocido el prestigio de una gran familia, el favor del emperador y las responsabilidades del gobierno, pero comprendió que ninguna de aquellas realidades podía constituir el fin último de su existencia.

La tradición espiritual católica ha insistido siempre en que el problema no está en la posesión legítima de bienes o en el ejercicio de la autoridad, sino en convertirlos en aquello de lo que depende el corazón. Los honores, la riqueza y el poder pueden ponerse al servicio del bien, pero no pueden vencer la muerte ni conceder por sí mismos la vida eterna.

San Francisco de Borja llegó a esta convicción a través de una experiencia particularmente intensa de la caducidad humana. Su respuesta fue buscar con mayor radicalidad a Jesucristo, primero en sus obligaciones de esposo y gobernante, y después en la vida religiosa y sacerdotal.

Su memoria sigue recordando a los católicos una verdad que atraviesa toda la espiritualidad cristiana: la gloria del mundo pasa, mientras que la vida entregada a Dios encuentra en Él un bien que no puede perderse.

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