León XIV debe corregir la carta de su predecesor mediante un acto magisterial si quiere preservar la unidad de la Iglesia.
La carta apostólica «Amoris Laetitia» (AL) es toda una proeza. Consiste en mantener la doctrina de la Iglesia en teoría, pero abolirla en la práctica. Y es que ahora corresponde a los sacerdotes y a otros «acompañantes» realizar, en su propio nombre, «discernimientos pastorales» respecto a las personas que viven en adulterio. Si existen buenas razones, pueden entonces esas personas recibir los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia sin cambiar nada de su conducta, que rompe el vínculo matrimonial. La Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia quedan pulverizadas en mil casos individuales incomparables a través de los «discernimientos pastorales». Y todo aquel que, con su forma de vida, actúe en contra de la doctrina de la Iglesia, encontrará un «acompañante» y un «discernidor» comprensivo que reconozca razones justificables que, en el caso concreto, permitan hacer lo que no se debe hacer. Se abre así la puerta de par en par a la arbitrariedad. Desde la publicación de AL, la Iglesia ya no sabe lo que está pasando. Y tampoco quiere saberlo.
No es la primera vez que se recurre a esta artimaña de AL. Ya fueron los jesuitas quienes, en el siglo XVII, utilizaron el truco del «caso particular justificado». La única diferencia con respecto a hoy en día radica en que aquellos jesuitas no eran papas.
Blaise Pascal (1623-1662) desenmascara el juego de los jesuitas en sus «Lettres Provinciales» («Las Cartas Provinciales», 1656/1657). Lo hace mediante un diálogo con un jesuita ficticio. «Nunca puede haber exceso en particularizar los casos», cita Pascal a su interlocutor (8.ª carta). El eje central de la artimaña jesuita es el concepto de «probabilidad». Este no significa «probabilidad» en el sentido actual, sino una opinión que puede defenderse con buenas razones. «Es el fundamento y el A B C de toda nuestra doctrina moral», como señala el jesuita de Pascal (5.ª carta).
Según el jesuita Escobar, la probabilidad debe entenderse así: «Llámase probable una opinión, cuando está fundada sobre razones que son de algún peso. Y de ahí que a veces un solo doctor muy sabio, puede hacer una opinión probable. Y he aquí la razón: porque un hombre dedicado particularmente al estudio, no llevaría una opinión sino movido de alguna razón buena y suficiente». Pascal ya intuye entonces que en este razonamiento circular reside la base de toda confusión y arbitrariedad, y replica: «Quién me asegura que en la libertad que vuestros doctores se toman para examinarlo todo por la razón, lo que parezca seguro a unos lo parezca a todos? La diversidad de los juicios es tanta…». De ahí surge una discusión acalorada. El jesuita admite que los casuistas suelen tener opiniones diferentes: «También son con frecuencia de diferente parecer, pero no importa, cada uno hace el suyo probable y seguro». Y eso es bueno. Pascal replica: «Pero padre mío, muy indeciso ha de verse un hombre para escoger una de las dos opiniones». A lo que el jesuita responde: «No por cierto, porque tomará la que más le agrade». Pascal objeta: «¿Y si fuese más probable o segura?». El jesuita, por su parte, cita a un autor de su orden: «Se puede hacer que lo que se piensa sea lícito según una opinión probable, aunque la contraria sea más segura; pues la opinión de un solo doctor sabio, basta».
La doctrina de la probabilidad también es vinculante para el confesor. El jesuita modelo de Pascal lo explica así: «Has de saber, que hemos obligado a los confesores a absolver a los penitentes que se sirven de las opiniones probables, bajo pena de pecado mortal. Es orden y disposición de nuestros padres, y entre otros de P. Bauny. Cuando un penitente, dice, sigue una opinión probable, el confesor le debe absolver, aunque la suya sea contraria».
Ya en Pascal se puede leer dónde termina el truco del probabilismo. Cita a un autor jesuita que sostiene «que todo género de personas, y aun los sacerdotes, pueden recibir el cuerpo de Jesucristo el mismo día que cometieron pecados abominables; que lejos de haber irreverencia alguna en estas comuniones, por el contrario, son loables; que los confesores no los deben disuadir, antes deben aconsejar a los que acaban de cometer tales pecados, que comulguen al instante; porque aunque la Iglesia lo haya prohibido, esta prohibición está abolida por la práctica universal de toda la tierra». Y Pascal señala: «Ved lo que es tener jesuitas en todo el orbe. Ved la práctica universal que habéis introducido y queréis mantener». (Carta 16).
La realidad creada de hecho acaba, pues, por transformar la superestructura teórica y triunfa sobre ella. En el «Manifiesto Comunista» de 1848, Karl Marx y sus compañeros lo formularon así: «¿Hace falta gran agudeza para comprender que con las condiciones de vida de los hombres, con sus relaciones sociales, con su existencia social, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, en una palabra, su conciencia?». Marx parece un imitador si se le compara con los jesuitas del siglo XVII.
También la cuestión del adulterio, que aborda AL, ya fue debatida por Pascal. Hace que su interlocutor jesuita cite al ya mencionado P. Étienne Bauny. Este habría permitido a quienes se vieran envueltos en ocasiones próximas de pecar permanecer en esa situación, «cuando no las pueden evitar, sin dar motivo a que se murmure, o sin padecer alguna incomodidad». Asimismo, Bauny enseñaba: «Se puede y se debe absolver a una mujer que tiene en su casa un hombre con quien peca frecuentemente, si no puede alejarle sin escándalo, o si tiene alguna otra razón que se lo dificulte; como se proponga no volver a pecar con él». Porque se aplica lo siguiente: «Es lícito buscar una ocasión directamente y por sí mismo, primo et per se, para bien temporal o espiritual suyo o del prójimo». Pascal comenta con sorna al respecto: «La obligación de evitar las ocasiones, está muy atenuada si la dispensa puede fundarse en que abandonar el pecado nos ocasione alguna molestia» (Carta 10).
La importancia de las «Cartas Provinciales» de Pascal radica, entre otras cosas, en que demuestra que el recurso a la probabilidad y al caso concreto puede aplicarse a todo tipo de temas: un asesinato deja de serlo si no se comete por dinero; la obligación de ayudar a los pobres con la propia abundancia material no se cumple en la práctica, porque los ricos tienen, legítimamente, derecho a mantener primero su propio nivel de vida y, de este modo, de hecho no queda nada para los demás. Ya se trate de homicidio y venganza, duelo, robo y propiedad, usura, mentira, juramento, así como engaño y negocios simonísticos o ilícitos con asuntos eclesiásticos: la norma permanece siempre intacta en teoría. Pero, mediante distinciones casuísticas y conceptuales cada vez más sutiles, se permite en la práctica, a través de opiniones «probables», un comportamiento que contradice en lo esencial lo que exige la norma (6.ª carta y siguientes). Pascal resume a qué conduce esto citando a un crítico del mencionado P. Bauny. Este habría dicho sobre el jesuita: «Ecce qui tollit peccata mundi!» («Este es el que quita los pecados del mundo»). (4.ª carta).
El método probabilístico y de casos individuales sigue siendo universalizable hoy en día. Y más aún ahora que lo propugna de nuevo un Papa. Si se puede deconstruir la indisolubilidad del matrimonio, se puede deconstruir cualquier cosa con razones probables y justificables. Por eso, la AL es un boomerang que acabará por golpear al magisterio de la Iglesia. Y es que sobre todo y cada cosa se pueden esgrimir contraargumentos justificables. Incluso las posturas tan queridas por los dos últimos papas sobre el clima, la guerra justa, la pena de muerte, la migración y la inteligencia artificial no serán más que opiniones probables, frente a las cuales existen opiniones probables contrarias que, en cada caso concreto, se pueden preferir a las papales con el mismo derecho. Pascal cita en este sentido al jesuita Diana: «Dice que el papa lo dijera como cabeza de la Iglesia, bien está; pero solamente lo dijo dentro de la esfera de la probabilidad de su sentir». Y el interlocutor jesuita de Pascal añade: «Luego bien ves que esto no es ofender las decisiones pontificias; no lo sufrirían en Roma donde Diana está con tanto crédito; pues no sostiene que lo que los papas decidieron no sea probable, sino que reservando a su opinión toda la esfera de probabilidad, no deja de decir que lo contrario es también probable» (6.ª carta).
No solo los Diez Mandamientos pueden ser deconstruidos, sino también la disciplina eclesiástica. Una evolución de este método de AL la constituye una declaración de la Conferencia Episcopal Suiza de noviembre de 2025. En ella se renuncia a exigir coherencia a los colaboradores laicos de la Iglesia. Haciendo referencia a AL, se afirma lo siguiente respecto a los laicos que viven en uniones extramatrimoniales, adúlteras o entre personas del mismo sexo: «Más bien, presentamos una reflexión que se toma en serio las realidades actuales de la vida e invita al discernimiento espiritual. La realidad vital de una persona es única y, según el Evangelio, solo se puede actuar con justicia si se tiene en cuenta de manera integral. Dos personas pueden hacer lo mismo, y sin embargo no es lo mismo». Pascal habría comentado al respecto: «Encubren su prudencia humana y su política con el pretexto de una prudencia divina y cristiana» (5.ª carta).
Asimismo, cualquier catedrático de teología de una facultad pública alemana expone opiniones probables cuando contradice el magisterio de la Iglesia, ya sea en materia de teología de Dios, eclesiología o disciplina eclesiástica. Mientras considere que la postura contraria de la Iglesia es también una opinión probable, no tiene nada que temer. Lo mismo se aplica a los obispos estatales en su camino sinodal.
El método de AL como «probabilismo 2.0», el «discernimiento» opaco de cada caso concreto a puerta cerrada mediante opiniones probables: es la base de un magisterio suicida que se autodestruye. Este proceso no se detendrá ante nada. La destrucción de facto de la doctrina de la fe de la Iglesia socavará cada vez más, en los corazones de los fieles, la confianza en el auxilio divino del magisterio eclesiástico y, con ello, su fe en Dios. Esto solo puede evitarse corrigiendo AL desde el punto de vista magisterial, en consonancia con la doctrina perenne de la Iglesia. De ello depende su unidad.
En el siglo XVII, la Iglesia era consciente del peligro que se cernía sobre ella. Así, en los años 1665 y 1666, el Santo Oficio (el actual Dicasterio para la Doctrina de la Fe) condenó 45 proposiciones de los casuistas (Denzinger-Hünermann [DH], 17.ª edición, Friburgo/Basilea/Viena 2017, n.º 2021-2065). En 1669 le siguieron otras 65 proposiciones (DH 2101-2165). En ellas hay puntos que también son relevantes en relación con AL. Sobre todo, la DH 2061 es pertinente: «No se debe obligar a un concubinario a despedir a su concubina si esta le resulta demasiado útil para su deleite – llamado vulgarmente ‘regalo’ –, cuando, faltándole ella, llevaría una vida demasiado penosa, otros alimentos le resultarían muy desagradables y sería demasiado difícil encontrar otra criada». Ya aquí se recurre al truco de prestidigitador —condenado por la Iglesia— que aparece una y otra vez en el debate sobre AL y en el debate sobre los divorciados vueltos a casar: en realidad, se trata de una concubina. Pero, mediante un cambio de terminología, se la convierte en una empleada doméstica. Y el pobre hombre tendría que comer peor si despidiera a su «cocinera». Los actuales casuistas (papales) de AL ya no esgrimen la excusa de la comida menos sabrosa para justificar el mantenimiento de una concubina, sino que se refieren, por ejemplo, a los hijos, de los que, de alguna manera, hay que ocuparse.
AL también contradice las condenas eclesiásticas en los siguientes puntos. DH 2160: «A un penitente que tiene el hábito de pecar contra la ley de Dios, de la naturaleza o de la Iglesia se le puede impartir la absolución aunque no aparezca esperanza alguna de enmienda; y no se le debe negar ni diferir, con tal de que manifieste de palabra que siente dolor y prometa enmendarse». DH 2161: «A veces puede ser absuelto quien se encuentra en ocasión próxima de pecar, aunque pueda evitarla y no quiera hacerlo; más aún, incluso si busca directa y deliberadamente esa ocasión o se expone a ella». DH 2162: «No hay obligación de huir de la ocasión próxima de pecar cuando existe alguna causa útil u honesta para no huir de ella». DH 2163: «Es lícito buscar directamente la ocasión próxima de pecar por un bien espiritual o temporal, propio o del prójimo».
En virtud de la competencia magisterial y del primado jurisdiccional, corresponde al papa León XIV proteger hoy a la Iglesia frente a las doctrinas perniciosas. En su encíclica «Magnifica humanitas» ha demostrado que también se toma en serio a autores que no forman parte del canon clásico de los maestros de la fe católica (J. R. R. Tolkien, Hannah Arendt, Viktor Frankl). Por eso, en lo que respecta a AL, León XIV debería escuchar a Heinrich Heine. Porque no es raro que los necios digan la verdad. En «Die romantische Schule» («La escuela romántica», 1833), el literato alemán comentaba sobre los adversarios de Pascal: «Nunca ha ideado el espíritu humano combinaciones más grandiosas que aquellas mediante las cuales los antiguos jesuitas intentaron preservar el catolicismo. Pero no lo lograron, porque solo les entusiasmaba la preservación del catolicismo y no el catolicismo en sí mismo. (…). Pero en vano sus confesores concedían las absoluciones más amables y sus casuistas coqueteaban con todo vicio y crimen. (…). Con razón dijo una vez Barrault: Los jesuitas no pudieron elevar la tierra al cielo, y bajaron el cielo a la tierra. Inútil fue toda su labor y su obra. De la mentira no puede florecer la vida, y Dios no puede ser salvado por el diablo».