Por: Mª Trinitat Cabrero OV / Pilar Abellán OV
Hoy, 30 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria litúrgica de San Jerónimo de Estridón (349 – 420).
Es casi todo lo que puede haberse dicho ya de este Doctor y Padre de la Iglesia latina, junto con San Agustín, San Ambrosio de Milán y San Gregorio Magno.
Jerónimo estudió en Roma, vivió como anacoreta en el desierto del Calcis (tan sólo dos años, teniendo que huir por la herejía arriana); aprendió de San Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno, dos de los grandes Padres capadocios del siglo IV; fue secretario del Papa Dámaso I y profesor de Sagrada Escritura a un ilustre grupo de matronas en Roma y, finalmente, monje en Belén. Tradujo la Biblia al latín en la edición que la Iglesia ha reconocido oficial durante siglos, la Vulgata, y escribió comentarios a diversos libros bíblicos. Escribió y recibió cartas de decenas de personajes a lo largo de su vida, de las que se han identificado las 150 que forman su epistolario.
Es inacabable lo que podría decirse de San Jerónimo, así que vamos a centrarnos en cuatro cuestiones en este breve escrito – homenaje: 1) su genio; 2) su traducción de la Biblia y la revisión del salterio por el cardenal Bea bajo Pío XII; 3) San Jerónimo y el sacerdocio y 4) San Jerónimo y las vírgenes consagradas a Cristo. Como puede verse, no pretendemos seguir un orden cronológico.
El genio de San Jerónimo:
San Jerónimo fue, en palabras de Horacio Delàs, personaje de la novela El despertar de la Señorita Prim, “un gigante intelectual, un hombre de mente prodigiosa, con un temperamento y una voluntad de hierro. Tremendamente estricto consigo mismo, muy exigente”.
Por ello nos hemos referido a su genio en el título de este texto: porque fue un hombre de vasta cultura, inteligencia y capacidad de trabajo, lo que le permitió emprender la titánica tarea de la traducción de la Vulgata (que San Agustín le reprochó, por tratarse de algo prácticamente imposible para un ser humano); y por su carácter volcánico, que le llevó a entrar en durísimos debates dialécticos siempre en defensa de la Iglesia, de la sana doctrina y del honor de Dios. Fue un loco de Cristo, que lo dio todo por Él y se dio todo a Él.
Aunque muchos consideran hoy que en tiempos actuales San Jerónimo no sería canonizado por su mal genio, él es en realidad la prueba viviente de la legitimidad de la ira santa, defendida por tantos santos: Santo Tomás de Aquino afirmaría siglos después que “la falta de pasión de la ira también es un vicio”, citando un documento atribuido a San Juan Crisóstomo según el cual “peca quien no se enfada cuando tiene causa”. San Jerónimo sufrió de una manera muy personal los ataques contra la Iglesia y contra Cristo.
San Jerónimo, la Vulgata y la anécdota del salterio del cardenal Bea:
La vida de San Jerónimo giró en torno al amor apasionado a Cristo y la Sagrada Escritura: en su epistolario leemos muchos consejos relativos a que la Escritura nunca cayera de las manos, que fuera leída cada día, que de la boca del monje sólo debían salir palabras de la Biblia y más. En Belén, sus monjas, encabezadas sucesivamente por Santa Paula y su hija Eustoquia y por Santa Paulina, nieta de la primera, cantaban los salmos en hebreo y le pedían explicaciones sobre los libros bíblicos, razón por la cual escribió muchos de sus célebres comentarios.
Estos son una maravillosa hilatura de la Biblia como una unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, siempre con Cristo en el centro. En los comentarios de San Jerónimo, fluye con naturalidad cómo el Antiguo Testamento apunta al Nuevo; cómo en el Nuevo halla cumplimiento el Antiguo.
Existe en la carta 51 del epistolario de San Jerónimo una potente sentencia que siempre se le atribuye a él, que curiosamente no es ni el escritor ni el destinatario de la epístola, sino que fue escrita por Epifanio de Salamina y dirigida a Juan, obispo de Jerusalén. San Jerónimo tan sólo la tradujo al latín y la preservó, y por eso se conserva en su epistolario.
El momento de esta carta significa el comienzo de una de las etapas más trágicas de su vida: el origenismo. La admiración de Jerónimo por Orígenes quedaría maltrecha por la entrada en escena del obispo de Salamina de Chipre, Epifanio, empeñado en proscribir a Orígenes y sus enseñanzas, que según estaban minando la fe de muchos cristianos y aun jerarcas de la Iglesia. La carta suscitó una oposición cerrada por parte de Juan y del monje Rufino contra Epifanio y, de rechazo, contra Jerónimo. Rufino acusó a Jerónimo de inexactitud en la traducción y todo el asunto llegó hasta Roma, donde suscitó gran escándalo. La fecha de esta carta es el año 394 y la frase en cuestión es “¿No he aborrecido, Señor, a los que te aborrecen, y me he consumido por tus enemigos?”. En la versión latina de la carta, esta frase, que se lee como “nonne odientes te, Domine, odiui et super inimicos tuos tabescebam?”, pertenece en realidad al salmo 138 (139). Es posible que a quienes tienen por costumbre rezar la Liturgia de las Horas no les resulta familiar, y ello se debe a que el párrafo en que se encuentra fue eliminado tras la reforma del Breviario posterior al Concilio Vaticano II. Es decir, el párrafo se encuentra en el Salmo en la Sagrada Escritura, pero en el Breviario ha sido eliminado.
La carta 51 y el citado párrafo nos da también la ocasión de traer a colación la revisión de la traducción del salterio en la Vulgata que Pío XII mandó llevar a cabo mil quinientos años después de la traducción de San Jerónimo y tras quince siglos en los que esa versión había sido la de uso oficial aprobado por la Santa Iglesia Católica.
Al respecto, el historiador Yves Chiron, en su biografía sobre Mons. Annibale Bugnini, indica que “la revisión de la traducción latina de los salmos era uno de los proyectos que más le importaban a Pío XII. Al igual que muchos teólogos, exégetas y eruditos de su época, consideraba que la traducción que se utilizaba en la Iglesia —la Vulgata— adolecía de demasiadas deficiencias. Pronto escribiría: «Las oscuridades y los errores de esta traducción latina (…) se hicieron, en una época reciente, tanto más evidentes a los ojos de todos cuanto que el conocimiento de las lenguas antiguas, en particular del hebreo, había avanzado mucho, que el arte de la traducción se había perfeccionado, que las leyes de la métrica y el ritmo de las lenguas orientales se habían estudiado más a fondo y que las reglas de la crítica textual, como se la llama, se habían vuelto más claras».
Por lo tanto, deseaba una nueva traducción «cercana al texto original y más fiel». Por ello, desde los primeros momentos de su pontificado, encargó una nueva traducción del salterio. Sin involucrar a la Comisión Bíblica, confió la tarea al P. Agostino Bea, jesuita alemán y presidente del Instituto Pontificio Bíblico. Este, asistido por cinco profesores de su Instituto, trabajó en ella entre 1941 y 1944. El resultado no fue una revisión de las versiones anteriores, sino una nueva traducción, en latín clásico, del texto hebreo. La nueva traducción, Liber Psalmorum, se publicó en 1945.
Esta nueva traducción latina fue muy criticada. En particular, La Maison-Dieu, órgano del C.P.L., que le dedicó un amplio dossier titulado: «Debate sobre el nuevo salterio». Aunque reconocía la importancia de esta audaz iniciativa («No cabe duda de que la publicación de un nuevo salterio, tras una práctica de dieciséis siglos del salterio de San Jerónimo, constituye un acontecimiento»), la revista, tras varios estudios críticos realizados por diversos benedictinos y dominicos, consideraba que el nuevo salterio se había «renovado de forma demasiado radical» y pedía que «no se nos impusiera tal cual». El juicio fue severo: el latín de la nueva traducción es demasiado clásico, demasiado cercano «al lenguaje de Cicerón y Horacio» que al latín de la Iglesia.
Pío XII se sintió ofendido por estas críticas, y el P. Bea intentó, en un libro, aclarar el sentido del trabajo de la Comisión que había dirigido y justificar el resultado. Dado el ambiente, el 24 de marzo de 1945, sin imponerla a toda la Iglesia, Pío XII, mediante el motu proprio In cotidianis precibus, había ofrecido esta nueva traducción del salterio «a todos aquellos que están obligados a recitar cada día las Horas canónicas» y autorizaba que se integrara y adaptara al Breviario Romano.
Esta traducción revisada, conocida más comúnmente como el Salterio de Bea, solo fue adoptada por unas pocas comunidades religiosas o monásticas, aunque se incorporó a las nuevas ediciones del breviario que se publicaron. Pero la opinión generalizada sostenía que el Salterio Bea «adauget latinitatem, minuit pietatem» («aumenta la latinidad y disminuye la piedad»). No logró imponerse y, durante la revisión del breviario, que se llevaría a cabo a partir del pontificado de Juan XXIII, se renunció a esta traducción.
Muchos siglos antes, los criterios de traducción de San Jerónimo habían sido muy distintos: “Yo sólo declaro – dice a Panmaquio en la epístola 57 –que (…), en las Escrituras Santas la estructura misma de las palabras encierra su misterio” (…). Para que la autoridad de mis palabras no quede sin apoyo ninguno – si bien lo único que he pretendido probar es que, desde mi juventud, jamás pretendía trasladar las palabras, sino las ideas – puedes leer lo que sobre el asunto dice el pequeño prefacio al libro en que se describe la vida del bienaventurado Antonio: “La traslación literal de una lengua a otra encubre el sentido. (…). Se me acabaría el día si quisiera aducir los testimonios de todos los que han traducido según el sentido. Baste de momento citar al confesor Hilario, que tradujo del griego al latín las homilías sobre Job y muchos tratados sobre los salmos. Hilario no se ciñó a la letra dormida ni se torturó con la traducción afectada de los ignorantes, sino que, como si dijéramos, con el derecho del vencedor captó el sentido y lo traspuso a su lengua. Esto no es de extrañar en los otros, es decir en los hombres del siglo y aun de la Iglesia, cuando los Setenta intérpretes y los mismos evangelistas y apóstoles hicieron lo mismo en los libros sagrados. Leemos en Marcos que el Señor dice: talitha cumi, e inmediatamente añade: lo que se traduce: niña, a ti te lo digo, levántate. Acusad de mentira al evangelista porque añadió “a ti te lo digo”, cuando en hebreo sólo está escrito “niña, levántate”. Pero añadió “a ti te lo digo” para dar más énfasis y expresar el sentido de la invocación y también del mandato. Es evidente, en el pasaje en que Judas devuelve las treinta monedas según lo narra Mateo, que este texto no se halla absolutamente en Jeremías (como dice el evangelista) y sí en Zacarías, pero con palabras muy diferentes y en un orden totalmente distinto. Es evidente la diferencia entre la traducción de los Setenta y el texto del evangelista. Pero en el mismo texto hebreo, siendo el sentido el mismo, las palabras están trastocadas y son casi distintas”.
Tras numerosos ejemplos similares, dice San Jeronimo: “en cambio, Aquila, prosélito y traductor minucioso, que se empeñó en traducir no sólo las palabras sino las mismas etimologías de las palabras, con toda razón es rechazado por nosotros. Porque cuántas cosas hay que, correctamente dichas por los griegos, si nosotros las traducimos al pie de la letra no suenan en latín; y, por el contrario, cosas que entre nosotros gustan, si las traducimos en el mismo orden, les disuenan a ellos”.
En la tabla inferior podemos observar, como ejemplo de lo dicho, en tres columnas, la versión en español del párrafo con el que comenzábamos esta explicación del salmo 138, 19 – 22 de la Biblia de Jerusalén en la primera columna; la versión original de la Vulgata de San Jerónimo en el centro y la revisión del cardenal Bea en la tercera.

San Jerónimo ha sido manipulado por los protestantes y su principio de la Sola Scriptura, pero él nunca la separó de la Tradición como fuentes ambas de la Revelación y de la autoridad del Magisterio para interpretarla. Sus escritos son prueba de ello.
San Jerónimo, el sacerdocio y la liturgia:
Epifanio de Salamina resulta fundamental para comprender la relación de Jerónimo con el sacerdocio. Monje antes de convertirse en obispo, sentía un amor especial por el estudio de las Sagradas Escrituras, rasgos que sin duda hicieron que el obispo le resultara especialmente querido a Jerónimo, como indica el monje benedictino Basil Nixen en su reciente libro “The last communion of Saint Jerome”. Epifanio afirmó que «La ignorancia de las Escrituras es un precipicio y un abismo profundo», que recuerda a la que quizá sea la frase más famosa que nos ha llegado de San Jerónimo: ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est, es decir, «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».
A pesar de las similitudes de carácter y trayectoria vital entre ambos, había un asunto en el que el anciano obispo de Salamina tenía una visión algo diferente a la de Jerónimo: Epifanio representaba una corriente del monacato del desierto —probablemente minoritaria— que no consideraba que el monacato y el sacerdocio fueran mutuamente excluyentes. Por el contrario, como atestigua su propio ejemplo, pensaba que ambos se complementaban bastante bien, una opinión compartida por san Agustín en Occidente y san Basilio en Oriente. “Aunque no podemos saberlo con certeza – afirma el benedictino Nixen-, parece que, una vez que Epifanio entró en su vida, Jerónimo vio, por así decirlo, las señales de lo que se avecinaba, y dedujo que, con toda probabilidad, no iba a poder evitar la ordenación sacerdotal. Aparte de esta suposición, tenía claro que estaba llamado a dedicar su vida —y deseaba hacerlo de todo corazón— al estudio y la explicación de las Escrituras, y probablemente comprendió que tal vocación se vería beneficiada por la gracia y el carácter sacerdotal conferidos por el sacramento. Y así, accedió a ser ordenado presbítero en el año 379”.
Sin embargo, no fue Jerónimo quien solicitó la ordenación; más bien, fue Paulino– y seguramente también Epifanio – quien planteó el asunto a Jerónimo. El propio Jerónimo lo relataría así muchos años después: “El obispo Paulino, de bendita memoria, me oyó decir a mí, un hombre miserable: «¿Acaso te pedí que me ordenaras? Si al conferirnos el sacerdocio no nos privas de la vida monástica, haz lo que te parezca mejor. Pero si, con el título de sacerdote, me despojáis de aquello por lo que abandoné el mundo, me aferraré a lo que siempre he tenido: no habéis sufrido ninguna pérdida con esta ordenación»”.
“Podemos imaginar – afirma Basil Nixen – que, desde el punto de vista de Paulino, la reputación que Jerónimo se estaba labrando como asceta devoto y erudito maestro de las Escrituras lo había convertido en un candidato evidente para el ministerio sacerdotal. Jerónimo se mostró muy astuto a la hora de manejar esta situación: aunque aceptar la ordenación parecía lo más acertado, ya que beneficiaría a su propia vocación de explicar las Escrituras y ayudaría a la causa ortodoxa en Antioquía, no obstante, él era monje y no tenía ninguna duda sobre la preeminencia de esta vocación por encima de todo lo demás”, como hemos leído en el anterior párrafo.
La ordenación sacerdotal de san Jerónimo fue, por lo tanto, una especie de paradoja, según Nixen: “aceptó el estado sacerdotal, pero, desde el principio, renunció expresamente a todo ministerio y deber sacerdotal; y, aunque no podemos saberlo con certeza, los acontecimientos posteriores de su vida sugieren que esta renuncia fue absoluta. Lo hizo expresamente, además, para salvaguardar la primacía de la vida monástica en su vida”.
Otra razón evidente por la que pudo haber optado por abstenerse del ministerio sacerdotal fue para dedicarse a la gran labor de su vida: explicar las Escrituras y transmitir a sus hermanos de lengua latina la erudición tanto de los hebreos como de los griegos. Por lo tanto, necesitaba adquirir ese saber por sí mismo, tanto mediante el estudio personal continuo como asistiendo a las conferencias de distinguidos hombres de letras, lo cual exigía una gran cantidad de tiempo libre. Durante su estancia en Antioquía, asistía con frecuencia a las conferencias de Apolinar de Laodicea sobre la interpretación de las Escrituras y se esforzaba por aprender sus métodos de exégesis, sin tener en cuenta su cristología errónea. Poco después, partió de Antioquía hacia Constantinopla para estudiar con san Gregorio Nacianceno, un obispo de profundo intelecto, vasta erudición, refinada elocuencia e incuestionable ortodoxia. Tanto a través de Apolinar como de Gregorio Nacianceno, Jerónimo entraría en contacto considerable con las enseñanzas y los escritos de Orígenes, e incorporaría a partir de entonces los métodos exegéticos del maestro alejandrino a su propia enseñanza de las Escrituras.
Es muy importante mencionar aquí también, en cuanto a la liturgia, lo que el cronista jerónimo fray José de Sigüenza afirmó sobre San Jerónimo en su historia de la orden, aparecida en 1595.
Ha llegado hasta nosotros la idea de que San Jerónimo no celebraba la Misa, pues no se consideraba digno. Habiendo aceptado ser ordenado sacerdote por obediencia, se dice que una vez en Belén sus comunidades masculina y femenina sólo asistían en Belén a Misa dominical y que San Jerónimo sólo les predicaba, pero no celebraba. En sus obras completas se conservan algunas de sus homilías.
Sin embargo, el cronista Sigüenza afirma que Jerónimo “celebraba misa con gran frecuencia, y con toda la devoción y el fervor que cabe imaginar en un alma tan santa. Nuestro Señor, durante estas celebraciones, le concedía grandes luces para todas las cosas y le favorecía con muchas gracias y favores, como suele hacer Su Divina Majestad en favor de tales siervos suyos, quienes, plenamente conscientes de lo que están llamados a hacer, preparan primero su alma, esperando con el mayor fervor la llegada de un Esposo tan grande. Y como la reverencia y el temor ante tanta majestad absorben sus mentes, dirigiendo su mirada hacia su propia pequeñez y vileza, se vacían de todo lo que hay en su interior, para que nada les avergüence, a fin de que tales ojos reales no se ofendan y su capacidad no se vea mermada (…). Esto mantenía a nuestro santo en una vigilancia continua en todas las cosas: custodia de la mirada, gran prudencia y consideración en sus palabras, en su trato y en su conversación. Temía que, a menos que estuvieran bien custodiadas, entrara por esas ventanas algo que, en el momento de la necesidad, bastara para cerrar las puertas a la venida de Dios. Así lo expresó él mismo en el epitafio de Marcella: «Actué con gran modestia en lo que respecta a mi mirada, para no mirar a las matronas romanas».
Así se vio en san Jerónimo, quien salió de aquel banquete sagrado «como un león que lanza destellos de fuego por la boca» (pues así lo afirma san Crisóstomo de los buenos comulgantes), volviéndose para el honor divino, aterrador para los demonios, insoportable para los malvados. En memoria de esto, y como reliquias de gran valor y estima, la ciudad de Roma conserva el cáliz con el que San Jerónimo consagró, y se muestra al pueblo con gran reverencia, junto con la casulla que él mismo llevó. Quizás se trate de la misma casulla que le envió su gran amigo Nepotiano, sobrino de Heliodoro, cuando se encontraba a punto de morir, como un precioso legado en prueba de su amistad. El propio santo dice en el epitafio que posteriormente escribió sobre él y que dedicó a dicho tío: «Esta casulla que utilicé en el santo ministerio del altar de Cristo, envíasela a mi amado, mi padre por edad y mi hermano por cargo, y, por todo el afecto que sientes hacia tu sobrino, entrégasela a aquel a quien amas tanto como a mí». Al pronunciar estas palabras, se desmayó, aferrándose a la mano de su tío y llevándome en su recuerdo”.
“Era hábil – continúa Sigüenza – en el manejo de todas las cosas que estaban a su cargo y que pertenecían al culto divino, manteniéndolas todas escrupulosamente limpias. Consideraba que la iglesia era el palacio del más exaltado de los reyes, y la mesa, la del más grande de los señores. Conocía bien el respeto descrito en el Antiguo Testamento hacia el Santo de los Santos, que no era más que la sombra de estas cosas presentes, y juzgaba que toda diligencia era muy poca. No podía soportar a quienes, en este aspecto, eran descuidados y carecían de decoro; por el contrario, sentía gran deleite cuando encontraba a alguien que destacara en estos asuntos; admiraba enormemente a este mismo sacerdote Nepotiano por esta cualidad de circunspección y esmero en su oficio (…). He incluido esto aquí, no solo porque en sí mismo irradia todo lo que es fresco, bello y agradable, y para que podamos ver cuál era el cuidado y la piadosa inclinación que nuestro santo tenía hacia todas estas cosas (lo cual, en verdad, era mi propósito), sino para que, de paso, consideremos cuán impíos son aquellos que reprenden todo lo que ven en la iglesia en cuanto a ceremonias sagradas y ornamentación, diciendo que todas estas cosas son novedades y de escaso fruto, cuando en realidad se han utilizado desde los tiempos primitivos, se han fomentado y multiplicado, y están bien arraigadas y aceptadas, desde la época de san Jerónimo hasta nuestros días —incluso las costumbres más insignificantes—, una verdad demostrada con erudición por quienes han escrito tratados en defensa de esta verdad contra los monstruos de estos tiempos (una referencia a los «reformadores» protestantes).
Y concluye Sigüenza: “Es precisamente porque San Jerónimo fue tan meticuloso y estricto en lo relativo al culto divino que ha resultado, como por herencia, que su Orden y sus hijos espirituales se distingan por este mismo amor a la limpieza y el extremo cuidado en el servicio divino, y aun así se consideran muy por debajo de lo que debería ser. Fomenta la devoción contemplar el orden y la limpieza impecable de los altares, las sacristías y los templos de esta Orden; mientras que destruye por completo la devoción ver el descuido de todas estas cualidades en muchos lugares de culto, y en un asunto en el que todo cuidado resulta insuficiente; y es una conclusión acertada cuál debe de ser la vida interior del alma cuando el exterior se descuida así”.
Quedamos así con la duda, a la espera de nuevas informaciones, de si San Jerónimo sí celebraba la santa Misa en Roma, pero dejó de celebrarla siendo ya monje en Belén
***
Nos queda por ver cómo San Jerónimo estuvo rodeado de vírgenes y viudas consagradas a Cristo, que fueron sus discípulas; mujeres consagradas que eligieron la vida solitaria o la vida común, cenobítica.
Para no alargar más el texto de hoy, lo expondremos en un texto por separado.