La Iglesia celebra este domingo 20 de septiembre la memoria de san Andrés Kim Taegon, san Pablo Chong Hasang y sus compañeros mártires, representantes de las generaciones de católicos que entregaron la vida durante las persecuciones sufridas por el cristianismo en Corea entre los siglos XVIII y XIX.
Su historia presenta una particularidad excepcional dentro de la evangelización: la comunidad católica coreana comenzó a formarse por iniciativa de laicos que conocieron la fe a través de libros cristianos llegados desde China. Cuando finalmente consiguieron establecer contacto con sacerdotes, ya existían bautizados y comunidades que deseaban incorporarse plenamente a la Iglesia.
Entre los mártires canonizados figuran el primer sacerdote coreano, Andrés Kim Taegon, y el laico Pablo Chong Hasang. Junto a ellos fueron elevados a los altares hombres y mujeres de distintas edades y condiciones sociales.
Una Iglesia que comenzó con los laicos
El cristianismo había tenido contactos anteriores con la península, pero el nacimiento de una comunidad católica estable se produjo de una manera poco habitual.
Intelectuales coreanos entraron en contacto durante el siglo XVIII con escritos cristianos procedentes de China. Aquellos textos despertaron el interés por la doctrina católica y algunos comenzaron a estudiarla y practicarla antes de disponer de sacerdotes propios.
Uno de los acontecimientos decisivos se produjo cuando Yi Seung-hun viajó a Pekín, recibió el bautismo y regresó a Corea en 1784. A partir de entonces la nueva comunidad comenzó a crecer.
Los primeros católicos trataron incluso de organizar por sí mismos determinados aspectos de la vida eclesial. Cuando comprendieron que la celebración de los sacramentos y el ministerio sacerdotal requerían el sacramento del Orden, buscaron establecer contacto con la jerarquía católica y pidieron que fueran enviados sacerdotes.
La persecución
La nueva religión chocó pronto con el orden político y social de la dinastía Joseon.
La negativa cristiana a determinadas prácticas rituales relacionadas con el culto a los antepasados fue interpretada como una amenaza al sistema confuciano sobre el que descansaba buena parte del orden social.
Comenzaron entonces sucesivas persecuciones.
Durante décadas murieron obispos, sacerdotes, catequistas, familias enteras y numerosos laicos. La persecución no consiguió extinguir la comunidad y, en determinados períodos, la Iglesia continuó existiendo durante años con un número muy reducido de sacerdotes.
Andrés Kim, el primer sacerdote coreano
Andrés Kim Taegon nació en 1821 dentro de una familia cristiana. Su padre, Ignacio Kim, también murió mártir.
El joven Andrés fue enviado a formarse para el sacerdocio y fue ordenado en 1845, convirtiéndose en el primer sacerdote católico coreano.
Su ministerio fue extraordinariamente breve. Trabajó para facilitar la entrada clandestina de misioneros en Corea, pero fue detenido en 1846.
Tenía apenas 25 años cuando fue ejecutado.
Su figura quedó unida para siempre a aquella primera Iglesia coreana que había sobrevivido durante décadas entre persecuciones, clandestinidad y escasez de sacerdotes.
Pablo Chong Hasang, el laico que pidió sacerdotes para Corea
Pablo Chong Hasang representa la otra característica fundamental de aquella Iglesia.
Era laico e hijo de un mártir. Durante años realizó peligrosos viajes y gestiones para conseguir que sacerdotes pudieran entrar en Corea y atender a los católicos.
Sus peticiones contribuyeron al establecimiento de una estructura eclesial más estable y a la creación del Vicariato Apostólico de Corea.
Fue detenido durante la persecución de 1839 y ejecutado después de defender su fe.
San Juan Pablo II canonizó en Seúl en 1984 a 103 mártires coreanos, encabezados por Andrés Kim Taegon y Pablo Chong Hasang. Era la primera canonización celebrada por un Papa fuera de Roma en la época moderna.
Francisco volvió sobre esta historia durante su viaje a Corea en 2014, cuando beatificó a otros 124 mártires y recordó la fecundidad de aquella primera comunidad cristiana.
Una de las historias más singulares de la evangelización
La memoria litúrgica de este 20 de septiembre no recuerda únicamente a un sacerdote mártir o a un grupo de cristianos perseguidos.
Recuerda también una circunstancia poco común en la historia de las misiones: una Iglesia local cuya primera semilla no fue plantada directamente por misioneros extranjeros, sino por coreanos que descubrieron el Evangelio, buscaron comprender la doctrina católica y comenzaron a transmitirla entre sus compatriotas.
Los sacerdotes llegarían después. Y cuando llegaron encontraron algo extraordinario: una comunidad que ya los estaba esperando.