Hoy se cumplen 180 años de la aparición de Nuestra Señora de La Salette, uno de los grandes acontecimientos marianos del siglo XIX. En 1846, dos jóvenes pastores franceses, Maximin Giraud y Mélanie Calvat, afirmaron haber encontrado en los Alpes a una «Bella Señora» que lloraba y que les confió un mensaje de conversión destinado a «todo su pueblo».
La aparición fue reconocida cinco años después por el obispo de Grenoble, monseñor Philibert de Bruillard, tras una investigación canónica. Desde entonces, La Salette se convirtió en un importante santuario mariano y su mensaje quedó particularmente asociado a la penitencia, la santificación del domingo y el respeto al nombre de Dios.
El Santuario de Nuestra Señora de La Salette, situado a unos 1.800 metros de altitud en el departamento francés de Isère, conmemora este sábado el 180 aniversario de esta aparición.
Una Virgen que lloraba
El 19 de septiembre de 1846, Maximin, de 11 años, y Mélanie, de 14, cuidaban ganado en las montañas próximas a La Salette-Fallavaux.
Según el relato posteriormente examinado por la autoridad eclesiástica, ambos vieron primero una intensa luz y después a una mujer sentada con el rostro entre las manos y llorando. La «Bella Señora», como la llamaron inicialmente los niños, se levantó y comenzó a hablarles.
El mensaje no estuvo centrado en predicciones extraordinarias, sino en pecados muy concretos de la vida cristiana de la época.
La Virgen lamentó especialmente la profanación del domingo y el uso irreverente del nombre de su Hijo. También llamó a la oración, la conversión y la penitencia.
La referencia al domingo tenía entonces una dimensión especialmente concreta. La progresiva transformación económica y social de la Francia del siglo XIX había contribuido al abandono del descanso dominical y de la asistencia a Misa entre sectores de la población.
En La Salette, ambas cuestiones —el domingo y la blasfemia— aparecen presentadas no como simples incumplimientos disciplinarios, sino como señales del alejamiento del hombre respecto de Dios.
«Hacedlo saber a todo mi pueblo»
La aparición concluyó con un encargo que se convertiría en una de las frases características de La Salette: el mensaje debía ser transmitido.
Los niños contaron lo sucedido y la noticia se extendió rápidamente. Peregrinos comenzaron a acudir al lugar, mientras la diócesis abrió una investigación destinada a determinar la credibilidad de los hechos.
El 19 de septiembre de 1851, exactamente cinco años después de la aparición, monseñor de Bruillard declaró que la aparición de la Santísima Virgen a los dos pastores reunía los signos de verdad y que los fieles podían considerarla cierta.
La aprobación eclesiástica se refiere a la aparición y al mensaje público transmitido conjuntamente por Maximin y Mélanie. Conviene distinguirlo de los llamados «secretos de La Salette», textos posteriores cuya historia y distintas versiones suscitaron controversias y que no forman parte en el mismo sentido del mensaje aprobado de la aparición.
Penitencia, oración y regreso a la Misa dominical
La fuerza del mensaje de La Salette reside precisamente en su sencillez. La Virgen pide volver a prácticas elementales de la vida cristiana: respetar el día del Señor, evitar la blasfemia, rezar, hacer penitencia y convertirse.
También pregunta a los niños si rezan bien y los exhorta a hacerlo al menos por la mañana y por la noche, aunque sea brevemente cuando no puedan hacer más.
No se trata, por tanto, de una espiritualidad construida alrededor de lo extraordinario. La llamada de La Salette conduce a los mandamientos, la oración y la vida sacramental.
La imagen de María llorando añade al mensaje un rasgo que ha marcado profundamente la iconografía del santuario: la Madre que muestra dolor ante el pecado de sus hijos y los llama nuevamente hacia Cristo.
180 años después
El santuario celebra este sábado el aniversario con una Misa solemne y diversos actos de oración. Está prevista una celebración a las 10.30 horas presidida por el cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella, seguida durante la jornada por oración, procesión mariana y adoración eucarística.
Han pasado 180 años desde aquel 19 de septiembre de 1846. El contexto social que conocieron Maximin y Mélanie ha cambiado radicalmente; la llamada que escucharon, sin embargo, permanece extraordinariamente sencilla: volver a Dios, santificar el domingo, abandonar la blasfemia, rezar y hacer penitencia.