Siete espadas gloriosas: los Dolores de María en sus Maitines

Siete espadas gloriosas: los Dolores de María en sus Maitines

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Cuando la Iglesia saborea un misterio, sin prisa, lo rodea de salmos, antífonas, lecciones y responsorios, contemplando la joya haciéndola girar lentamente bajo la luz. Así muestra esta sabiduría con los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, el 15 de septiembre, fiesta popularmente llamada en España de «los Dolores Gloriosos».

La expresión no es el título oficial latino —el Breviario dice Septem Dolorum Beatæ Mariæ Virginis—, pero distingue la celebración septembrina de la antigua fiesta de los Dolores situada en el tiempo de Pasión. Y el adjetivo es más hermoso: son dolores, sí; pero contemplados después de Pascua, iluminados por la victoria de Cristo; lágrimas que han entrado en la gloria; siete participaciones de María en la misión redentora del Hijo. La fiesta fue concedida a los Siervos de María en el siglo XVII, extendida por Pío VII a toda la Iglesia latina en 1814 y fijada definitivamente por san Pío X el 15 de septiembre, inmediatamente después de la Exaltación de la Santa Cruz.

Quisiera asomarme al viejo Maitines de esta fiesta tal como quedó en el último Breviario Romano tradicional, bajo las rúbricas promulgadas por san Juan XXIII en 1960, con sus tres nocturnos: nueve antífonas, nueve lecciones y ocho responsorios.

Ya el invitatorio parece convocarnos físicamente a entrar en la escena: Stemus iuxta crucem cum María Matre Iesu —«permanezcamos junto a la Cruz con María, Madre de Jesús»—, cuius ánimam dolóris gládius pertransívit: «Cuya alma atravesó la espada del dolor». No se nos invita solamente a mirar; se nos manda estar. Stemus: quedémonos, permanezcamos.

Una espada que empezó a herir mucho antes del Calvario

El invitatorio coloca al orante junto a María y a Jesús crucificado y recuerda inmediatamente la espada profetizada por Simeón. Los responsorios van desplegando, uno tras otro, los siete dolores de la vida de María: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida del Niño en Jerusalén, el encuentro con Jesús cargado con la Cruz, la Crucifixión, el cuerpo muerto recibido en sus brazos y, finalmente, la sepultura. No es sólo el dolor de una tarde; es una maternidad entera atravesada por la Redención.

La espada de Simeón no anuncia simplemente que María sufrirá mucho, sino que el destino del Hijo será también, misteriosamente, el de la Madre. Desde aquel momento, Nazaret queda bajo la sombra de la Cruz. La espada no cae de golpe el Viernes Santo: permanece suspendida durante treinta años sobre el Corazón materno.

Primer nocturno: la Hija de Sión aprende a llorar

Las tres primeras lecciones están tomadas de las Lamentaciones de Jeremías. Es una elección litúrgica de una fuerza extraordinaria. Los mismos acentos que resonaban sobre Jerusalén devastada se ponen ahora alrededor de María. La antigua Hija de Sión, sola, afligida y sin consuelo, es figura de aquella Mujer en Cuyo Corazón recaerá toda la contradicción levantada contra su Hijo. La liturgia Le presta las palabras inspiradas de Israel, sobrecogedoras: Plorans plorávit in nocte, et lácrimæ eius in maxíllis eius —«llorando, lloró durante la noche, y sus lágrimas quedaron sobre sus mejillas»—; o aquella inmensidad del sufrimiento: Magna est enim velut mare contrítio tua: «grande como el mar es tu quebranto».

También las tres antífonas preparan ese paisaje interior. La primera contempla cómo se multiplican los que atribulan al Justo: Multiplicáti sunt qui tríbulant me, multi insúrgunt advérsum me. María comienza a sufrir porque ve crecer alrededor de Jesús el cerco de la contradicción. La segunda habla de flechas preparadas en la oscuridad contra los rectos de corazón: Paravérunt sagíttas suas in pháretra, ut sagíttent in obscúro rectos corde. Antes de los clavos, las saetas invisibles del odio. La tercera confiesa una vida consumida en el dolor y unos años gastados en gemidos: Defécit in dolóre vita mea, et anni mei in gemítibus. Expresión estremecedora aplicada a aquella existencia exteriormente tan silenciosa que fue Nazaret.

Y entonces vienen los tres primeros responsorios. El primero hace oír directamente a Simeón: Tuam ipsíus ánimam pertransíbit gládius —«una espada atravesará tu propia alma»—. Es el dolor anunciado antes de ser padecido, quizá una de las formas más hondas del sufrimiento. Y la liturgia añade una palabra tomada de la desolación bíblica: Ne vocétis me pulchram, sed amáram; no me llaméis hermosa, sino amarga. El segundo lanza a la Sagrada Familia hacia Egipto: Surge, et áccipe Púerum et Matrem eius, et fuge in Ægýptum: levántate, toma al Niño y a su Madre y huye. La Madre del Mesías comienza su maternidad como refugiada, salvando de Herodes al Salvador del mundo. El tercero nos lleva a Jerusalén: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?». El latín conserva la sencillez desgarradora de la pregunta materna: Fili, quid fecísti nobis sic? Ego et pater tuus doléntes quærebámus te. «Tu padre y yo, doloridos, te buscábamos». Aquí no hay perseguidor, ni espada, ni sangre; sólo tres días sin Jesús. Basta. Para quien ama de verdad, perder a Cristo es ya un Calvario.

Segundo nocturno: morir con Él sin poder morir

En el segundo nocturno las antífonas penetran todavía más adentro. La cuarta compara el corazón con cera que se derrite dentro del pecho: Factum est cor meum tamquam cera liquéscens in médio ventris mei. No se rompe desde fuera, se deshace desde dentro. La quinta recuerda que Dios tiene delante de Sí cada lágrima: posuísti lácrimas meas in conspéctu tuo —«pusiste mis lágrimas ante tu mirada»—; ninguna lágrima de María cayó fuera de la mirada del Padre. La sexta dice que las lágrimas se han convertido en pan de día y de noche: Fuérunt mihi lácrimæ meæ panes die ac nocte. El dolor ya no es un episodio; se ha hecho alimento, atmósfera, compañía.

Las lecciones son de san Bernardo y contienen una de las páginas más altas de toda la tradición sobre la compasión de María. El abad de Claraval la llama mártir no en el cuerpo, sino en el alma: María Martyr in ánima. Cristo podía morir corporalmente; María —dice con audacia— podía «morir con Él en el corazón»: ista cómmori corde non pótuit? La lanza encontró muerto el cuerpo del Hijo, pero encontró vivo el corazón de la Madre. Y allí penetró. San Bernardo llega a decir que en Ella el afecto de la compasión —compassiónis afféctus— superó la sensación que habría producido el martirio corporal.

Los responsorios hacen avanzar la Pasión. El cuarto dolor ve a Jesús llevando la Cruz: Iesum baiulántem sibi crucem; y a las mujeres que lo siguen llorando: quæ plangébant et lamentabántur eum. Entre ellas, la tradición contempla a la Madre encontrándose con el Hijo en el camino del Calvario. No puede quitarle el madero: Le acompaña mientras lo lleva.

El quinto responsorio llega al Gólgota. Crucificaron allí a Jesús; su Madre permanecía junto a la Cruz: Stabat autem iuxta crucem Iesu Mater eius. No se dice que hablase, que gritase ni que se desmayase. Stabat. En pie, enhiesta, erguida, señorial, majestuosa, estaba. La gran acción de María es permanecer. Toda la teología de la compasión cabe en ese verbo.

El sexto desciende la Cruz hasta el regazo materno: José de Arimatea pide el cuerpo y la Madre lo recibe entre sus brazos. El responsorio lo dice con ternura casi plástica: Suo compléxu Mater excépit —«la Madre lo recibió en su abrazo»—. Belén se vuelve del revés: aquellas manos purísimas que en la nochebuena recibieron el Cuerpo recién nacido lo reciben ahora desfigurado y muerto. La primera y la última cuna son los brazos de María.

Del Fiat a la Cruz: el misterio de la cooperación de María

Aquí aparece la cuestión teológica que estos textos no formulan con terminología escolástica, pero sí contienen en germen: la cooperación singularísima de María a la Redención.

No comienza en el Calvario. Comienza en Nazaret. El Fiat de la Anunciación no fue solamente el permiso para que Dios habitara nueve meses en su seno; fue la aceptación de una maternidad mesiánica cuyo término era la Pascua. La que dijo fiat mihi secundum verbum tuum aceptó al mismo Cristo del pesebre, de Egipto, del Templo, de Nazaret, de la calle de la Amargura y del Calvario. El sí no fue retirado cuando la profecía de Simeón comenzó a hacerse realidad.

En ese sentido preciso, dependiente y absolutamente subordinado a la única Redención obrada por Cristo, se comprende por qué una larga tradición teológica empleó para María el título de Corredentora. No hay dos redentores, ni igualdad, ni insuficiencia alguna del sacrificio de Cristo. Significa que Dios quiso asociar de un modo enteramente singular a la Nueva Eva con el Nuevo Adán: primero dándole la carne en que habría de ser inmolado y después uniendo su voluntad, su fe, su amor y su dolor al sacrificio del Hijo.

Benedicto XV escribió en 1918 que María padeció con su Hijo y casi murió con Él, renunció por nuestra salvación a sus derechos maternos y lo ofreció en cuanto de ella dependía, hasta decir que con Cristo cooperó a la redención del género humano. Pío XII, en Mystici Corporis, describió a la nueva Eva ofreciendo al Hijo al Padre en el Gólgota junto con el holocausto de su amor y de sus derechos maternos.

Si la sorprendente y contestadísima nota doctrinal Mater Populi Fidelis de 2025, aun reafirmando expresamente la cooperación real, singular y activa de María desde la Anunciación hasta la Cruz, desaconsejó el uso del título Corredentora por el peligro de entenderlo como una duplicación de la única mediación salvadora de Cristo, no puede borrar, sin embargo, la realidad que aquellos viejos textos litúrgicos expresan con una fuerza difícilmente superable: María no es una espectadora junto a la Cruz; es la Madre creyente que consiente, ofrece, compadece y permanece, siempre recibiéndolo todo de Cristo y, enteramente dependiente de Él, corredimiendo con Él.

Tercer nocturno: de la herida a la esperanza

Las tres últimas antífonas llevan el dolor hasta su punto extremo, sin impedir entrar la luz. La séptima vuelve a la imagen del arco tensado contra el inocente: Intendérunt arcum rem amáram, ut sagíttent in occúltis immaculátum. María contempla cómo toda la malicia acumulada contra Cristo alcanza su blanco. La octava pone en sus labios la turbación del alma y esa pregunta que conoce todo el que ha sufrido: Ánima mea turbáta est valde: sed tu, Dómine, úsquequo? —«mi alma está profundamente turbada; pero Tú, Señor, ¿hasta cuándo?»—. No es desesperación; precisamente porque pregunta a Dios, continúa creyendo en Él. Y la novena da la respuesta: Deus adiútor in tribulatiónibus quæ invenérunt nos nimis: Dios es ayuda en las tribulaciones que nos han cercado. El último acento sálmico es la confianza.

Entre la psalmodia y las lecciones aparece además una pequeña joya que podría resumir toda una mariología de la compasión: se pide que por María bebamos la salvación de las llagas de Cristo. El original es hermoso por su concisión: Per te salútem hauriámus, Virgo María. — Ex vulnéribus Christi. «Por ti bebamos la salvación, Virgen María. — De las llagas de Cristo». De las llagas de Cristo, pero por María. Todo está admirablemente ordenado: fuente única, Cristo; asociación maternal, María.

Las tres últimas lecciones parten del Evangelio de san Juan y recurren a san Ambrosio. El santo obispo se fija también en el verbo decisivo: María estaba de pie. Stabat iuxta crucem Mater, et, fugiéntibus viris, stabat intrépida: «estaba la Madre junto a la Cruz y, mientras huían los hombres, permanecía intrépida». Mira las heridas de su Hijo y sabe —dice Ambrosio— que por ellas llegará la Redención a todos: Spectábat piis óculis Fílii vúlnera, per quæ sciébat ómnibus futúram redemptiónem. Sus ojos maternos contemplan las heridas por donde nosotros vamos a ser salvados.

El séptimo responsorio pregunta a la Madre qué sintió cuando José envolvió a su Hijo en la sábana y lo depositó en el sepulcro: Quis tibi sensus fuit, o Mater dolórum? Es el último de los siete dolores: ya no queda siquiera un cuerpo que abrazar. La piedra se cierra y María se queda con la fe desnuda.

Pero queda aún un octavo responsorio que, después de recorrer todos los dolores, pide que no olvidemos los gemidos de la Madre —In toto corde tuo gémitus Matris tuæ ne obliviscáris— para que se cumplan en nosotros la propiciación y la bendición, y la saluda como rosa primera de los mártires y lirio de las vírgenes: Martyrúmque prima rosa, Virginúmque lílium. Es el fruto espiritual de todos los Maitines: los dolores de María no se contemplan para cultivar el sentimentalismo, sino para introducirnos más profundamente en los efectos de la Pasión de Cristo.

Y después, sorprendentemente, el Te Deum, secreto último de estos «Dolores Gloriosos». Luego de Jeremías, de Simeón, de Egipto, de la búsqueda angustiosa, del camino de la Cruz, de los clavos, de la Piedad y del sepulcro, la Iglesia no termina llorando. Canta: Te Deum laudamus! El dolor cristiano, atravesado por la fe, desemboca en doxología.

Un tesoro litúrgico silenciado

La actual Liturgia de las Horas conserva, gracias a Dios, para el 15 de septiembre la extraordinaria lectura de san Bernardo sobre el martirio espiritual de María. Pero malbarató la construcción monumental de los antiguos Maitines: las nueve antífonas escogidas expresamente para iluminar el misterio, la sucesión de responsorios que recorren uno por uno los siete dolores, las Lamentaciones, la extensa lectura bernardina y el tríptico final de san Ambrosio. El actual Oficio de Lecturas es incomparablemente más breve, más pobre, más insípido.

Puede discutirse legítimamente sobre los principios generales que inspiraron la reforma litúrgica; pero resulta difícil negar que hubo una pérdida inmensa de materia bíblica, patrística, teológica y contemplativa. Se perdió no sólo cantidad de texto, sino una pedagogía. El viejo Breviario obligaba al sacerdote, al religioso, a la monja, a detenerse largamente ante el misterio. No le entregaba una idea sobre los Dolores de María: lo hacía caminar con Ella desde la espada de Simeón hasta la piedra del sepulcro.

Hay que volver a aquellas páginas, no por arqueología, ni por nostalgia, sino porque la Iglesia rezó con ellas durante generaciones y porque siguen enseñándonos algo que nuestra prisa espiritual olvida fácilmente: los misterios grandes no se despachan; se contemplan despaciosamente.

El 15 de septiembre María no nos pide que contemos sus lágrimas, sino que aprendamos su Fiat. El de Nazaret y el del Calvario son el mismo. Entre ambos caben Egipto, Jerusalén, treinta años de silencios, la calle amarga, tres horas junto a la Cruz, un Hijo muerto sobre las rodillas y una piedra cerrando un sepulcro. Siete espadas: un solo sí.

Sus Dolores son gloriosos porque ninguna espada consiguió separar su Corazón del de Cristo. María compadeció con Él hasta el final y cuando todos parecían tener razones para marcharse, Ella permaneció. Stabat. Y la mañana de Pascua descubrió que cada una de aquellas siete espadas había abierto en el Corazón de la Madre Corredentora un camino por donde nos llegaba la Redención de Jesucristo, único Redentor.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando