San Juan Crisóstomo, el obispo que hizo austero su palacio y terminó desterrado por enfrentarse al poder

San Juan Crisóstomo, el obispo que hizo austero su palacio y terminó desterrado por enfrentarse al poder

Cada 13 de septiembre la Iglesia recuerda a san Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla y doctor de la Iglesia, uno de los grandes Padres y predicadores de la antigüedad cristiana. Su empeño por reformar el clero, la austeridad de su vida, su atención a los pobres y la libertad con la que predicó ante los poderosos terminaron granjeándole numerosos adversarios y precedieron a los dos destierros que marcaron sus últimos años.

La «boca de oro» de la Iglesia antigua

Juan nació en Antioquía hacia mediados del siglo IV y recibió una sólida formación retórica. Después de recibir el bautismo abrazó una intensa vida ascética, que incluyó varios años de retiro, antes de regresar a Antioquía. Fue ordenado diácono y, posteriormente, sacerdote.

Fue precisamente durante sus años de ministerio sacerdotal cuando alcanzó una extraordinaria fama como predicador. Sus homilías, profundamente enraizadas en la Sagrada Escritura y dirigidas a la conversión concreta de quienes lo escuchaban, terminarían valiéndole el sobrenombre griego de Chrysóstomos, «boca de oro».

Benedicto XVI dedicó en 2007 dos audiencias generales a san Juan Crisóstomo y destacó la extraordinaria amplitud de la obra que dejó: 17 tratados, más de 700 homilías auténticas, comentarios a los Evangelios de san Mateo y san Juan y a las cartas de san Pablo, además de 241 cartas.

Su predicación no separaba la doctrina de la vida cristiana. Benedicto XVI destacó precisamente que Crisóstomo transmitía «la doctrina tradicional y segura de la Iglesia» y buscaba que el pensamiento expresado mediante la palabra se correspondiera con la vida.

A finales del año 397 fue llamado a ocupar la sede de Constantinopla y en 398 comenzó su ministerio episcopal en la capital del Imperio romano de Oriente.

Un palacio episcopal austero como ejemplo para el clero

Su llegada a una de las sedes más importantes de la cristiandad no significó el abandono de la austeridad que había caracterizado su vida.

Juan emprendió una reforma de la Iglesia de Constantinopla que alcanzó especialmente al clero. Como recordó Benedicto XVI, consideraba que «la austeridad del palacio episcopal debía servir de ejemplo» al clero, las viudas, los monjes, las personas de la corte y los ricos.

No se trataba únicamente de una preferencia personal por una vida sencilla. Crisóstomo exigía coherencia entre la predicación y la conducta, combatió los abusos y el lujo entre los eclesiásticos y destinó importantes esfuerzos y recursos a los necesitados.

Su actividad caritativa fue tan intensa que, según recordó Benedicto XVI, recibió también el apelativo de «el Limosnero». Durante su episcopado promovió instituciones destinadas a los pobres y enfermos y situó la caridad entre las responsabilidades fundamentales de su ministerio pastoral.

Para Crisóstomo, la atención al pobre nacía directamente de la vida cristiana. Sus homilías denunciaron con frecuencia la contradicción entre la abundancia de unos y la miseria de otros y llamaron a reconocer a Cristo en el necesitado.

Una predicación que terminó enfrentándolo con la corte

La misma coherencia que reclamaba a sus fieles la exigía al clero y a quienes ejercían el poder. Sus reformas y su predicación fueron creando una oposición cada vez mayor entre sectores eclesiásticos, familias acomodadas y miembros de la corte imperial.

A ello se sumaron complejas disputas eclesiásticas en las que desempeñó un papel decisivo Teófilo, patriarca de Alejandría, adversario de Crisóstomo.

En 403, el llamado Sínodo de la Encina depuso al obispo de Constantinopla y provocó su primer destierro. Crisóstomo pudo regresar poco después, pero las tensiones continuaron, especialmente con el entorno de la emperatriz Eudoxia.

En 404 fue expulsado nuevamente de Constantinopla y enviado a Cucusa, en la Armenia romana. Ni siquiera el destierro consiguió silenciarlo: desde allí mantuvo una abundante correspondencia con sus fieles y amigos.

Posteriormente se ordenó trasladarlo todavía más lejos, hasta Pityus, en la costa oriental del mar Negro. Benedicto XVI describió aquella decisión como una verdadera «condena a muerte».

Juan nunca llegó a su destino. Debilitado por las enfermedades y por las durísimas condiciones de la marcha, murió en Comana el 14 de septiembre del año 407. La tradición sobre sus últimos momentos ha conservado una última profesión de abandono en la Providencia: «Gloria a Dios por todo».

Ayuda a Infovaticana a seguir informando