Qué es el viático y por qué la Iglesia pide no esperar al último momento para recibirlo

Qué es el viático y por qué la Iglesia pide no esperar al último momento para recibirlo

Cuando un cristiano se encuentra próximo a la muerte, la Iglesia lo acompaña con los sacramentos que lo preparan para concluir su peregrinación terrena. Junto con la Penitencia y la Santa Unción ocupa un lugar particular el viático: la Sagrada Eucaristía recibida como alimento para el tránsito de esta vida a la eternidad.

La Iglesia pide que su recepción no se deje para los últimos instantes. El Código de Derecho Canónico establece expresamente que el viático «no debe retrasarse demasiado» y encarga a los pastores procurar que los enfermos lo reciban mientras conservan «pleno uso de sus facultades».

El viático, último sacramento del cristiano

El viático no es un sacramento distinto de la Eucaristía. Es la Sagrada Comunión recibida por quien se encuentra próximo al final de su vida, con una significación particular ante el último tránsito.

Así lo presenta el Catecismo de la Iglesia Católica en sus números 1524 y 1525, bajo el título «El viático, último sacramento del cristiano»: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático».

El Catecismo recuerda en este contexto las palabras de Cristo recogidas por san Juan: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). Recibida ante la proximidad de la muerte, la Eucaristía es presentada como sacramento del paso «de la muerte a la vida, de este mundo al Padre».

El nombre mismo de viático quedó vinculado en la tradición cristiana a la provisión para el camino. En este caso, el último camino: Cristo recibido sacramentalmente antes del tránsito a la eternidad.

No es lo mismo que la Extremaunción

El viático no debe confundirse con la Unción de los Enfermos, tradicionalmente denominada también Extremaunción. Son sacramentos distintos, aunque ambos pueden recibirse cuando un cristiano se aproxima a la muerte.

La Santa Unción tampoco está reservada exclusivamente a la agonía. Puede administrarse cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro por enfermedad o vejez y repetirse si, después de recuperarse, vuelve a enfermar gravemente o si su estado se agrava durante la misma enfermedad. Así lo recogen tanto el Catecismo como el Código de Derecho Canónico.

El Catecismo conserva también la explicación histórica del término Extremaunción. Con el paso de los siglos, señala, el sacramento fue administrándose cada vez más exclusivamente a quienes se encontraban a punto de morir, de donde procedió ese nombre. La actual disciplina de la Iglesia insiste en que el momento para recibirlo comienza antes de la agonía, cuando existe ya un peligro serio derivado de la enfermedad o la vejez.

Sus efectos tampoco se reducen al consuelo del enfermo. La Santa Unción concede una gracia particular de fortaleza, paz y ánimo; une más íntimamente al enfermo con la Pasión de Cristo; puede otorgar el perdón de los pecados cuando este no ha podido obtenerse mediante la Penitencia, y prepara al cristiano para el último tránsito.

Al referirse a este último efecto, el Catecismo emplea una expresión especialmente gráfica: la Unción constituye un «escudo para defenderse en los últimos combates antes de entrar en la Casa del Padre».

Confesión, Santa Unción y viático

La Iglesia ha rodeado tradicionalmente la muerte del cristiano de estos auxilios sacramentales. Cuando las circunstancias permiten recibirlos, Penitencia, Santa Unción y viático acompañan su preparación para la eternidad.

El Catecismo establece una analogía con el comienzo de la vida sacramental. Así como Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman los sacramentos de la iniciación cristiana, la Penitencia, la Unción y la Eucaristía como viático son los sacramentos que «preparan para entrar en la Patria» y «cierran la peregrinación».

Esta es la realidad que se encuentra detrás de la expresión tradicional «últimos sacramentos», aunque cada uno conserva su naturaleza propia.

Siempre que sea posible, el enfermo puede reconciliarse primero con Dios mediante la confesión sacramental. La Santa Unción lo fortalece y dispone para el último tránsito, y la Eucaristía recibida como viático constituye el alimento para ese paso.

El propio Catecismo señala que, cuando la Unción se administra a quien se encuentra próximo a morir, debe ofrecerse también la Eucaristía y afirma que esta «debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal».

Benedicto XVI volvió sobre esta relación en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis. Al tratar de los enfermos cuya situación se agrava, recordó que la Iglesia les ofrece, además de la Unción, la Eucaristía como viático y señaló que «es necesario asegurarle su recepción».

«No debe retrasarse demasiado el Viático»

La importancia de recibirlo a tiempo aparece expresamente recogida en la legislación de la Iglesia.

El canon 921 del Código de Derecho Canónico establece que «se debe administrar el santo Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte».

La importancia concedida a esta última Comunión es tal que, aunque el fiel haya recibido ya la Eucaristía durante ese mismo día, el Código considera «muy aconsejable» que vuelva a comulgar si sobreviene el peligro de muerte. Si este se prolonga, recomienda recibir nuevamente la Comunión en días distintos.

El canon 922 añade una indicación todavía más explícita: «No debe retrasarse demasiado el Viático a los enfermos».

Y precisa el motivo de esa diligencia: quienes tienen encomendada la cura de almas deben procurar que los fieles sean confortados con el viático «cuando tienen aún pleno uso de sus facultades».

La previsión evita que la llamada al sacerdote quede reservada necesariamente al momento en que el enfermo ha entrado ya en agonía, ha perdido la conciencia o no puede recibir la Sagrada Comunión.

Llamar al sacerdote antes de la agonía

No se trata únicamente de una conclusión extraída de las normas canónicas. Al explicar quién debe recibir la Unción, el Catecismo pide a los pastores y a toda la comunidad cristiana que ayuden a los enfermos y señala expresamente que los familiares deben animarlos a llamar al sacerdote para recibir el sacramento.

Avisarlo mientras el enfermo conserva sus facultades permite también, cuando las circunstancias lo hacen posible, que pueda confesarse y recibir conscientemente los sacramentos con los que la Iglesia lo prepara para la muerte.

La cuestión se hizo especialmente visible en España a comienzos de este año después del accidente ferroviario de Adamuz, en Andalucía. Sacerdotes que se desplazaron hasta el lugar para atender a las víctimas encontraron dificultades para acceder a algunos heridos graves.

El obispo de Córdoba, Jesús Fernández, lamentó posteriormente que la «confusión» entre las autoridades hubiera impedido en algunos casos administrar los últimos sacramentos.

Lea también: La confusión de las autoridades impidió administrar los últimos sacramentos a los heridos en Adamuz

De ahí que la Iglesia insista en no dejar estos sacramentos para cuando el enfermo haya perdido ya la conciencia. Recibidos a tiempo, puede confesarse, ser fortalecido por la Santa Unción y recibir finalmente a Cristo en la Eucaristía como viático para el paso a la vida eterna.

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