El Papa León XIV ha advertido este sábado de que el diálogo social no puede limitarse a evitar el conflicto o a reunir posiciones diferentes, sino que exige mantener la conversación incluso cuando aparecen intereses contrapuestos y las decisiones obligan a realizar «renuncias concretas». El Pontífice ha insistido además en que, para los cristianos, la fraternidad no nace únicamente de un acuerdo social, sino de una verdad anterior: «tenemos un mismo Padre».
León XIV ha pronunciado estas palabras durante la audiencia concedida en el Palacio Apostólico Vaticano a los participantes en el encuentro «Fratelli tutti: Diálogo socioambiental Norte-Sur», organizado por el CELAM y la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) y promovido por la Pontificia Comisión para América Latina. En su discurso ha abordado también el desarrollo tecnológico, la subsidiariedad, la Doctrina Social de la Iglesia y la necesidad de que el progreso esté subordinado a la dignidad de la persona y al bien común.
A continuación, reproducimos íntegramente el discurso de León XIV:
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
La paz esté con ustedes.
Saludo cordialmente Sus Eminencias, Excelencias, las autoridades eclesiásticas del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, la Conferencia Eclesial Amazónica y de la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos. Valoro la constancia con la que, junto con la Pontificia Comisión para América Latina, han sostenido durante cinco años este camino de diálogo socioambiental Norte-Sur.
Agradezco asimismo la presencia y el acompañamiento de los representantes de organismos internacionales, de los bancos regionales de cooperación, del mundo empresarial y de las fundaciones que han querido sumarse a este camino.
Doy también la bienvenida a los presidentes, vicepresidentes y secretarios generales de centrales sindicales y cámaras de empleadores de las Américas, así como a los responsables de las redes eclesiales de América Latina y el Caribe, de las Comunidades Organizadas de Norteamérica y de las redes universitarias de ambos hemisferios. Su presencia expresa la voluntad de continuar un diálogo que pueda traducirse en un camino hacia modelos de desarrollo más humanos, sostenibles y solidarios, capaces de proteger la dignidad de cada persona y de prestar una atención particular a quienes corren el riesgo de quedar al margen.
Este encuentro reviste un particular interés por la amplitud de los sectores representados y por la responsabilidad que muchos de sus participantes ejercen en ámbitos decisivos para la vida social, económica y cultural. Precisamente por ello, este espacio de diálogo puede ayudar a afrontar con mayor realismo desafíos que afectan al futuro común.
Al inicio de mi pontificado, al encontrarme con el Colegio Cardenalicio, recordé algunas notas fundamentales del camino que la Iglesia universal recorre, desde hace décadas, tras las huellas del Concilio Vaticano II. Entre ellas señalé la necesidad de un «diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo en sus diferentes componentes y realidades» (Discurso al Colegio Cardenalicio, 10 mayo 2025).
Dicho diálogo pertenece a la misión misma de la Iglesia, que ha recibido de Jesucristo el encargo de anunciar el Evangelio a todos los pueblos y de llevar su luz a las realidades concretas de cada tiempo. Su índole pastoral forma parte de su propia naturaleza y la compromete a mirar de frente la realidad de los hombres y mujeres a quienes es enviada. El imperativo del Evangelio de cuidar a los pobres exige, además, que esa mirada se dirija de modo particular hacia quienes padecen con mayor gravedad las consecuencias de los cambios sociales, económicos y tecnológicos.
Hace pocos días recordaba que la Iglesia está llamada a «asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo», entre ellas las que pueden acompañar a un progreso científico y tecnológico que abre unas posibilidades inéditas (Catequesis, 2 septiembre 2026).
Un compromiso así hunde sus raíces en el misterio mismo de la fe cristiana. Dios ha entrado en nuestra historia. En Jesucristo ha asumido nuestra humanidad y ha confiado a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio en medio de las circunstancias reales en las que viven los pueblos. Desde las Escrituras hasta los grandes Padres de la Iglesia, como san Ambrosio y san Agustín, la tradición cristiana ha aprendido a discernir dentro de la historia aquello que sirve verdaderamente al hombre y aquello que termina por volverse contra él.
Las novedades de nuestro tiempo nos colocan así ante una responsabilidad común. En Magnifica humanitas quise expresarlo con una imagen bíblica: estamos ante la posibilidad de «levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (n. 1). Por eso, ante el desarrollo tecnológico, la cuestión decisiva no es simplemente si aceptamos o rechazamos determinadas herramientas, sino qué humanidad queremos construir y qué lugar tendrá en ella cada persona. Una responsabilidad de tal magnitud supera las posibilidades de cualquier institución aislada. Por eso es necesario recuperar con nueva fuerza la lógica de la subsidiariedad (cf. n. 13), reconociendo la responsabilidad propia de cada actor y, al mismo tiempo, la necesidad de trabajar juntos.
Me alegra que la Iglesia en las Américas haya promovido este espacio de encuentro y cooperación para impulsar la Agenda de Responsabilidad Compartida Norte-Sur de Cooperación Multisectorial. Cuando instituciones públicas, empresas, trabajadores, universidades, comunidades y organizaciones sociales comparten sus conocimientos, sus capacidades y sus recursos al servicio del bien común, toma forma concreta una convicción que ha ido madurando en la Doctrina social de la Iglesia y que mis Predecesores han desarrollado de diversos modos: los grandes desafíos sociales requieren responsabilidad compartida, participación y colaboración entre los distintos cuerpos de la sociedad. El Papa Francisco expresó esta misma convicción al hablar de «amistad social» (cf. FT, 154).
Una agenda de responsabilidad compartida puede contribuir precisamente a que las diferencias legítimas no se conviertan en fragmentación. En mi primera Encíclica quise subrayar que el pluralismo necesita un principio de unidad y que le permita orientarse hacia fundamentos comunes y hacia el fin último de la persona (cf. MH, 10). La experiencia sinodal de la Iglesia puede ofrecer aquí una enseñanza: escuchar verdaderamente las diferencias no significa diluirlas, sino aprender a discernirlas y a buscar, desde ellas, aquello que puede servir al bien de todos. Este ejercicio resulta particularmente necesario en un tiempo en el que las narrativas polarizadas encuentran una amplificación inmediata y en el que el enfrentamiento puede convertirse fácilmente en instrumento de poder (cf. MH, 190). Frente a esa dinámica, el hecho mismo de que personas e instituciones tan distintas hayan decidido sentarse a una misma mesa ya contiene una responsabilidad. El diálogo verdadero exige algo más que cordialidad: obliga a permanecer en la conversación cuando aparecen intereses contrapuestos y cuando las decisiones reclaman renuncias concretas.
Para los creyentes, además, la fraternidad encuentra su fundamento último en una verdad que precede a cualquier acuerdo: tenemos un mismo Padre. Como recordaba Fratelli tutti, «sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad» (n. 272).
Las res novae de nuestro tiempo ponen en marcha un verdadero movimiento de «reflexión y acción» (MH, 174), que debe «ser guiado con previsión: por instituciones capaces de regular sin sofocar y proteger sin sustituir; por empresas que reconozcan el trabajo y la dignidad como medidas del éxito; por organizaciones intermedias y comunidades educativas que reconstruyan la confianza y las relaciones; y por ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la moderación, el discernimiento y el sentido de la verdad» (MH, 181).
«No tengan miedo» es una exhortación que mis predecesores repitieron en momentos decisivos de la vida de la Iglesia. También yo quisiera hacerla mía hoy, pues «no debemos dejarnos intimidar por las tensiones o las diferencias, porque pueden convertirse en fuerzas creativas cuando son guiadas por la responsabilidad compartida» (MH, 13).
La Doctrina Social de la Iglesia ofrece una ayuda inestimable a este respecto. Muchas de las organizaciones aquí presentes la conocen, la estudian y ayudan a difundirla. «No es un manual de principios y normas que deben aplicarse, sino un proceso de discernimiento compartido» (MH, 27). Sus principios no sustituyen las decisiones que ustedes deben tomar; más bien ofrecen criterios para juzgar si esas decisiones respetan verdaderamente la dignidad humana y sirven al bien común.
Por esta razón, el valor de los puntos de consenso que puedan alcanzarse no se medirá únicamente por el número de personas que los respalden. Se reconocerá por los intereses que sean capaces de proteger y, particularmente, por el impacto que tengan en la vida de quienes disponen de menos poder para defenderse.
Los principios de la justicia social ofrecen aquí un criterio decisivo. Un orden social, económico y político puede llamarse verdaderamente humano cuando permite que todos —«particularmente los más débiles— puedan vivir una vida verdaderamente digna, sin dejar a nadie atrás» (MH, 77).
Al final de Magnifica humanitas reflexioné sobre la figura del profeta Nehemías. Ante una Jerusalén en ruinas, escuchó el sufrimiento de su pueblo, lo llevó ante Dios, discernió lo que debía hacerse, buscó los recursos necesarios y organizó un proyecto que solo podía realizarse con la participación de muchas personas (cf. MH, 241).
Quisiera proponerles esa misma imagen para el trabajo que están realizando. También en nuestro tiempo grandes edificios se han derrumbado allí donde el progreso deja de servir a la persona, donde el trabajo pierde su dignidad, donde comunidades enteras son dejadas de lado o donde la tecnología termina profundizando las divisiones que debería ayudarnos a superar.
Como Nehemías, están llamados a «entrar en las obras de construcción de la historia —laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales— para reconstruir lo que se ha derrumbado y proteger lo que está amenazado» (MH, 241). Además, los invito a dejarse interpelar por los signos de los tiempos y a acoger las aportaciones de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas para discernir posibles caminos a seguir.
La negociación forma parte de ese trabajo y de una «mejor política» capaz de buscar el bien común por encima de los intereses particulares (cf. FT, 154). Por ello, los animo a cultivar una sana «cultura de la negociación» (cf. MH, 221), capaz de abrir caminos allí donde las diferencias parecen cerrar toda posibilidad de encuentro. De este modo podrán contribuir también a la diplomacia de la paz que nuestro mundo necesita.
Nehemías no reconstruyó Jerusalén solo. Convocó a su pueblo y cada uno trabajó en la parte cuya construcción le correspondía. Ahora les toca a ustedes reconocer qué parte de esta obra compartida les ha sido confiada. Que el progreso de nuestro tiempo no deje nuevas ruinas a su paso y que cuanto construyamos sea verdaderamente un hogar y un refugio para todos, comenzando por los más necesitados.
Muchas gracias.