El papa León XIV ha pedido este jueves que los seminarios sean «una escuela de los afectos» y ha reclamado a los formadores que acompañen a los futuros sacerdotes mediante relaciones «auténticas, personales y comunitarias, hechas de verdad y de caridad». El Pontífice ha insistido además en la necesidad de una formación sin «atajos» y ha rechazado que el seminario pueda considerarse «un lujo» o «una institución superada».
León XIV ha realizado estas consideraciones durante la audiencia concedida en el Palacio Apostólico Vaticano a los seminaristas del Pontificio Seminario Regional de Apulia «Pío XI», de Molfetta, y del Seminario Episcopal de Aversa, ambos en Italia. En su discurso, el Papa ha situado la relación con Dios en el centro de la formación sacerdotal, ha destacado la fraternidad y la dimensión eclesial de la vocación y ha recordado que el seminario prepara al futuro sacerdote para ser enviado a las familias, los jóvenes, los ancianos, los marginados y quienes «han perdido el sentido de la existencia».
A continuación, el discurso completo del papa León XIV:
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros.
Queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes, seminaristas y familiares:
Ante todo, os agradezco de corazón vuestra presencia aquí hoy.
Venís de dos caminos distintos y de dos tierras diferentes, pero este año vuestras casas celebran juntas un aniversario. En Molfetta conmemoráis el primer centenario de la nueva sede, querida por el papa Pío XI, cuyo nombre lleva vuestro seminario, mientras que en Aversa celebráis el tricentenario de la apertura de la sede actual.
Al encontrarme con vosotros, deseo subrayar una dimensión de vuestro itinerario formativo: la relación con Aquel que os ha llamado. El estudio, la disciplina y las etapas del camino son elementos importantes que hay que tener muy presentes, pero solo tienen valor si están fundamentados en la relación con Dios.
San Marcos, en su Evangelio, cuenta que Jesús «subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó a doce —a los que llamó apóstoles— para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14).
En estas pocas palabras está ya todo. Deteniéndonos en esta breve perícopa podemos descubrir una admirable síntesis de la experiencia válida para todo aquel que ha sido llamado, para todos aquellos que desean profundizar en la verdad de su vocación. Está el monte que hay que subir, donde alcanzar a Cristo y, sobre todo, donde permanecer junto a Él. El corazón de la experiencia del seminario está todo aquí: aprender a estar con el Maestro, el Señor Jesús.
El evangelista refiere que el Señor «llamó a los que quiso» y pone inmediatamente de relieve la libertad de Dios, de la que brota toda vocación. No hay un concurso, no hay una clasificación, ni está escrito que eligiera a los mejores: eligió a los que quiso. En un mundo que se afana tanto por celebrar la autorrealización personal, es verdaderamente importante reafirmar que ninguno de vosotros y ninguno de nosotros está aquí porque se lo haya merecido, sino únicamente por una libre elección de Dios Padre, signo y prenda de un amor gratuito que siempre nos precede y que nunca defrauda.
Queridísimos seminaristas, vuestra misma presencia en el seminario es un signo de esperanza para toda la Iglesia. No de un vago optimismo, sino de la certeza de que el Señor llama siempre, en cada época de la historia y en cada lugar. Al mirar a cada uno de vosotros, contemplo la maravilla de Dios, que nunca se cansa de susurrar al corazón de los jóvenes la belleza de entregar la vida por Él y por la Iglesia.
Toda vocación nace de un diálogo íntimo con Dios, cultivado en el silencio y en la oración, que a menudo tiene lugar «a pesar del ruido a veces ensordecedor del mundo» (León XIV, Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026). Es allí donde se decide todo, y para que ese diálogo tenga lugar es necesario aprender a estar con Él.
Tenéis muchos ejemplos, pero creo que para todos vosotros el venerable obispo don Tonino Bello muestra con particular claridad qué significa ser sacerdote y ser obispo: no con las palabras, sino en cada gesto y en cada decisión, y dando testimonio de ello hasta el final.
Por eso, el tiempo del seminario sigue siendo necesario, hoy no menos que ayer. En un mundo que tiene prisa y que mira con sospecha toda pausa prolongada, se podría pensar que es un lujo o una institución superada, pero no es así. Precisamente porque nuestro tiempo es rápido y ruidoso, hace falta un lugar y una etapa de la vida en los que se aprenda a permanecer, a discernir, a dejarse formar sin atajos. El seminario no es un aplazamiento de la misión, sino su condición. No lo infravaloréis.
Después de haber escuchado la voz del Señor, en efecto, hay que alcanzarlo y subir al monte, y esto a veces puede resultar fatigoso, porque se sube a pie, en algunos momentos con la respiración entrecortada, sin ver todavía la cima.
Sin embargo, el esfuerzo de la vida espiritual está sostenido por la belleza de la fraternidad y de compartir la misión. En efecto, en el monte Jesús no llama a un solo hombre, sino a doce, de personalidades muy diferentes y a veces improbables a nuestros ojos. El Señor los reúne, los mantiene unos junto a otros, para que aprendan que la Iglesia se vive juntos: no es propiedad de ninguno de nosotros y todos estamos llamados a amarla y servirla como un único cuerpo. Vosotros, que venís de Molfetta, lo experimentáis de manera particular, pues en el seminario regional la comunión entre las Iglesias de Apulia no es un ideal, sino una amistad concreta que nace durante estos años y que os acompañará como presbíteros durante toda la vida.
Porque, así como «ningún pastor existe solo» (León XIV, carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, 8 de diciembre de 2025, 15), tampoco un seminarista puede concebir un camino privado con el Señor: debe sentir y experimentar siempre la belleza de la mediación eclesial. El seminario, por tanto, antes incluso que un lugar donde adquirir conocimientos, «debería ser una escuela de los afectos» (ibid., 12). Y a vosotros, queridos formadores, os pido que seáis los primeros maestros de ese cuidado y de esa fraternidad que se manifiestan en relaciones auténticas, personales y comunitarias, hechas de verdad y de caridad. No se improvisa como formador: el vuestro es un ministerio delicadísimo para el que hay que prepararse con ciencia, paciencia y amor.
Queda después el último paso: aquel en el que se baja del monte, porque el monte no es un refugio. Jesús no lleva a los Doce a lo alto para ponerlos a salvo, sino para que, después de haber experimentado a Dios, puedan ser enviados a comunicar al mundo esta novedad de vida.
Seréis llamados, por tanto, a bajar del monte para ser enviados a la gente de vuestras tierras: a aquellas familias que salen adelante con dificultad, a los jóvenes que a los veinte años hacen la maleta para buscar trabajo, a los ancianos solos, a los marginados, a quienes han perdido el sentido de la existencia. El sacerdote es enviado a todos para anunciar a todos la belleza de la fe en Jesucristo, la buena noticia de nuestra salvación. Es la salvación que nos ha sido dada por medio de María. Encomendaos a Ella, como a Aquella que fue la primera en hacer lo que hoy se os pide a vosotros. Pedid a María la gracia de aprender a decir cada día vuestro «sí» al Señor Jesús.
Queridísimos seminaristas, antes de despedirnos quiero daros las gracias. Gracias, en nombre de la Iglesia, por el «sí» que habéis pronunciado y que cada día volvéis a pronunciar: no es fácil ni se puede dar por supuesto en el mundo de hoy, y la Iglesia lo sabe bien.
Y deseo dirigir un agradecimiento particular a las familias aquí presentes. Una vocación nunca nace sin un contexto adecuado y a menudo necesita un hogar, unos padres que recen y que sepan dejar marchar. A vosotros, queridas familias, mi agradecimiento y el de toda la Iglesia.
Saludo y bendigo a los diáconos que serán ordenados presbíteros dentro de pocos días: os llevo en mi oración personal, para que seáis siempre discípulos fieles, alegres y valientes del Señor. Rezaremos por vosotros, todos.
Os bendigo a todos de corazón, junto con vuestros obispos, vuestros formadores, vuestras familias y aquellas comunidades que os esperan y que ya rezan por vosotros. Gracias.