Gregorio Magno y la música que nos civilizó

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Gregorio Magno y la música que nos civilizó

Hoy, en su fiesta, he puesto en mi canal de YouTube una breve homilía sobre dos aspectos de San Gregorio Magno: su papel primordial en la música sacra, tan elocuente frente al desastre musical que padecemos en no pocas iglesias, y su vertiente pastoral, plasmada admirablemente en la Regula Pastoralis, que enseña a los obispos que gobernar almas no consiste en administrar una diócesis. Algunos suscriptores han respondido amablemente, y uno de ellos ha escrito: «El canto gregoriano requiere dos cosas de las que el hombre contemporáneo carece: quietud y humildad». ¡Ahí está el quid, Nacho!

La tradición une el nombre de Gregorio Magno a la ordenación y transmisión del canto romano, aunque la historia posterior de lo que llamamos «gregoriano» sea más compleja que la ingenua imagen del Papa componiendo personalmente sus melodías bajo el dictado de la Paloma. Pero el símbolo es formidable: la Iglesia canta porque antes ha escuchado. El gregoriano no nace del deseo de entretener a una asamblea, provocar emociones o exhibir las cualidades del cantor o el autor, sino de la Palabra recibida, venerada y hecha música. Porque es teología cantada, su protagonista nunca es el intérprete: es Dios.

Pero el gregoriano es también una estupenda escuela antropológica: educa el oído frente al estrépito, la sensibilidad frente a la vulgaridad, el gusto frente a la banalidad, la respiración frente a la prisa, el alma frente a la dispersión. Pide las dos virtudes señaladas por mi amable comentarista: «quietud», porque sólo un corazón que sabe detenerse puede dejarse penetrar por su belleza; y «humildad», porque hay que aceptar una sabiduría recibida, sin pretender que cada generación tenga que inventar de nuevo el cristianismo, la liturgia, la belleza y hasta el buen gusto. No todo lo antiguo está muerto ni todo lo nuevo está vivo.

«El latín, el canto gregoriano, la sana doctrina… mucho se ha dejado atrás con la intención de “avanzar”», continúa el comentario, comparando tal «progreso» con una embarcación a la que se hubiesen quitado «el timón, las velas y los remos». La imagen no puede ser más exacta. Durante demasiados años se confundió renovación con amputación y sencillez con pobreza estética; se desalojó de muchas iglesias una música que había rezado durante más de un milenio para sustituirla por productos que envejecieron antes que quienes los compusieron. Y no fue sólo una pérdida musical: cuando se degrada la belleza del culto se empobrece también la idea de Dios y, a la corta, la del hombre.

Gregorio nos recuerda hoy que la Iglesia no necesita competir con el ruido del mundo sino ofrecer a este lo que no sabe producir: silencio, altura, continuidad, misterio, belleza y adoración. El gregoriano no nos retrotrae al pasado: nos devuelve el norte.

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