En abril de 1378 los romanos rodearon el cónclave con una reclamación muy suya, de caput mundi: o salía un papa romano, o al menos italiano, o no respondían de la integridad de los cardenales. Dieciséis electores, once de ellos franceses, votaron con la plaza aullando debajo y eligieron a un napolitano de curia, Bartolomé Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI y al que la tiara le agrió el carácter hasta extremos que sus contemporáneos describieron en términos clínicos.
Antes del verano, los cardenales franceses se habían retirado a Anagni; en agosto declararon nula la elección por coacción; el 20 de septiembre, en Fondi, eligieron a Roberto de Ginebra, que se llamó Clemente VII y se instaló en Aviñón. La cristiandad amaneció con dos cabezas.
No se discutía un dogma. La fe era la misma, los sacramentos los mismos, la Misa la misma: se discutía la validez de una elección, que es materia de canonistas, y sobre ella se partió Europa por costuras políticas. Francia, Escocia, Nápoles y, tras informaciones escrupulosas —Castilla llegó a instruir en Medina del Campo un proceso formal, con testigos del cónclave declarando bajo juramento, antes de decidirse—, los reinos peninsulares, Portugal aparte, por Aviñón; Inglaterra, el Imperio, Hungría y casi toda Italia por Roma. La Universidad de París colocó un arca para que cada maestro depositara por escrito su salida al cisma, y del escrutinio salieron las tres vías: cesión, compromiso, concilio. Los reyes ensayaron una cuarta, la sustracción de obediencia; y cuando en 1409 un concilio reunido en Pisa quiso zanjar el pleito deponiendo a los dos papas y eligiendo un tercero, el resultado fue que hubo tres. Cuarenta años duró la cosa. Generaciones enteras nacieron, comulgaron y murieron bajo un papa que la mitad de la cristiandad tenía por intruso.
El papa legítimo, Urbano, hizo torturar en Nocera a seis de sus propios cardenales; cinco no volvieron a ser vistos. El ilegítimo, Clemente, arrastraba desde su etapa de legado el apodo de carnicero de Cesena, ganado a pulso en 1377. La legitimidad, nos dice la historia, estaba en Roma; la ejemplaridad, desde luego, no estaba en ninguno de los dos tronos. La santidad, en cambio, estaba en las filas, y repartida: Catalina de Siena se consumió literalmente defendiendo a Urbano, murió en 1380 llamando demonios a los clementistas, y es doctora de la Iglesia.
Vicente Ferrer pasó treinta y ocho años en la obediencia equivocada, y no por inercia: escribió en 1380 un tratado defendiendo la validez de la elección aviñonesa, fue confesor de Pedro de Luna cuando este se convirtió en Benedicto XIII, y su prestigio de taumaturgo fue el principal activo de Aviñón en la península. El fraile que llenaba plazas predicando el Juicio sostenía con su santidad visible la causa que la historia declararía perdida. El 6 de enero de 1416, en Perpiñán, predicó ante la multitud que Benedicto XIII era el papa legítimo pero que, al negarse a renunciar para dar la paz a la Iglesia, Fernando de Aragón le retiraba la obediencia de sus reinos. Repárese en la finura del gesto: no negó la legitimidad; sustrajo la obediencia. Sacrificó su propia tesis, sostenida durante cuatro décadas, al bien superior de la unidad. Sin esa retirada, Constanza no habría podido cerrar el cisma. Lo canonizó en 1455 Calixto III, el Borja que un cuarto de siglo antes había negociado la rendición del último reducto aviñonés. Treinta y ocho años en el bando perdedor no fueron obstáculo: ni siquiera fueron materia del expediente.
Coleta de Corbie ni siquiera conoció el dilema: nació en 1381, dentro del cisma, y su papa fue siempre el de Aviñón. Benedicto XIII la recibió en Niza, le dio el hábito de Santa Clara y la facultó mediante bulas sucesivas para reformar la Orden. Diecisiete monasterios fundados o reformados, una rama entera de las clarisas viva hoy, descansan jurídicamente sobre el sello de un hombre al que la Iglesia llama antipapa. Nadie rehízo después el papeleo. Canonizada en 1807.
Y Pedro de Luxemburgo, que es el caso límite: obispo de Metz a los quince años, cardenal a los quince también, por nombramiento del antipapa y a petición de la corte francesa; muerto a los diecisiete, consumido por penitencias que asustaban a sus confesores; enterrado, a petición propia, en la fosa de los pobres de Villeneuve-lès-Avignon. Los milagros empezaron enseguida. La contabilidad devota llegó a apuntarle dos mil prodigios y trece resucitados en pocos meses; la cifra es piedad, no estadística, pero el fervor fue real, y Clemente VII lo explotó: levantó un monasterio junto a la tumba y dispuso que sus propios restos reposaran al lado, a la sombra del muchacho santo que acreditaba su causa. El proceso de canonización murió con su promotor. Lo beatificó en 1527 el otro Clemente VII, el Médici, que al reutilizar el número ya estaba dictando sentencia sobre el primero.
Porque así, por vía de hechos, resolvió la Iglesia lo que nunca definió por vía de dogma. Constanza depuso a unos, aceptó la renuncia de otro, eligió a Martín V el día de San Martín de 1417; Pedro de Luna se encerró en Peñíscola y murió a los noventa y tantos convencido de ser el papa, con el mar por corte. Después, la numeración fue haciendo justicia silenciosa: los números de los aviñoneses quedaron libres y otros papas los fueron reutilizando, hasta que en 1958 Roncalli, al llamarse Juan XXIII, liquidó con un gesto la última duda pendiente desde Pisa. Pero el veredicto de fondo no fue la numeración: fueron las canonizaciones.
La Iglesia elevó a los altares a fieles de las dos obediencias, y con ello enseñó una doctrina que ningún tratado formula mejor: cuando la confusión es objetiva, la buena fe salva; san Antonino de Florencia vino a concluir que si ni los santos lograron ponerse de acuerdo, era señal de que la cuestión excedía a los hombres. Dios no les tomó examen de eclesiología. Les tomó el de siempre: el de la caridad, la penitencia y el deber de estado.
Hoy hay, otra vez, cismas declarados, excomuniones, obediencias enfrentadas y una guerra en la que cada bando administra su certeza. Para ese paisaje, el siglo XIV deja un aviso central: la corrección político-eclesial no es la moneda con la que se compra la santidad. Se pudo ser santo predicando para el papa equivocado, reformando una orden con bulas de un antipapa, muriendo adolescente con un capelo inválido.
Pero el aviso tiene dos flancos, porque hay dos maneras de ahorrarse la búsqueda, y ninguna de las dos aparece en los altares. La primera es encogerse de hombros: el da-igual-el-bando, el indiferentismo de quien decide que la cuestión no le concierne. Contra ella basta Ferrer: escribió un tratado, tomó partido con toda su inteligencia, se jugó el prestigio; equivocarse tras buscar no es lo mismo que no buscar. La segunda es más fina y más moderna: delegar. Declarar verdadero cuanto emana del poder en cada momento, de modo que la verdad cambia de contenido con cada relevo sin que el delegante tenga que pensar nada. Aplicada al siglo XIV, esa postura habría producido verdad por geografía: Urbano papa en Londres, Clemente papa en París, y el viajero cambiando de vicario de Cristo al cruzar el Canal. Aplicada al nuestro, produce verdad por cronología: lo que era santo se vuelve nocivo y lo que era nocivo se vuelve santo sin que haya cambiado nada más que el titular, y se pide asentir a ambas cosas con el mismo fervor interior. A eso, en lógica, se le llama negar el principio de no contradicción. En teología no se le puede llamar fe, porque la fe asiente a lo que Dios ha revelado, no a lo que el boletín del día publique. Y llamarlo obediencia es un abuso: la obediencia que nunca cuesta nada, que jamás obliga a sostener una tesis incómoda ni a sacrificarla después, no es virtud; es comodidad con uniforme, aunque tenga programa en Radio María.
Los del siglo XIV no delegaron. Encuestaron testigos bajo juramento, llenaron arcas de pareceres, escribieron tratados, se excomulgaron con nombres y apellidos, y por eso su buena fe fue buena: porque era la buena fe de quien busca, no la buena conciencia de quien se ahorra la pregunta. Los moralistas distinguen desde antiguo la ignorancia invencible, que excusa, de la ignorancia afectada, que agrava: la del que podría saber y prefiere no saber. Coleta, nacida dentro del cisma, tuvo la primera. El siglo XIV canonizó la primera. Sobre la segunda no hay bulas.
Y Ferrer guarda la lección final, la que desarma a la vez al indiferente y al delegado: sostuvo su tesis treinta y ocho años y la sacrificó en una mañana, no porque dejara de creerla, sino porque pensó que la paz de la Iglesia valía más que su acierto. Buscó, se comprometió y se mantuvo lo bastante libre como para que su convicción no se convirtiera en ídolo.
Se puede hoy ser santo como padre de familia, como predicador incómodo, como monja que reforma, acertando o no en la gran pregunta del siglo, porque la gran pregunta del siglo casi nunca es la pregunta del examen. Pero el examen tiene una condición de admisión: haberse presentado.
Por cierto que durante cuarenta años de cisma, con dos y hasta tres papas maldiciéndose las obediencias, en Roma y en Aviñón se celebró la misma Misa, con el mismo canon, palabra por palabra. Aquel siglo tuvo dos papas y un solo altar. El nuestro tiene un solo papa y guerra en el altar. De aquello salieron santos por los dos lados. Lo nuestro está por ver.