Las palabras más duras que se han dicho contra las consagraciones de Écône no se han dicho en Religión Digital. Se dicen estos días en sacristías y grupos de WhatsApp, y las dicen católicos de misa diaria, que aman la liturgia y no le perdonan al pontificado una ambigüedad, azuzados a menudo por sacerdotes de buena fe que en las redes han cargado las tintas: que si los de Pagliarani son de una soberbia que asusta; que si han esperado a la llegada de León para lanzar un globo sonda y medir cómo están las aguas; que si hay que creerse mucho para erigirse en guardián de la Iglesia; que si, en el fondo, a todos los demás nos tienen por herejes. Cuatro cargos distintos y una sola premisa común: que las consagraciones del 1 de julio fueron un mensaje. No fueron un mensaje. Fueron logística. Y ahí empieza, precisamente, el drama.
Los números primero, porque son cortos. En 1988 Lefebvre consagró cuatro obispos. Williamson fue expulsado de la Fraternidad en 2012 y murió en enero de 2025. Tissier de Mallerais murió en octubre de 2024. Quedaban dos, «los dos únicos supervivientes» de aquella mañana, como escribió ACI Prensa la semana de Écône: Bernard Fellay, nacido en 1958, y Alfonso de Galarreta, nacido en 1957. Sesenta y ocho y sesenta y nueve años. Debajo de ellos, según los datos de la propia Fraternidad: 733 sacerdotes, 264 seminaristas, 798 lugares donde se celebra misa repartidos por 63 países, y ordenaciones cada mes de junio; diez sacerdotes nuevos el fin de semana inmediatamente anterior a las consagraciones, sin ir más lejos, la mitad de ellos en Zaitzkofen contra la prohibición expresa del obispo de Ratisbona. El orden sacerdotal y la confirmación requieren obispo. Sin obispos propios, toda esa estructura sacramental queda, en el plazo de una década o de un infarto, pendiente de la benevolencia discrecional de las mismas autoridades a las que la Fraternidad considera —es su palabra— imbuidas de un espíritu contrario a la fe. Para hacer esta cuenta no hace falta una eclesiología. Hacen falta dos partidas de nacimiento y un calendario.
Sirva la analogía doméstica, que es menos indigna de lo que parece: un padre de familia con los hijos crecidos y dos abuelos en casa no organiza la sucesión cuando entierra al segundo abuelo; la organiza cuando entierra al primero. Pagliarani enterró a Tissier en octubre de 2024. Todo lo que vino después —la carta a León de agosto de 2025 pidiendo audiencia, la segunda carta explicando que necesitaban obispos para el orden y la confirmación, el anuncio público del 2 de febrero con cinco meses de antelación, la negativa del 19 de febrero a un aplazamiento cuyas condiciones, a su juicio, prejuzgaban el resultado— es la conducta de un hombre que hace testamento. No la de un estratega que tantea.
Y aquí cae solo el segundo cargo. Un globo sonda es, por definición, barato y reversible: se lanza, se mide la reacción y se recoge. Esto costó todo lo que la Fraternidad tenía que perder: la excomunión latae sententiae de sus únicos seis obispos, declarada por Roma en cuarenta y ocho horas; la ruina de un capital de deshielo que había producido facultades para confesar válidamente en 2015 y para asistir matrimonios en 2017; la enemistad temprana de un pontificado que aún no ha cumplido dos años y al que le habría bastado esperar sentado. Quien quiere medir las aguas concede una entrevista, filtra un rumor, publica un artículo con seudónimo prudente. No consagra cuatro obispos ante las cámaras, en la casa madre, en la fiesta de la Preciosísima Sangre, repitiendo el gesto exacto que en 1988 costó dos décadas de intemperie. Si fue un cálculo político, fue un cálculo ruinoso, incomprensible, el peor de los disponibles. La explicación alternativa es más humillante para los analistas: no hubo cálculo. Hubo una tabla actuarial. La fecha no la fijó el cónclave de 2025. La fijaron dos esquelas.
El tercer cargo —¿quién te crees que eres para erigirte en guardián de la Iglesia?— merece que se lea el comunicado antes de contestarlo. Lo que la Fraternidad consagró el 1 de julio fueron, textualmente, obispos auxiliares «sin jurisdicción». El mismo comunicado lamenta haberlo hecho sin la autorización del Santo Padre y lamenta que su superior general no haya podido exponerle «filialmente» sus razones. El que se cree guardián de la Iglesia reclama jurisdicción, monta jerarquías paralelas o declara vacante la Sede. La Fraternidad lleva medio siglo haciendo exactamente lo contrario: nombra a León en el canon de cada misa, no reclama para sí territorio ni súbditos, y funda la validez de su ministerio en la jurisdicción suplida, una doctrina que presupone la emergencia y la provisionalidad, es decir, la negación misma de la autosuficiencia. La versión soberbia de esta historia existe, tiene nombre —sedevacantismo— y no ha tenido en cincuenta años adversario más constante que Écône. Pagliarani no reclama las llaves de la Iglesia. Reclama algo mucho más pequeño y mucho más comprometedor: el derecho de un superior a que sus hijos tengan quien los ordene y los confirme cuando él ya no esté.
¿Y por qué no fiarlo todo a Roma, como hace cualquier congregación con los obispos que Roma le da? Porque la garantía no la ofrece «Roma», que es una abstracción cómoda: la ofrecen hombres concretos, y conviene mirarlos uno a uno, que es lo que un padre hace antes de firmar. La advertencia del 13 de mayo que calificaba de acto cismático las consagraciones anunciadas lleva la firma del cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y autor, en 1995, de Sáname con tu boca. El arte de besar. No es un insulto: es una ficha bibliográfica. El custodio de la ortodoxia que conmina a Menzingen bajo pena de excomunión es el mismo teólogo cuya obra impresa incluye un tratado sobre el beso. El Papa al que Pagliarani pedía exponer filialmente sus razones es el mismo que el 1 de octubre de 2025, en Castel Gandolfo, flanqueado por Arnold Schwarzenegger, bendijo un bloque de hielo de Groenlandia de veinte mil años de antigüedad —«Señor de la vida, bendice esta agua»— mientras representantes de varios continentes vertían aguas de sus tierras en un cuenco común; el mismo del que circulan desde marzo unas fotografías de aquel mismo año 1995, arrodillado en lo que las actas de un simposio agustiniano de São Paulo describen, con pie de foto oficial, como «Celebración del Rito de la pachamama», sin que hasta la fecha haya llegado aclaración pública del interesado —defensas ajenas no faltan, de la inculturación a la costumbre agrícola; la que falta es la suya—; el mismo, en fin, cuyos nombramientos episcopales de 2026 celebraba esta misma semana Religión Digital preguntándose, con evidente satisfacción, y con bastante cacao en los datos, si estamos ante un Papa friendly con el colectivo LGBTQ. Cuando el elogio viene de la otra orilla, uno se ahorra la sospecha de caricatura.
Obsérvese la asimetría que un superior general está obligado profesionalmente a observar: Múnich promueve unas directrices de bendición contrarias al criterio declarado de Roma, veintiséis sacerdotes protestan por carta, y el cardenal Marx es recibido en audiencia días después, sin decreto, sin nota, sin plazo; entre los nombramientos que celebra Religión Digital figura un obispo para Eichstätt que apoyó las resoluciones del Camino Sinodal sobre esas mismas bendiciones. Écône consagra, y el decreto tarda cuarenta y ocho horas. No hace falta atribuir mala fe a nadie para registrar el dato: la desobediencia doctrinal operativa se administra con años de paciencia; la desobediencia canónica de signo tradicional, con horas. La pregunta de Pagliarani nunca fue si León es hereje, sino si esa Roma, la de esta asimetría, ofrece la estabilidad que haría razonable el riesgo de esperar a que muera Galarreta. Contestó que no. Puede haberse equivocado. Pero equivocarse en un juicio de riesgo no es soberbia: es la servidumbre de todo el que está obligado a juzgar.
Porque ese es el fondo del primer cargo, el que más buena fe arrastra y el que más cuidado merece. Hay que ser muy soberbio, se dice, para juzgar tú el momento. Es la misma lógica de quien presume de no tener enemigos: los enemigos no se eligen, te eligen; y las horas de la historia, tampoco. Hay generaciones de católicos a las que les toca el tramo fácil del camino: la ortodoxia viene puesta, la obediencia y la santidad señalan en la misma dirección, y basta dejarse llevar para llegar a puerto. Dichosos ellos, y no es ironía. Y hay generaciones a las que les toca el tramo en que las señales se contradicen entre sí, y Dios les exige un discernimiento, un juicio y una toma de partido en la que uno se mancha, se juega el nombre y puede errar. No son mejores que los otros; les tocó. Reprocharle a ese hombre que juzgue es reprocharle al centinela la guerra.
La soberbia, además, tiene una fenomenología reconocible: busca escenario, aplauso, absolución propia. Pagliarani pidió una audiencia en agosto de 2025 y obtuvo silencio; pidió exponer sus razones y obtuvo un decreto. En su sermón no se proclamó vencedor de nada: rechazó como falso el dilema de elegir entre la fe y la Iglesia, admitió que Roma y la Fraternidad «hablan dos lenguas distintas» y dijo que Dios les pedía ahora ser tratados como rebeldes. El soberbio se absuelve a sí mismo. Este aceptó la pena por adelantado.
Queda el cuarto cargo, el más íntimo: en el fondo nos tienen a todos por herejes. La declaración de la Fraternidad habla de autoridades «imbuidas» de un espíritu contrario a la fe, y ya se explicó en estas páginas que imbuido no es hereje: describe un ambiente que se respira por grados, no una pertinacia que se sentencia; quien ensancha el sujeto hasta el último párroco y endurece el predicado hasta la herejía formal está leyendo un texto que no existe. Pero también es verdad que la causa tradicionalista tiene sus hooligans, que tratan de comprometido a cualquier católico que comulgue en su parroquia de siempre y que le hacen a Menzingen el mismo favor que los ultras a su club. Concedido. Ahora repárese en el espejo: el católico que formula el cargo se presenta a sí mismo como respetuoso con la liturgia y crítico con las heterodoxias del pontificado. Es decir: comparte el diagnóstico. Lo que no comparte es la consecuencia. Esa discrepancia es legítima y es seria —versa sobre la prudencia, sobre el canon 1387, sobre la comunión visible—, y merece discutirse con argumentos de prudencia, de derecho y de eclesiología. Lo que no merece es despacharse con un adjetivo de confesionario ajeno.
Hay, por último, un precedente que los cuatro cargos ignoran y que es el que más incomoda: el juicio de Roma sobre 1988 no fue estable. Juan Pablo II habló de acto cismático y de excomunión en Ecclesia Dei; Benedicto XVI levantó aquellas excomuniones en 2009; Francisco dio a esos mismos sacerdotes facultades para confesar en 2015 y para asistir matrimonios en 2017. En cuarenta años, la calificación del mismo acto pasó de ruptura consumada a anomalía tolerada y sacramentalmente integrada, sin que la Fraternidad se moviera un milímetro del sitio donde estaba. No es un argumento de licitud: un delito no se vuelve lícito porque después se amnistíe. Es un argumento de perspectiva: quien hoy pronuncia sentencias definitivas sobre Écône haría bien en recordar que la última sentencia definitiva sobre Écône duró veinte años.
Lo que hubo en Écône el 1 de julio fue algo más antiguo y más simple que tantas letras vertidas: un padre que contó a sus obispos, contó a sus hijos, miró quién le abría la puerta en Roma y decidió que los segundos no podían quedar huérfanos a discreción de los terceros. Dentro de cuarenta años sabremos si con eso salvó el fuerte o abrió una brecha en la muralla; en 1988 también se tardó en saberlo, y Roma acabó levantando aquellas excomuniones y dando facultades a aquellos rebeldes. Mientras tanto, discútanle a Pagliarani el derecho, discútanle la eclesiología, discútanle la prudencia. La paternidad, no. Esa se le ve.