Lo que no publicamos

Lo que no publicamos

A esta redacción llega cada semana algún correo como los que no van a leer hoy. Firmados con seudónimo, escritos desde cuentas creadas para la ocasión, con miedo explícito a represalias. Cuentan dobles vidas de clérigos concretos, con nombres, parroquias y fechas aproximadas, y casi nunca con una sola prueba. No los publicamos. Este periódico no imprime rumores por verosímiles que suenen. Pero el flujo mismo es un hecho, y ese hecho sí es noticia.

Lo que revela ese flujo no es la verdad de cada caso, que ignoramos, sino algo previo: los fieles han dejado de usar los canales de la Iglesia. Escriben a un periódico porque han concluido que la cancillería es el lugar donde las denuncias van a morir. Casi todos los correos contienen una frase equivalente a esta: las actuaciones, si las hubo, se llevaron en secreto. Ese condicional lo resume todo. Ni el denunciante mejor informado sabe si su denuncia llegó a existir para la institución que debía tramitarla.

La discreción canónica tenía un propósito: proteger la fama del inocente mientras se averigua la verdad. Convertida en sistema permanente de gestión produce lo contrario. Cuando nada se aclara nunca, todo se vuelve plausible. El cura ejemplar carga con la sospecha que el encubierto no paga. La sotana entera queda bajo presunción de culpa, y esa presunción no la ha fabricado la prensa hostil sino la administración eclesiástica del silencio.

Lo más inquietante de estos correos no es lo que denuncian sino el tono. Nadie espera ya nada. Escriben como quien deja constancia, no como quien pide justicia. Dan por descontado que el señalado será trasladado, que el expediente no existirá o no se conocerá, que el obispo de turno administrará las apariencias. Una grey que asume la doble vida de parte de su clero como un dato del paisaje no se ha vuelto tolerante. Se ha vuelto escéptica, que es la antesala de la indiferencia. Y la indiferencia vacía los templos más deprisa que cualquier escándalo.

Escandaliza la incoherencia: la de quien predica lo que no vive y la de quien, debiendo vigilar, encubre. A los fieles se les puede pedir que perdonen al pecador, llevan dos mil años haciéndolo y lo hacen consigo mismos cada noche. Lo que no se les puede pedir es que financien y obedezcan un sistema diseñado para que nunca se sepa nada. Veritas liberabit vos, enseña el Evangelio. Las cancillerías practican otra máxima: que la verdad, si llega, llegue tarde, en secreto y sin consecuencias. En los boletines oficiales a eso lo llaman prudencia.

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