Las monjas de Suesa que simulan concelebrar Misa

Las monjas de Suesa que simulan concelebrar Misa

Un vídeo al que ha tenido acceso InfoVaticana muestra cómo, en el monasterio trinitario de Suesa (Cantabria), la comunidad de monjas rodea el altar con las manos extendidas durante la plegaria eucarística mientras el celebrante altera las palabras de la consagración: las feminiza, sustituye el «por muchos» por «por toda la humanidad» y reemplaza el mandato del Señor —»Haced esto en conmemoración mía»— por una fórmula de su cosecha. No es un episodio aislado: la propia comunidad lleva años teorizando y enseñando esta manera de celebrar, con aval de instituciones diocesanas. Todo ello sucede en la diócesis que gobierna Mons. Arturo Ros Murgadas.

En las imágenes, grabadas en la iglesia del Monasterio de la Santísima Trinidad de Suesa (Ribamontán al Mar, diócesis de Santander), el sacerdote no ocupa ningún lugar preeminente. Las religiosas, dispuestas en círculo alrededor del altar, extienden las manos durante la plegaria eucarística en el gesto epiclético reservado al sacerdote concelebrante. El efecto visual es inequívoco: una concelebración simulada en la que el ministro ordenado queda diluido en la asamblea.

El celebrante, además, no toma el pan ni el cáliz en sus manos al pronunciar las palabras de la consagración, como prescribe el Misal Romano. Sobre el pan, dice: «Tomad y comed todas de él». Y sobre el cáliz, esta es la fórmula que recoge literalmente el vídeo:

«Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y dándote gracias de nuevo, se lo pasó diciendo: Tomad y bebed todas de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotras y por toda la humanidad para el perdón de los pecados. Haced esto para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve».

Cuatro alteraciones en una sola fórmula

La comparación con el texto del Misal Romano revela al menos cuatro manipulaciones deliberadas.

La primera, la feminización de las palabras del Señor —«todas», «por vosotras»—, que redirige a la asamblea presente, una comunidad femenina, lo que Cristo pronunció en la institución de la Eucaristía sobre los Apóstoles.

La segunda, la sustitución del pro multis («por muchos») por «toda la humanidad», una traducción que la Santa Sede corrigió expresamente: la Congregación para el Culto Divino ordenó en 2006 recuperar la fidelidad al texto bíblico, y Benedicto XVI dedicó en 2012 una carta al episcopado alemán explicando por qué «por muchos» no es negociable.

La tercera, la alteración del relato de la institución: donde el Misal dice que «lo dio a sus discípulos», el celebrante dice que «se lo pasó», borrando de la narración a los discípulos —los Doce, a quienes el Señor confirió el sacerdocio en esa misma Cena— y sugiriendo un cáliz que circula horizontalmente por la asamblea.

Y la cuarta, la más llamativa: la supresión del mandato «Haced esto en conmemoración mía», sustituido por «haced esto para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve», un injerto tomado de Lucas 22, 27 que desplaza el memorial sacrificial de la Eucaristía hacia una lectura puramente diaconal y comunitaria. No es un matiz: el mandato de la conmemoración es precisamente el fundamento del sacerdocio ministerial y de la renovación sacramental del sacrificio. Eliminarlo del relato de la institución, en una celebración cuya escenografía ya difumina al sacerdote, es coherente con todo lo demás.

El canon 846 §1 del Código de Derecho Canónico es tajante: nadie puede añadir, quitar o cambiar nada por propia iniciativa en los libros litúrgicos. La Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) califica la alteración de las plegarias eucarísticas de abuso gravísimo (n. 59) y prohíbe expresamente que los fieles laicos —y las religiosas lo son a estos efectos— adopten gestos propios del sacerdote celebrante, precisamente para evitar toda apariencia de concelebración (nn. 52-53; cf. Ecclesiae de mysterio, art. 6).

No es una ocurrencia: es un programa

Lo que muestra el vídeo no sorprende a quien haya seguido la trayectoria pública de esta comunidad. En octubre de 2022, un grupo scout vizcaíno que pasó un fin de semana de retiro en el monasterio publicó una crónica entusiasta en la que describía, sin advertir problema alguno, exactamente lo mismo: «un coro monástico circular, sin espacios jerarquizados», «una comunidad femenina formando una circunferencia abierta» y el «uso de un lenguaje inclusivo» en las misas.

La propia comunidad lo teoriza abiertamente. En 2016 organizaron en el monasterio el taller «El gesto en la liturgia», difundido a través del boletín progresista Eclesalia, cuya convocatoria —firmada por la comunidad— proclamaba: «Ya va quedando atrás ese tiempo en el que la liturgia quedaba solo en manos del presbiterado» e invitaba a «atrevernos con otros gestos, otros símbolos», incluida «la danza comunitaria como hacía el mismo Jesús». El taller estaba coordinado por el jesuita Carlos del Valle junto a una monitora de «danza contemplativa». La web del monasterio mantiene una sección dedicada a estas danzas circulares, con vídeos en YouTube, que se practican en contexto orante.

Más llamativo aún es el aval institucional. El Instituto Diocesano de Teología y Pastoral (IDTP) de la diócesis de Bilbao ofrece el curso «Los marcos de la liturgia: creatividad y fidelidad», cuyo objetivo declarado es que las comunidades puedan «ser creativas y explorar los límites del canon litúrgico». La sesión dedicada a «la participación de la comunidad en la liturgia» está «dinamizada por la comunidad de monjas trinitarias de Suesa». Es decir: la comunidad no solo celebra así, sino que forma a agentes de pastoral en esta manera de entender la liturgia, con el paraguas de un instituto diocesano.

«Bajar de la mentalidad patriarcal»

El sustrato ideológico tampoco es un secreto. En junio de 2022, con motivo de la Jornada Pro Orantibus, la comunidad expuso en Religión Digital sus aportaciones al Sínodo: denunciaban una Iglesia «piramidal y jerárquica, donde las normas vienen de arriba», reclamaban «bajar de la mentalidad patriarcal para vivir en la horizontalidad de relaciones entre iguales» y sostenían que la participación de la mujer «en igualdad de condiciones en la Iglesia católica es una cuestión estructural, y no una reforma secundaria». Pidieron al Dicasterio para la Vida Consagrada «que deje pensar a las monjas, que no se les impongan criterios desde arriba».

La estética acompaña al discurso: las religiosas conservan el hábito trinitario con su cruz, pero han prescindido del velo, lo que les confiere una apariencia ambiguamente clerical —más cercana a la de un presbítero con alzacuellos que a la de una monja contemplativa—, coherente con la escenografía de la circunferencia en torno al altar. Televisión Española les dedicó un reportaje en el programa Pueblo de Dios cuyo título lo dice todo: «Suesa, en femenino y plural».

La responsabilidad de Mons. Arturo Ros

Todo esto ocurre en la diócesis de Santander, ya sacudida por el escándalo de Torrelavega, y cuyo obispo desde diciembre de 2023 es Mons. Arturo Pablo Ros Murgadas, nombrado por el papa Francisco tras su etapa como auxiliar de Valencia. El monasterio de Suesa, fundado en 1860 y erigido canónicamente en 1887 por el obispo Sánchez de Castro, depende de la vigilancia del ordinario del lugar en lo que a la sagrada liturgia se refiere: el canon 392 §2 obliga al obispo diocesano a vigilar «para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente acerca del ministerio de la palabra y la celebración de los sacramentos», sin perjuicio de las competencias de la Orden Trinitaria y del Dicasterio para el Culto Divino.

La iglesia del monasterio está abierta al público, con Eucaristía dominical a las 9 de la mañana. Las preguntas para el obispado son concretas: ¿conoce Mons. Ros la manera en que se celebra la Misa en Suesa? ¿Le consta que se altera sistemáticamente la fórmula de la consagración? ¿Sabe que esta comunidad de su diócesis ejerce de formadora litúrgica en la diócesis vecina de Bilbao? Y, si lo sabe, ¿qué medidas ha tomado?

Redemptionis Sacramentum recuerda que cualquier fiel tiene derecho a denunciar los abusos litúrgicos al obispo diocesano o directamente a la Sede Apostólica (nn. 183-184). Este periódico ha podido comprobar que las prácticas descritas no son fruto de la improvisación de un día, sino de un programa celebrativo asumido, teorizado y exportado. La pregunta, una vez más, es quién vigila y quién calla.

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