Roma lleva seis meses sin responder a los padres de Hamburgo. El programa entra en vigor mañana. La primera prueba seria de este pontificado no es doctrinal: es de gobierno.
Mañana, 20 de agosto, entra en vigor en los quince centros católicos de la archidiócesis de Hamburgo el marco de educación sexual titulado Männlich, weiblich, divers, treinta y tres páginas puestas en vigor por el vicario general Sascha-Philipp Geißler bajo el arzobispo Stefan Heße. Entrará en vigor con la denuncia canónica contra Heße durmiendo en el Dicasterio para los Obispos desde junio. Entrará en vigor seis meses después de que un grupo de padres entregase al nuncio en Berlín una carta dirigida personalmente al Papa pidiéndole que detuviera aquello. Entrará en vigor sin que León XIV haya dicho una palabra. Eso es lo que hay que juzgar aquí: no lo que Roma piensa, que ya lo sabemos, sino lo que Roma hace, que es nada.
Conviene medir bien la ironía, porque es de las que no se construyen: se encuentran. El dicasterio ante el que esos padres presentaron su queja contra su arzobispo es exactamente el que Robert Prevost dirigió desde 2023 hasta el cónclave que lo eligió. Nadie en el mundo conoce mejor que él los tiempos de esa casa, el modo en que un expediente se estudia, se remite, se espera, se archiva. Su prefecto actual, Filippo Iannone, es nombramiento suyo, el primero grande de su pontificado. De manera que cuando se dice que «Roma no ha respondido» se está diciendo algo más incómodo: que el aparato que el propio Papa gobernó y cuyo titular él mismo escogió ha dejado correr el calendario hasta que el calendario decidiera por él. Mañana ya no habrá nada que suspender. Habrá clases.
Y hay una segunda ironía, peor, porque esta consta por escrito. En Chiclayo, cuando el Estado peruano quiso introducir contenidos de género en las escuelas, el obispo Prevost declaró al Diario Correo que promover la ideología de género es confuso «porque busca crear géneros que no existen», y añadió que hablar de identidad y orientación sexual a un niño que no ha alcanzado edad suficiente de desarrollo genera mucha confusión. Aquello era un plan estatal, en un país que no era el suyo, sobre escuelas que no le pertenecían, y el obispo habló. Esto es un documento diocesano, firmado por un arzobispo que él puede remover, aplicado en colegios que se llaman católicos porque una autoridad eclesiástica consintió que se llamaran así, y el Papa calla. El canon 803 no es un adorno del Codex: exige que la formación impartida se apoye en los principios de la doctrina católica y reserva el nombre de escuela católica al consentimiento de la autoridad competente. Si ese nombre significa algo, alguien tendrá que explicar qué queda de él en Hamburgo a partir de mañana.
Se dirá, con la elegancia habitual, que Roma no puede microgestionar cada diócesis, que existe la subsidiariedad, que el obispo diocesano tiene competencia propia. Sería un argumento respetable si fuera constante. No lo es. En mayo, la Santa Sede hizo pública una carta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe al episcopado alemán rechazando la ritualización de las bendiciones a parejas del mismo sexo, y el cardenal Parolin salió a decir que era prematuro hablar de ciertas cosas. El instrumento existe. La mano existe. Lo que resulta selectivo es la voluntad. Roma corrige a los alemanes cuando la desobediencia es litúrgica y visible en Roma; los deja hacer cuando la desobediencia ocurre en un aula de primaria de Eimsbüttel y sólo la sufren doscientas familias sin altavoz.
Añádase el detalle que ninguna nota vaticana querrá recordar. Heße ofreció su renuncia en marzo de 2021 tras reconocer errores personales de procedimiento en la gestión de casos de abusos durante su etapa de vicario general en Colonia; Francisco la rechazó en septiembre de aquel año y lo mantuvo en Hamburgo. El prelado a quien se perdonó no haber protegido bien a los niños es hoy el prelado que impone, contra doscientos padres, médicos, docentes y juristas organizados, un marco cuya genealogía intelectual pasa por Uwe Sielert, discípulo de Helmut Kentler. La archidiócesis aceptó en febrero retirar esas fuentes del texto. Retiró los nombres. Nadie ha explicado qué hizo con las premisas. Y todo ello se rotula, sin que a nadie se le atragante, bajo la palabra prevención.
Por eso esto no es una polémica alemana más ni un episodio del Camino Sinodal. Es la pregunta entera del pontificado formulada en un caso pequeño y verificable: cuando unos padres católicos agotan todas las vías, hablan con su diócesis, escriben a su arzobispo, acuden al nuncio, se dirigen a la conferencia episcopal, apelan al Papa y presentan denuncia canónica ante el dicasterio competente, ¿ocurre algo? Si la respuesta es que no ocurre nada, entonces la apelación al Sucesor de Pedro es un trámite decorativo y la Iglesia que escucha es un eslogan de congreso. León XIV ha explicado que no piensa cambiar la doctrina sobre sexualidad y matrimonio y que no quiere alimentar polarizaciones. Le creemos en lo primero. Lo segundo es el problema: hay conflictos que no se desactivan callando, sino que se adjudican callando, y siempre al mismo lado.
Lo que este periódico exige es concreto y cabe en tres líneas. Que el Dicasterio para los Obispos responda por escrito a la denuncia presentada en junio. Que el marco quede suspendido mientras se examina. Que se diga, con firma y fecha, si un texto construido sobre premisas contrarias a la antropología cristiana puede regir centros que llevan el nombre de católicos. No pedimos un gesto. Pedimos un acto de gobierno, que es lo único que un Papa no puede delegar.
Mañana empiezan las clases. Ya veremos quién enseña.