Grave error litúrgico del cardenal de Madrid: altera el sentido de la consagración en la Misa de la Paloma

Grave error litúrgico del cardenal de Madrid: altera el sentido de la consagración en la Misa de la Paloma

El cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, protagonizó este sábado 15 de agosto un llamativo gesto durante la Misa solemne celebrada con motivo de la Asunción de la Virgen y de la festividad de la Virgen de la Paloma. Pueden ver el vídeo que ha provocando escándalo entre algunos fieles haciendo clic aquí. La celebración, presidida por Cobo en la parroquia de la Virgen de la Paloma y San Pedro el Real, fue retransmitida en directo por Telemadrid.

En el momento central de la Plegaria Eucarística, al pronunciar las palabras «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo», Cobo levantó la mirada hacia los asistentes y extendió hacia ellos el pan que sostenía en sus manos. Repitió después el gesto con el cáliz al pronunciar «Tomad y bebed todos de él».

La escena podría parecer a primera vista una simple licencia gestual del celebrante. Sin embargo, el problema no es meramente estético ni consiste en una cuestión de sensibilidad litúrgica. La Plegaria Eucarística no es una oración que el sacerdote dirige a los fieles. Es una oración dirigida a Dios Padre. Y precisamente por eso resulta teológicamente problemática una gestualidad que convierte visualmente las palabras de la consagración en una alocución del celebrante a la asamblea.

La Instrucción General del Misal Romano lo expresa con absoluta claridad en su número 78 al explicar la naturaleza de la Plegaria Eucarística: el sacerdote asocia al pueblo «a la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo».

Este punto es fundamental. Desde el comienzo del prefacio hasta la doxología final —«Por Cristo, con Él y en Él»—, la gran oración eucarística tiene como destinatario al Padre. El sacerdote no está manteniendo durante la consagración un diálogo con los asistentes ni representando ante ellos teatralmente la Última Cena.

Naturalmente, las palabras «Tomad y comed» y «Tomad y bebed» reproducen las palabras pronunciadas por Cristo a sus discípulos en el Cenáculo. El sacerdote las pronuncia dentro del relato de la institución y la consagración. Pero una cosa es reproducir sacramentalmente las palabras de Cristo dentro de una oración dirigida al Padre y otra distinta acompañarlas de una mirada y un gesto de entrega hacia los fieles como si éstos fueran en ese momento los interlocutores directos del celebrante.

Ahí reside precisamente la gravedad de la confusión. Un error sobre el destinatario de una oración no es un detalle secundario cuando se trata de la oración central de la Santa Misa. Cambiar gestualmente la dirección de la Plegaria Eucarística altera ante los fieles la comprensión de la propia acción litúrgica.

El Misal, además, distingue cuidadosamente entre el momento de la consagración y el momento inmediatamente posterior en el que el sacerdote muestra a los fieles las especies consagradas.

Durante el relato de la institución, el sacerdote toma el pan y lo sostiene sobre el altar mientras pronuncia las palabras de Cristo. Sólo después de concluir «porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros» eleva y muestra la Hostia consagrada al pueblo, la deposita de nuevo y hace genuflexión. Lo mismo sucede con el cáliz: las palabras sacramentales se pronuncian primero y posteriormente el cáliz es mostrado a los fieles.

Mostrar la Hostia y el cáliz al pueblo es, por tanto, un gesto expresamente previsto por la liturgia. El problema aparece cuando ese gesto se transforma o se anticipa durante las propias palabras «Tomad y comed» y «Tomad y bebed», produciendo la impresión de que el sacerdote está ofreciendo las especies a la asamblea mientras se dirige personalmente a ella.

La diferencia entre ambas acciones es relevante. La liturgia católica no funciona únicamente mediante textos. Los gestos, la orientación del cuerpo, la mirada, las inclinaciones, las elevaciones y las genuflexiones también poseen significado. Precisamente por eso están regulados por los libros litúrgicos y no quedan sometidos a la creatividad personal del celebrante.

Cuando el sacerdote mira ostensiblemente a los asistentes y extiende hacia ellos el pan mientras dice «Tomad y comed todos de él», la imagen transmitida es la de una escenificación del Cenáculo: el celebrante parece colocarse dramáticamente en el lugar de Cristo mientras los fieles ocupan visualmente el lugar de los Apóstoles.

Pero el sacerdote no es un actor que representa a Jesucristo ante un público. En la liturgia actúa sacramentalmente en la persona de Cristo y dentro de una acción de toda la Iglesia que se dirige al Padre. Reducir esta realidad a una representación escénica de la Última Cena empobrece y confunde gravemente el significado de la celebración.

La misma estructura de la Misa permite comprobarlo con claridad. Hay un momento posterior en el que el sacerdote sí se dirige directamente a los fieles sosteniendo la Hostia consagrada. Es inmediatamente antes de la Comunión, cuando muestra el Cuerpo de Cristo y proclama: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor».

Ahí sí existe una invitación dirigida expresamente a la asamblea. El sacerdote presenta a Cristo a quienes están a punto de comulgar. El hecho de que el propio rito reserve ese gesto y esa interlocución directa para un momento concreto evidencia que no deben proyectarse artificialmente sobre la consagración.

Durante la Plegaria Eucarística los fieles participan en la oración, pero no son sus destinatarios. La oración se eleva al Padre. La Iglesia ofrece al Padre, en el Espíritu Santo, el sacrificio de Cristo y se ofrece con Él. Confundir a quienes participan de la ofrenda con Aquel a quien la ofrenda se dirige supone una confusión teológica de primer orden.

La Redemptionis Sacramentum recuerda además la particular importancia de la Plegaria Eucarística, «cumbre de toda la celebración», cuya proclamación corresponde al sacerdote mientras el pueblo se une a ella de la forma establecida por la Iglesia.

El Concilio Vaticano II estableció igualmente en Sacrosanctum Concilium que «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia». La norma no responde a un rubricismo vacío, sino a la convicción de que la liturgia pertenece a la Iglesia y de que sus signos transmiten una doctrina que el celebrante no puede remodelar según su propia expresividad.

La cuestión adquiere mayor relevancia cuando quien preside es el arzobispo de Madrid, cardenal de la Iglesia, y cuando la celebración es retransmitida públicamente por televisión. Los gestos de un obispo poseen inevitablemente una dimensión ejemplar y catequética. Lo que hace en el altar enseña también a sacerdotes y fieles cómo debe entenderse aquello que está ocurriendo.

Por eso el problema del gesto de Cobo no consiste simplemente en que haya levantado más o menos la Hostia o en que haya mirado en una determinada dirección. El problema es el significado que transmite: convierte visualmente una oración dirigida al Padre en una escena que parece dirigida a los fieles.

La liturgia no necesita que el celebrante dramatice las palabras de Cristo para hacerlas más comprensibles. El rito romano ya establece con precisión cuándo se pronuncian las palabras de la institución, cuándo se muestran al pueblo el Cuerpo y la Sangre del Señor y cuándo el sacerdote se dirige directamente a los fieles para invitarlos a la Comunión. Confundir ambas cosas no esclarece el misterio: lo desfigura.

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