Doce años después de que decenas de miles de cristianos huyeran ante el avance del Estado Islámico, la reconstrucción de sus pueblos no ha conseguido recuperar la presencia cristiana que existía antes de 2014. El patriarca caldeo de Bagdad, Polis III Nona, advierte de que muchas familias continúan fuera de sus lugares de origen y señala la falta de esperanza, especialmente entre los jóvenes, como una de las principales amenazas para el futuro de la comunidad cristiana en Irak.
En una entrevista concedida a Vatican News, el nuevo patriarca, elegido hace cuatro meses, reconoce que la situación de seguridad ha mejorado considerablemente, pero sostiene que las consecuencias de años de guerra, emigración e inestabilidad siguen condicionando la vida de los cristianos.
Una Llanura de Nínive reconstruida, pero sin todos sus cristianos
El pasado 6 de agosto se cumplieron doce años del éxodo de la Llanura de Nínive. Durante la noche del 6 al 7 de agosto de 2014, el avance de los yihadistas obligó a decenas de miles de cristianos a abandonar precipitadamente sus hogares.
Nona, que entonces era arzobispo caldeo de Mosul, recuerda todavía a las familias escapando en vehículos o a pie y «el miedo que llenaba sus corazones». Una de sus mayores preocupaciones aquella noche fue conseguir que quienes todavía permanecían en los pueblos comprendieran el peligro y salieran antes de la llegada de los terroristas.
«El llanto de los niños era particularmente doloroso», recuerda el patriarca. Ante la parálisis de las instituciones, explica, sacerdotes y responsables eclesiales tuvieron que organizarse para intentar que las familias llegaran a lugares seguros.
La situación actual es muy distinta. El Estado Islámico ya no controla aquellos territorios y Nona asegura que en las regiones históricamente cristianas «ya no se encuentran los problemas de seguridad del pasado». La reconstrucción material, sin embargo, no ha solucionado el problema demográfico.
«El mayor desafío que debemos afrontar es que no todos los cristianos han regresado a esta región», afirma. Muchos emigraron definitivamente de Irak y otros prefirieron instalarse en zonas del país que consideran más estables.
El patriarca señala que un verdadero regreso exige algo más que reconstruir viviendas. Las familias necesitan estabilidad política, empleo, ausencia de discriminación y garantías suficientes para confiar en que una tragedia como la de 2014 no volverá a repetirse.
Jóvenes sin esperanza y familias que no llegan a formarse
La emigración continúa afectando especialmente a las nuevas generaciones. Para Nona, el problema más grave entre los jóvenes iraquíes es precisamente «la falta de esperanza».
«Los jóvenes han perdido la esperanza en el futuro, en su propia tierra, en la patria y, en cierto sentido, casi en todo», lamenta.
A esa incertidumbre se suman la falta de oportunidades laborales y las dificultades para encontrar un lugar estable dentro de la sociedad. Entre los jóvenes cristianos aparece además constantemente la posibilidad de abandonar el país.
Las consecuencias alcanzan incluso a la formación de nuevas familias. Según el patriarca, el número de matrimonios ha disminuido significativamente porque muchos jóvenes proyectan emigrar o consideran demasiado incierto su futuro para casarse y establecerse en Irak.
Nona advierte de que esa situación compromete también el futuro del propio país: «Son sobre todo los jóvenes quienes construyen una nación; sin su participación y su compromiso, el futuro corre el riesgo de hacerse cada vez más precario».
Los obispos católicos volverán a reunirse después de cinco años
En medio de estas dificultades, el patriarca quiere reforzar la cooperación entre las distintas Iglesias católicas presentes en Irak. El próximo 28 de agosto se reunirá en Ankawa, cerca de Erbil, la Asamblea de los obispos católicos del país, algo que no ocurría desde 2021.
La presencia cristiana y la protección de las comunidades asentadas históricamente en Irak estarán entre los asuntos centrales. También se abordarán cuestiones relacionadas con la catequesis, los tribunales eclesiásticos y la labor de Cáritas.
Para Nona, recuperar este trabajo común resulta especialmente importante en las circunstancias actuales. «Nadie puede hacerlo todo solo», afirma, convencido de que una mayor colaboración permitirá a las Iglesias responder mejor a las necesidades de sus fieles.
El patriarca observa con preocupación, además, las repercusiones que las tensiones entre Estados Unidos e Irán están teniendo sobre Irak, especialmente en el terreno económico. Aunque considera que la seguridad interna es actualmente «bastante buena», teme que el país vuelva a convertirse en escenario de enfrentamientos ajenos.
Para los cristianos, la cuestión de fondo sigue siendo poder permanecer en la tierra donde sus comunidades hunden sus raíces desde los primeros siglos del cristianismo. Después de las pérdidas provocadas por las guerras y el éxodo, Nona resume el deseo de sus fieles en términos sencillos: están «cansados de los conflictos» y quieren poder vivir «en paz y tranquilidad».