«Roma locuta, logica finita»

«Roma locuta, logica finita»
Foto: AngMoKio

Hay un pasaje del libro Gamma de la Metafísica que uno relee siempre con una sonrisa poco caritativa. Aristóteles, harto de quienes negaban el principio de no contradicción, dictamina que con ellos no cabe discutir: el que sostiene que algo puede ser y no ser a la vez y en el mismo sentido se asemeja, dice, a una planta. No a un necio, ni siquiera a un sofista: a un vegetal. A uno le gusta pensar que veinte siglos de teología se tomaron en serio el aviso. Dios no se contradice, la verdad no se contradice, y una Iglesia asistida por el Espíritu no puede enseñar el lunes lo contrario de lo que enseñó, solemne y universalmente, hasta el domingo por la tarde. Todo esto, claro, era antes del 2 de agosto de 2018.

Aquel día la Santa Sede publicó un rescripto, aprobado en mayo y firmado el 1 de agosto, que reescribía el número 2267 del Catecismo. El texto de 1997, redactado bajo Juan Pablo II —que no era precisamente un entusiasta del patíbulo—, admitía la pena capital solo si fuera «el único camino posible para defender eficazmente… las vidas humanas», y añadía que tales casos eran ya rarísimos, acaso inexistentes. El nuevo enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte «es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», y compromete a la Iglesia con su abolición universal. Como única fuente, la nota al pie remite a un discurso del propio Francisco, de octubre de 2017. El Catecismo citando al Papa que lo corrige citándose a sí mismo: la Tradición como autorretrato.

Conviene recordar contra qué se escribe eso. En 1208, Inocencio III impuso a los valdenses que quisieran reconciliarse con Roma una profesión de fe donde se declara que la potestad secular «sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre»; el Denzinger la archiva en el 795, para quien guste comprobarlo. El Catecismo Romano de san Pío V enseñaba que la ejecución del criminal por la autoridad legítima, lejos de violar el quinto mandamiento, era obediencia eminente a él. Pío XII —un papa con teléfono, radio y microfilme, no un obispo carolingio— explicaba en 1952, ante un congreso de histopatología del sistema nervioso, que el condenado se ha desposeído por su crimen del derecho a la vida, cuya privación queda entonces reservada al poder público; los neurólogos, hay que suponer, tomaron nota. Y en 2004 el cardenal Ratzinger precisaba a los obispos norteamericanos que sobre el aborto y la eutanasia no cabe entre católicos «legítima diversidad de opiniones», pero sobre la guerra y la pena de muerte, sí. Ocho siglos, una sola línea. La luz del Evangelio, por lo visto, tardó todo ese tiempo en llegar al flexo.

Lo notable del nuevo 2267 no es solo que contradiga esa línea: es que se contradice a sí mismo, y con una pulcritud que casi da pena estropear. Sus premisas son tres, las tres circunstanciales: ha crecido la conciencia de la dignidad del reo, ha cambiado la comprensión estatal de las penas, existen cárceles más eficaces. Su conclusión, en cambio, es esencial: la pena de muerte atenta contra la dignidad de la persona. Premisas de sociólogo, conclusión de metafísico; el silogismo cojea de la pata que más duele. Porque si la dignidad humana vuelve inadmisible la ejecución, la volvía inadmisible en 1208 —la dignidad no mejora con la arquitectura penitenciaria—, y entonces la Iglesia enseñó el error durante siglos y lo exigió además como peaje de ortodoxia a los valdenses. Y si lo que ha cambiado son las circunstancias, entonces inadmisible significa hoy desaconsejable, y para decir eso no se retoca un catecismo: basta una rueda de prensa.

Al dilema —o error de ayer o equívoco de hoy, tertium non datur— la Congregación para la Doctrina de la Fe respondió con una carta del cardenal Ladaria certificando que la nueva fórmula es un desarrollo auténtico que «no está en contradicción con las enseñanzas anteriores del Magisterio». Uno creía que las contradicciones se detectaban; ignoraba que pudieran resolverse par décret. Roma locuta, logica finita. Y la carta, con un candor que uno agradece, cita en su apoyo, nota 12, el Commonitorium de san Vicente de Lerins, capítulo veintitrés: exactamente el capítulo donde se estipula la regla del desarrollo legítimo, in eodem sensu eademque sententia —crecimiento en el mismo sentido y con el mismo parecer; profectus, no permutatio—. Citar al juez que te condena tiene, al menos, mérito procesal. Porque la regla lerinense es clara: el dogma crece como crece el niño, que se hace adulto sin convertirse en su propia negación. Newman puso como primera nota del desarrollo auténtico la conservación del tipo: la bellota se desarrolla en roble; si se desarrolla en conejo, no lo llamamos desarrollo, lo llamamos otra cosa. Un sí que madura en un no no ha madurado. Ha muerto, y algo distinto ocupa su sitio.

Queda el refugio de los conciliadores: inadmisible no sería término técnico, el texto no dice intrínsecamente mala, la licitud de principio permanecería intacta, solo que inmencionable. Es una salida digna, y dura exactamente lo que se tarda en leer la nota al pie. El discurso de 2017 que el nuevo número cita como única fuente afirma que la condena a muerte es una medida inhumana sea cual sea la circunstancia, y que es «en sí misma contraria al Evangelio». En sí misma. Per se. La nota al pie: ese sótano donde los documentos guardan lo que el texto no se atreve a decir en el salón. Que el mismo discurso se apresure a negar toda contradicción con el pasado ya no sorprende a nadie: a estas alturas, negar la contradicción forma parte del género.

Se me dirá que exagero, que aquí nadie miente. Concedido; y ahí está lo grave. Para la contradicción no hace falta mentiroso alguno: basta que una de las dos proposiciones sea falsa. El mentiroso, al menos, conoce la verdad. Una Iglesia que hubiera enseñado el error con toda solemnidad durante siglos —o que lo enseñara ahora— no sería una Iglesia de mentirosos, sino algo peor: una maestra sin crédito. Y el crédito no se pierde por parcelas. Si el magisterio ordinario y universal pudo equivocarse tanto tiempo en materia tan grave, ¿qué queda exactamente garantizado? ¿Cuatro definiciones ex cathedra y buenas tardes? Quien necesite esa respuesta para otros expedientes —cada cual piense en cuáles— ha encontrado en la pena de muerte la palanca perfecta: nadie saldrá a la calle a defender el patíbulo, y entretanto queda sentado el precedente de que un sí de siglos puede volverse no por rescripto. El método es el mensaje.

La Reina Blanca de Lewis Carroll presumía de haber creído seis cosas imposibles antes del desayuno; cuestión de práctica, le explicaba a Alicia. Al católico posterior a 2018 se le pide un ejercicio más modesto: dos apenas —que la Iglesia acertaba entonces y acierta ahora—, con el inconveniente de que no pueden ser verdad ambas. Llamar a eso desarrollo es el eufemismo; Orwell le tenía reservada una palabra menos amable. Uno, que todavía aspira a distinguirse de una planta, se queda con Aristóteles; y por eso mismo con la Iglesia de siempre, que jamás pidió a nadie creer p y no-p a la vez. La otra, la reciente, ya encontrará quien la riegue.

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