El otro día, en Roma, un arzobispo llamado Giordano Piccinotti presentó el balance anual de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, que es el nombre solemne de la caja fuerte, y leyó las cifras con la placidez de un párroco que cuenta el cepillo de la misa de doce.
Dos mil seiscientos ochenta y seis millones de euros de patrimonio neto, 4.281 unidades inmobiliarias en Italia, otros 1.200 inmuebles repartidos por el mundo a través de sociedades con sede en Londres, París, Ginebra y Lausana, y una reserva de oro que duerme en un sótano de la Reserva Federal, en Manhattan, como duermen los santos en las urnas.
La misión de la casa, explicó el arzobispo, consiste en «custodiar y reforzar el patrimonio».
Sucedía meses después de que el Papa firmara una exhortación entera dedicada al amor a los pobres, y a nadie en la sala le chirrió nada.
Una caja fuerte en movimiento
No crean que el patrimonio está quieto.
Hay movimiento: la casa ha puesto en marcha un plan trienal para vender los inmuebles que llama no estratégicos, y el comunicado precisa el destino del dinero, que no es Lampedusa sino la reinversión «en activos más rentables».
También está en trámite la salida de un fondo de Luxemburgo cuyo nombre, Sloane & Cadogan, no suena a periferia existencial sino a sastrería de Chelsea.
Del ejercicio quedaron 22,8 millones de beneficio ordinario, frente a los 62,2 del año anterior, y de ellos la Curia consumió 22,7 en su propio mantenimiento, de modo que a la Iglesia universal, hechas las cuentas, le sobraron 155.000 euros, lo que cuesta un trastero en el barrio de Salamanca.
Esa fue la calderilla disponible del año: un trastero.
El sermón y la caja
Uno no está para dar lecciones.
Uno ha pronunciado discursos memorables sobre la generosidad en barras de bar donde la ronda la estaba pagando otro, así que reconoce el género a la primera.
Pero, leyendo el balance, me dio por imaginar el sermón aplicado a la caja.
Me imaginé las 4.281 puertas de Italia abriéndose una a una. Me imaginé los salones de Lausana olorosos a guiso ajeno y a niño. Me imaginé el oro de Manhattan subiendo en lingotes por Liberty Street para convertirse en pan, en pasajes, en pozos.
Luego eché cuentas con un lápiz y se me pasó la fiebre, porque el tesoro entero de la Sede Apostólica es hoy menor que el de una universidad americana de provincias y no financiaría ni un trimestre de las homilías que se pronuncian a su sombra.
El sermón firma cheques que la caja no puede pagar.
Betania y Milán
La Iglesia conoce este pleito desde su primera semana.
En Betania, una mujer derramó sobre el Maestro una libra de nardo purísimo, y el primero en indignarse fue el tesorero del grupo:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?».
El evangelista, que estaba delante, anota a renglón seguido que aquel hombre no lo decía por los pobres, sino porque llevaba la bolsa y metía la mano.
Desde entonces sabemos que la propuesta de liquidar el tesoro para los pobres suele venir de quien administra la bolsa.
Pero sabemos también lo de Ambrosio de Milán, que fundió los vasos sagrados, los suyos, para rescatar cautivos, y respondió a los escandalizados que la Iglesia tiene oro para gastarlo y no para guardarlo.
La tradición bendice las dos cosas, guardar y fundir, cada una con su santo.
Lo que no tiene santo es lo tercero: guardar el oro y pasarle a otro la factura de los pobres.
El patrón de esta contabilidad
Y queda el samaritano, que es el patrón de esta contabilidad.
Aquel hombre del camino de Jericó no exhortó al posadero a la cultura de la acogida ni le explicó sus deberes morales con el herido.
Lo cargó en su propia cabalgadura, lo curó con su aceite y con su vino, y al marcharse sacó de su bolsa dos denarios, dos, y dijo:
«Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta».
Todo lo puso él: la montura, el aceite, el vino y la palabra.
La diferencia la dejó fiada sobre su crédito, no sobre el del posadero. Dos denarios, y de su bolsa, aquel samaritano.