El cardenal Blase Cupich considera que las disputas en torno a la liturgia tradicional perjudican la capacidad de la Iglesia para hacerse escuchar sobre cuestiones como la guerra, la paz o el cambio climático. A su juicio, el problema no radica únicamente en la existencia de esas diferencias, sino en que lleguen a hacerse «tan públicas y tan pronunciadas» que resten credibilidad a la voz de la Iglesia ante la sociedad.
Así lo afirmó en una entrevista concedida al portal alemán Katholisch.de, en la que el arzobispo de Chicago defendió la sinodalidad impulsada por el papa Francisco, apostó por profundizar el camino abierto por el Concilio Vaticano II y situó la crisis climática y la paz entre las principales prioridades de la Iglesia para la próxima década.
Preguntado por si debates como el de la llamada «Misa antigua» resultan secundarios frente a las grandes crisis del mundo actual, Cupich respondió afirmativamente. No obstante, añadió que esas controversias tienen consecuencias que van más allá del ámbito litúrgico.
«Las fuerzas dentro de la Iglesia que siguen desgarrando la unidad tendrán consecuencias para la voz de la Iglesia en estas otras cuestiones», afirmó. Para explicar ese planteamiento añadió: «La Iglesia no es un club exclusivo. La gente nos dirá: «¿Por qué deberían prestarnos atención si en vuestra propia casa hay tanta discordia y división?»».
«No debemos permitir que estas disputas internas sean tan públicas y tan pronunciadas que reduzcan la eficacia de nuestra voz en estas otras cuestiones».
En su respuesta, el cardenal no presenta como principal consecuencia de esas disputas el daño que puedan causar a la vida interna de la Iglesia, sino el efecto que, a su juicio, tienen sobre la capacidad de la Iglesia para intervenir con credibilidad en el debate público.
El Vaticano II, el clima y la paz, sus tres prioridades
Preguntado por las tres prioridades de la Iglesia para la próxima década, Cupich situó en primer lugar la continuación del camino de renovación iniciado por el Concilio Vaticano II.
En segundo lugar señaló la crisis climática y reivindicó el papel de la encíclica Laudato si’ para que la Iglesia siga ejerciendo una «voz profética» ante el calentamiento global, el aumento del nivel del mar y los fenómenos meteorológicos extremos.
Como tercera prioridad destacó la paz, recordando unas palabras de León XIV en las que el Pontífice advertía de que «la guerra parece haberse puesto de moda». En ese contexto, el cardenal criticó el uso contemporáneo de la doctrina de la guerra justa y sostuvo que esta nació para limitar el recurso a la guerra y no para justificarlo. «No se empieza con la guerra. Se empieza con la paz como primera opción», afirmó, insistiendo en que el conflicto armado solo puede contemplarse cuando se hayan agotado todas las vías posibles de diálogo.
Una Iglesia más sinodal y descentralizada
Buena parte de la conversación giró también en torno a la sinodalidad. Cupich atribuyó las resistencias a este proceso al temor de que la Iglesia se aleje de la tradición al afrontar mediante el diálogo las cuestiones del mundo actual, aunque defendió que ese camino debe recorrerse con confianza en la acción del Espíritu Santo y en el sensus fidelium de los bautizados.
Según explicó, la sinodalidad busca despertar un mayor sentido de corresponsabilidad entre los fieles para que la misión de la Iglesia no dependa exclusivamente de la jerarquía.
El arzobispo de Chicago defendió igualmente una mayor descentralización, recordando que las decisiones deben adoptarse, siempre que sea posible, en el nivel más cercano a los fieles, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, pero sin romper la comunión con la Iglesia universal.
Preguntado por la posibilidad de que algunas conferencias episcopales avancen por caminos distintos al resto de la Iglesia, respondió que el criterio decisivo debe ser siempre la unidad. «La unidad es la primera nota de la Iglesia», afirmó, aunque precisó que «la unidad no significa uniformidad», poniendo como ejemplo la diversidad de lenguas y expresiones culturales presentes en la liturgia.
La auténtica unidad de la Iglesia
Desde los primeros siglos del cristianismo, la unidad de la Iglesia nunca se entendió como la simple ausencia de conflictos visibles, sino como la comunión en la verdad. San Pablo no ocultó las divisiones de la comunidad de Corinto, sino que las corrigió públicamente (cf. 1 Co 1,10-13), y los Padres de la Iglesia insistieron en que la unidad solo puede edificarse sobre la fe recibida de los Apóstoles. Cuando Tertuliano recogía la admiración de los paganos —«¡Mirad cómo se aman!» (Apologeticum, 39)— no describía una Iglesia sin tensiones, sino una comunidad cuya caridad nacía de la fidelidad a Cristo. También la oración sacerdotal de Jesús («que todos sean uno… para que el mundo crea», Jn 17,21) presenta la unidad como fruto de la verdad revelada y de la comunión con Él, no de la mera ausencia de controversias públicas. En ese contexto, las palabras de Cupich abren una cuestión de fondo: si la credibilidad de la Iglesia depende principalmente de que sus divisiones no se hagan demasiado visibles o de que afronte esas diferencias con fidelidad a la verdad que está llamada a custodiar.