La vida monástica contemplativa en Francia —así como en buena parte de Europa — atraviesa una de las mayores transformaciones de su historia reciente. Monasterios con siglos de existencia cierran sus puertas, comunidades enteras se ven obligadas a fusionarse con otras y edificios emblemáticos cambian de manos ante la falta de vocaciones. En apenas dos décadas, cerca de un tercio de los monasterios contemplativos franceses ha desaparecido.
Sin embargo, en medio de ese panorama emerge un dato tan llamativo como inesperado: ninguno de los monasterios que en 2007 conservaban íntegramente el oficio en latín ha cerrado. Así lo confirma la investigación de la socióloga Isabelle Jonveaux, adelantada por la revista francesa La Vie.
El estudio, que será publicado en una revista científica especializada en urbanismo y reutilización del patrimonio religioso, parte del catálogo elaborado por la Fundación de los Monasterios en 2007. A partir de esa base, Jonveaux y su equipo comprobaron qué comunidades seguían existiendo en 2026 y cuáles habían cerrado o anunciado su clausura. El resultado ofrece, por primera vez, una radiografía global de un fenómeno que hasta ahora solo podía seguirse a través de noticias aisladas sobre el cierre de monasterios.
Un declive que se acelera
Los datos confirman la magnitud de la crisis. En torno al 30% de los monasterios contemplativos franceses ha cerrado o anunciado su cierre durante el periodo analizado.
Las comunidades femeninas son las más afectadas: el 32% de los monasterios de monjas ha desaparecido, frente al 21% de los monasterios masculinos. Jonveaux explica que históricamente Francia contaba con muchas más fundaciones femeninas —249 frente a 56 masculinas en 2007—, pero considera que también influyen profundos cambios sociológicos. Si durante siglos la vida religiosa ofreció a muchas mujeres una vía de formación y emancipación, hoy quienes llaman a la puerta de un monasterio suelen tener un perfil muy distinto, lo que hace menos atractivas determinadas formas de vida comunitaria.
El ritmo de los cierres, además, se ha acelerado notablemente. Hasta 2015 se registraban normalmente menos de cuatro clausuras al año. En la actualidad la media ronda la decena anual.
Solo en 2026 han anunciado su cierre tres comunidades emblemáticas: la abadía trapense de La Grande Trappe de Soligny, en el departamento normando de Orne; el Carmelo de Compiègne, situado en Jonquières, en el departamento de Oise, al norte de París; y la abadía de Notre-Dame du Port-du-Salut, en el departamento de Mayenne, en el oeste de Francia.
Carmelitas y clarisas, las órdenes más castigadas
La investigación también pone de manifiesto que no todas las familias religiosas atraviesan la crisis con la misma intensidad.
Los Carmelos encabezan la lista, con un 40% de cierres en veinte años: 34 de los 85 monasterios existentes en 2007 han desaparecido. La situación es prácticamente idéntica entre las Clarisas, que han perdido el 40,4% de sus comunidades.
Entre los Trapenses el porcentaje alcanza el 36,4%, mientras que las Visitandinas registran un 30%.
En cambio, los Benedictinos —sumando comunidades masculinas y femeninas— presentan una reducción del 17,9%, y las Dominicas contemplativas apenas alcanzan un 7,7%, convirtiéndose en la familia religiosa que mejor ha resistido el retroceso.
Según Jonveaux, las mayores dificultades afectan a las órdenes de clausura especialmente estricta, como Carmelitas y Trapenses, o a aquellas cuyo carisma resulta hoy menos comprensible para buena parte de la sociedad, como Visitandinas y Clarisas.
El sorprendente dato del latín
El aspecto más llamativo del estudio aparece al comparar los monasterios según la lengua utilizada en el oficio coral.
En 2007 existían 244 monasterios que rezaban íntegramente el oficio en francés. De ellos, 84 han cerrado o anunciado su cierre, lo que supone un 34%.
Entre las 36 comunidades que utilizaban conjuntamente el francés y el latín desaparecieron siete, un 19%.
En cambio, ninguno de los 23 monasterios que mantenían exclusivamente el latín ha cerrado.
Aunque las muestras son muy diferentes en tamaño y la lengua litúrgica no constituye, por sí sola, una explicación del fenómeno. La propia investigadora reconoce que se trata de un indicador especialmente significativo.
Para Jonveaux, las comunidades que hoy siguen atrayendo vocaciones suelen compartir un posicionamiento muy definido frente a la secularización. Entre abades y abadesas circula incluso una conocida broma sobre las comunidades que todavía reclutan con éxito: la regla de las «tres G»: grégorien, grille et guimpe —gregoriano, reja de clausura y toca tradicional—.
La socióloga observa además un fenómeno aparentemente paradójico. Muchas de las comunidades más estrictas en la observancia de la clausura son también las que muestran una mayor presencia en Internet y en las redes sociales, conectando con jóvenes que desean vivir una identidad católica claramente definida.
¿Qué ocurre cuando un monasterio cierra?
En aproximadamente la mitad de los casos, las comunidades terminan fusionándose con otro monasterio de la misma orden. En otros, los religiosos se dispersan entre distintas comunidades, ingresan en residencias asistenciales o incluso regresan a la vida civil.
Los edificios también siguen caminos muy diversos. Según los casos identificados por Jonveaux, el 27,7% pasa a manos de otra comunidad religiosa, normalmente de creación más reciente. Un 21,3% se destina a proyectos sociales; el 12,8% es adquirido por administraciones públicas; el 10,6% alberga otros proyectos religiosos; el 6,4% se convierte en centros educativos; el 6% pasa a ser vivienda privada; el 4,3% acoge iniciativas culturales; un 2,1% vuelve a utilizarse para otro proyecto monástico y otro 2,1% termina transformado en hotel.
Jonveaux subraya una última paradoja. Mientras los monasterios siguen despertando un notable interés entre quienes buscan retiros espirituales o una forma de vida más austera y cercana a la naturaleza, ese atractivo apenas se traduce en nuevas vocaciones. Y, en medio de ese retroceso general, permanece un dato que difícilmente pasa desapercibido: durante las dos últimas décadas, ninguno de los monasterios franceses que conservaron íntegramente el oficio en latín ha cerrado sus puertas.