La Selección reunió más gente que el Papa

La Selección reunió más gente que el Papa
Foto: Ayuntamiento de Madrid

Los números son los números: la celebración del Mundial congregó en las calles de Madrid a dos millones de personas, mientras que la Misa celebrada por León XIV en Cibeles, apenas un mes antes y en el mismo escenario, reunió entre 1,1 y 1,5 millones de fieles. Así mismo, la final del mundial congregó delante de la pantalla a más de 1.500 millones de seres humanos, aproximada diez veces más que la transmisión en directo desde San Pedro tras una elección papal. Si aceptamos la comparación, el fútbol arrasa en números a la Iglesia católica, y no hay drama alguno en reconocerlo, porque el dato encierra una enseñanza que conviene no olvidar.

Si la misión de la Iglesia se apuntala en el éxito de masas, la Iglesia tiene la derrota garantizada de antemano, porque el fútbol siempre llenará estadios más grandes, con entradas más caras y con muchas menos exigencias para quien acude. Nadie sale de una juerga por la Castellana con la obligación de cambiar de vida, mientras que el Evangelio pide conversión. Una conversión que no se mide en aforos ni cabe en los partes de la Delegación del Gobierno. Competir con el espectáculo en el terreno del espectáculo es aceptar un partido que está perdido antes del pitido inicial, y perderlo además habiendo renunciado a jugar el único que de verdad importa.

Nada de esto es pesimismo, ni desdén de cascarrabias hacia las multitudes que en junio abarrotaron Cibeles, Recoletos y la Castellana. Que más de un millón de personas participase de una Misa y la procesión Santísimo en pleno centro de una de las capitales más secularizadas de Europa es un bien inmenso que sería necio negar. Los grandes encuentros tienen su lugar legítimo en la vida de la Iglesia: despiertan a los tibios, convocan a los dispersos y hacen visible una fe que la sociedad daba por extinguida. Pero son medios, nunca fines, y su valor verdadero no está en la cifra que publican los periódicos al día siguiente, sino en cuántos de los que aquella mañana llenaron las calles pisaron después un confesionario.

Porque la batalla de los católicos no se libra en las plazas sino en las almas, y se gana o se pierde en cada confesionario donde un pecador recupera la gracia, en cada altar donde se renueva el Santo Sacrificio de la Misa, en cada templo abierto a media tarde con el sagrario encendido y un sacerdote disponible. Esa es la aritmética que cuenta en el cielo, una aritmética silenciosa que avanza de uno en uno, que no convoca ruedas de prensa ni genera titulares, y que sin embargo es la única por la que la Iglesia existe y la única por la que será juzgada su fidelidad.

Bienvenidos sean, pues, los eventos masivos, pero solo al servicio del fin real de la fe y de la Iglesia, que no es otro que salvar nuestra alma y ayudarnos a vivir y morir en gracia de Dios. Cuando sirven a ese fin, un millón de asistentes es una bendición del cielo; cuando se convierten en termómetro del éxito y en argumento de marketing eclesial, son una trampa que acabará midiéndonos con la vara equivocada. La Selección llenó más las calles, es verdad, y que lo celebre quien quiera, que motivos hay. Pero ningún gol, ni siquiera el de Ferran Torres en el minuto 106 de la final, ha abierto a nadie las puertas del cielo.

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