Gambetti podría dejar San Pedro este verano tras una gestión marcada por profanaciones y conflictos internos

Gambetti podría dejar San Pedro este verano tras una gestión marcada por profanaciones y conflictos internos

El cardenal Mauro Gambetti podría abandonar este verano la basílica de San Pedro y ser enviado a la archidiócesis de Chieti-Vasto, un destino de mucho menor peso que el cargo de arcipreste del principal templo de la cristiandad. El movimiento, todavía no confirmado oficialmente, sería interpretado en Roma como una salida a la baja tras una gestión marcada por repetidas profanaciones, enfrentamientos con los canónigos y polémicas decisiones administrativas.

Según una investigación de AdVaticanum basada en fuentes vaticanas, Gambetti dejaría su puesto en los próximos meses para suceder al arzobispo Bruno Forte, que ha superado ya la edad habitual de jubilación. Aunque Chieti es una sede metropolitana, no ha sido tradicionalmente cardenalicia y tiene una relevancia institucional muy inferior a la de San Pedro.

Personas próximas al cardenal aseguran que se encuentra agotado después de cinco años al frente de la basílica y que una salida de Roma podría resultarle conveniente. «No le gusta estar bajo los focos», señaló una de las fuentes.

Cuando León XIV confirmó provisionalmente a varios responsables de la Curia y de las instituciones vaticanas, Gambetti habría recibido una prórroga de solo seis meses, un dato que habría alimentado las especulaciones sobre su continuidad.

Tres profanaciones en el altar de la Confesión

La etapa de Gambetti en San Pedro ha quedado marcada por varios ataques al altar de la Confesión, situado bajo el baldaquino de Bernini y sobre la tumba del apóstol.

En junio de 2023, un hombre se desnudó sobre el altar y mostró en su espalda un mensaje sobre la guerra de Ucrania. Dos años después, en febrero de 2025, otro individuo derribó seis candelabros y retiró parte del mantel antes de ser reducido por la seguridad.

El episodio más grave se produjo en octubre de ese mismo año, cuando un hombre subió al altar ante cientos de visitantes, se desnudó e intentó orinar sobre él.

Algunos de estos actos obligaron a celebrar ritos penitenciales de reparación presididos por el propio Gambetti. Sin embargo, su reiteración provocó un creciente malestar por la falta de vigilancia en el corazón de la basílica vaticana.

A estos casos se habrían sumado otras profanaciones eucarísticas, comportamientos irreverentes durante las Misas y fallos de seguridad que pusieron en cuestión la gestión del personal responsable del templo.

El polémico proyecto hostelero en las terrazas

Uno de los asuntos que más deterioró la posición de Gambetti fue el proyecto para ampliar el pequeño punto de restauración existente en las terrazas de la basílica.

La iniciativa provocó una campaña de rechazo y varias peticiones dirigidas a la Secretaría de Estado, firmadas por miles de personas, que denunciaban la comercialización de uno de los espacios sagrados más importantes del mundo católico.

El Vaticano trató de rebajar la polémica afirmando que no se instalaría un restaurante propiamente dicho, sino un espacio para ofrecer alimentos preparados y mejorar la atención a peregrinos y turistas. El proyecto contemplaba también una zona expositiva dedicada a la historia de la basílica.

Las explicaciones no evitaron que Gambetti quedara identificado con una propuesta que muchos consideraron impropia de San Pedro y reveladora de una gestión demasiado inclinada hacia criterios comerciales.

Una reforma contra los canónigos

A las críticas externas se sumó el enfrentamiento con el Cabildo de San Pedro, responsable durante siglos de la vida litúrgica y pastoral de la basílica.

Gambetti impulsó una reforma centralizadora que trasladó a la Fábrica de San Pedro buena parte de las competencias económicas y administrativas del Cabildo. Entre ellas figuraban el Museo del Tesoro, la venta de objetos religiosos y el personal dependiente de los canónigos.

Las reformas fueron presentadas como una forma de reducir gastos, evitar duplicidades y aumentar la transparencia. Los canónigos, sin embargo, las percibieron como un vaciamiento de sus funciones, una pérdida de autonomía y un ataque a tradiciones seculares.

Una fuente resumió el malestar afirmando que Gambetti había antepuesto una «eficiencia liberal» a la tradición. Otra lo describió como «más ingeniero que político», incapaz de gestionar las resistencias internas de un Cabildo habituado a las complejas dinámicas vaticanas.

Algunos defensores del cardenal reconocen que los canónigos exageraron determinadas críticas, pero admiten que la falta de habilidad política de Gambetti terminó agravando el conflicto.

Las sillas de plástico de San Pedro

Incluso decisiones menores terminaron convirtiéndose en símbolos del choque entre la gestión del cardenal y la identidad tradicional de la basílica.

Varios canónigos protestaron formalmente por la sustitución de las antiguas sillas metálicas por asientos transparentes de plástico. Consideraban que el nuevo mobiliario desentonaba con la dignidad y el carácter histórico del templo.

Gambetti defendió la decisión alegando que las sillas antiguas dañaban el pavimento de mármol y obligaban a la Fábrica de San Pedro a gastar más de un millón de dólares al año en reemplazar losas deterioradas. Los nuevos asientos habrían costado alrededor de 200.000 dólares.

Para sus críticos, sin embargo, la cuestión no era meramente económica. La sustitución reflejaba una forma de gobernar San Pedro que sacrificaba la tradición y la belleza en nombre de la funcionalidad.

El lastre de Enzo Fortunato

La posición de Gambetti también se habría visto debilitada por la confianza depositada en el franciscano Enzo Fortunato, colaborador suyo durante la etapa en el Sacro Convento de Asís.

Fortunato obtuvo un papel destacado en la administración de San Pedro y en la organización de la Jornada Mundial de los Niños, una iniciativa promovida durante el pontificado de Francisco. Su gestión provocó críticas internas por cuestiones financieras, falta de transparencia y utilización de entidades externas al Vaticano para canalizar fondos.

Según las fuentes consultadas, una cantidad importante de dinero habría sido desperdiciada durante la organización del encuentro. Parte de los ingresos y patrocinios pasó por asociaciones italianas ajenas a las estructuras económicas vaticanas, lo que generó dudas sobre la trazabilidad de los fondos.

Fortunato respondió en una ocasión a las preguntas sobre las cuentas remitiendo a los responsables financieros: «Eso, pregúnteselo a contabilidad. Yo no soy bueno en eso».

También fue criticado por grabar con frecuencia dentro de la Ciudad del Vaticano, retransmitir imágenes de Francisco durante su enfermedad y mantener un trato poco respetuoso con algunos empleados.

El rechazo a Fortunato terminó perjudicando directamente a Gambetti, al que muchos consideraban su principal protector. Según las fuentes, el franciscano habría intentado después distanciarse del cardenal e incluso maniobrar contra él cuando su posición comenzó a debilitarse.

Fortunato también podría abandonar próximamente su actual puesto como responsable de proyectos especiales vinculados a la basílica.

Una salida a la baja

La posible marcha de Gambetti reuniría así varios factores: desgaste personal, pérdida de confianza, profanaciones reiteradas, enfrentamientos con los canónigos y malas decisiones en la elección de colaboradores.

De confirmarse su traslado a Chieti-Vasto, el cardenal dejaría San Pedro después de cinco años en los que la basílica ha quedado asociada a fallos de seguridad, tensiones internas y una gestión más preocupada por la reorganización administrativa que por preservar el carácter sagrado y tradicional del templo.

La salida no supondría formalmente una sanción, pero difícilmente podría interpretarse como una promoción.

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